Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Caggiani al comité

Nació en 1998. Cuánto hijo de mil putas tiene que hacerse cargo de hambrear gurises y que no les llegue el Estado nunca. Falta en pila, lo primero es preguntarse que hacemos por los gurises que nacen hoy. La otra receta produce esto. Que bronca...”

Este texto apareció en Twitter horas después del asesinato que ha sacudido al país. Como es obvio, alude al delincuente a quien se atribuye el homicidio.

Vista la rusticidad del contenido, el uso errático de las reglas de acentuación y el grosero insulto que incluye, uno podría creer que es obra de un barrabrava o de un agitador de comité. Pero no. Fue escrito por el maestro Pablo Caggiani, uno de los tres integrantes del Consejo de Educación Inicial y Primaria, es decir, una de las principales autoridades educativas de este país.

El mensaje confirma el patético nivel de análisis del maestro Caggiani. Su argumento consiste en decir que el homicida mató porque nació en los años noventa, sin observar que la víctima había nacido en la misma década. Mientras el homicida eligió delinquir, su víctima había elegido una vida de honestidad y trabajo. Ese dato no tiene ningún lugar en su grosera simplificación.

El mensaje también refleja la usual tendencia a no hacerse cargo de nada. Si el homicida nació en 1998, quiere decir que vivió siete años antes del triunfo del Frente Amplio y trece años (es decir, casi el doble) en el Uruguay gobernado por el partido de Caggiani. Pero ese dato tampoco lo interpela. Para él es un axioma que todo lo malo tiene todas sus causas en el Uruguay anterior al “progresismo”.

Hasta aquí apenas estamos en el plano de lo ridículo. Pero hay otros dos elementos que son bastante más graves.

Uno de ellos es el derrotismo de Caggiani. Su planteo implica que, si alguien nació en el Uruguay anterior a los gobiernos del Frente Amplio, ya nada podrá modificar su destino. Por eso hay que concentrarse en “los gurises que nacen hoy”. Con eso está dando por perdidos (o por salvados, pero por razones que no tienen nada que ver con la educación pública) a casi 200 mil estudiantes que hoy asisten a las aulas.

No es esta la clase de gente que necesitamos al frente de nuestra enseñanza. Lo que precisamos es gente capaz de creer que la acción educativa puede mejorar la vida de las nuevas generaciones de uruguayos, sean cuales sean sus condiciones de origen. Quien no lo crea, no puede ofrecer esperanza ni oportunidades.

Si Caggiani no cree que esto sea posible, debería asumir que está en el lugar equivocado. Y si piensa distinto, debería estar dispuesto, como mínimo, a compartir responsabilidades. Su receta tampoco ha funcionado bien.

Luego está el insulto. Si un alumno de escuela usa esas palabras para dirigirse a un compañero o a su maestro, en cualquier contexto pedagógico razonable será observado. Si un padre o una madre le hablan así a un docente o a un director, probablemente salgan en los diarios. Caggiani es responsable de fortalecer esa cultura de respeto. Sin embargo, insulta soezmente a quienes manejaron el país en los años noventa (un período en el que gobernaron los dos partidos fundacionales) e indirectamente a quienes los votaron.

El primitivismo de su pensamiento, su ignorancia notoria y su santa indignación hacen de Caggiani un perfecto agitador de comité. Lo grave es que ocupe el cargo que ocupa. Le hace mal a la gente y al Consejo de Primaria.

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