Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Lo bueno y lo justo

¿Qué es mejor para una sociedad? ¿Concentrarse en el cultivo de sus propias tradiciones, poniendo distancia con eventuales influencias que vengan de afuera, o abrirse al mundo para aprender de otros y buscar una síntesis original entre lo propio y lo ajeno?

Los ciudadanos de las sociedades democráticas no estamos de acuerdo en este asunto. Por eso hay sitios en los que el primer punto de vista tiene mucho peso político y cultural, y hay otros en los que predomina la segunda visión.

¿Qué es preferible en términos de justicia social? ¿Qué todos accedan a estudios universitarios gratuitos, o que el pago esté asociado al nivel de ingresos de los hogares? En una sociedad plural no existen unanimidades sobre este punto (lo que explica que tampoco se apliquen las mismas soluciones en todas partes). Para algunos, lo justo es que nadie pague. Para otros, lo justo es que los estudiantes paguen o cobren por estudiar, según sus condiciones de origen.

Para complicar más las cosas, estas diferencias no siguen lineamientos claros. Alguien podría pensar que la defensa de los estudios universitarios gratuitos es una típica posición de izquierda, mientras que la defensa de alguna forma de pago es una posición de derecha. Pero uno de los principales críticos de la gratuidad universitaria fue nada menos que Karl Marx.

En su Crítica del Programa de Gotha (un escrito en el que ataca las propuestas electorales de los socialistas alemanes en 1875) Marx dice que la universidad gratuita “sólo significa que el costo de la educación de las clases altas es financiado con la recaudación de los impuestos que pagan todos”.

Por las dudas, y para prevenir cualquier interpretación conspirativa, el uso de este ejemplo no tiene ninguna clase de vínculo con ninguna propuesta de gobierno para Uruguay. Solo se trata de un caso que permite percibir con claridad un punto conceptual: los miembros de una sociedad democrática no estamos de acuerdo acerca de lo que es bueno o es justo para nuestra propia convivencia. Y el modo en que se dividen las opiniones es complejo, entre otras cosas porque tiende a variar con el paso del tiempo.

Este es uno de los principales argumentos a favor de la rotación de partidos en el ejercicio del poder, y es también lo que justifica el derecho de todo gobierno legítimamente electo a utilizar todos los caminos constitucionales para poner en práctica sus propuestas (especialmente aquellas que prometió aplicar).

Si la pregunta sobre lo bueno y lo justo tuviera una sola respuesta válida, entonces no habría razones para la democracia. Simplemente, los que sostuvieran la respuesta válida estarían del lado del bien y los otros del lado del mal. Y el combate entre el bien y el mal no es algo que pueda dirimirse en las urnas.

Pero esas no son las condiciones en las que convivimos. A una gran parte de nosotros nos importa buscar el bien y la justicia. Pero discrepamos acerca de dónde están y de cómo alcanzarlos. Por eso nos hemos dado mecanismos para intentar persuadirnos entre nosotros y luego aplicar las respuestas que obtengan más apoyo.

En democracia, un cambio de gobierno no debe interpretarse como un episodio de la lucha entre el bien y el mal, ni en términos de avances y retrocesos históricos. Se trata de una etapa más en el intento colectivo de construir una sociedad mejor en condiciones de pluralidad.

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