Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Bondad y poder

Entre las muchas hazañas intelectuales de Rousseau está la de haber instalado el mito del buen salvaje, es decir, la idea de una bondad humana original que fue envilecida por la sociedad.

Como hipótesis histórica, esta idea nunca encontró sustento. La antropología comparada ha mostrado que los conflictos interpersonales, la competencia entre normas y las luchas de poder existen aun en las comunidades humanas más simples.

Como fuente de inspiración, en cambio, la idea resultó arrolladora. Entre los movimientos que la incorporaron, a veces sin saberlo, están el jacobinismo francés del siglo XVIII, el romanticismo del siglo XIX, la doctrina del "hombre nuevo" del Che Guevara, el movimiento hippie de los años 60, la Teología de la Liberación y parte del ecologismo.

¿Por qué ese mito resultó tan atractivo? Porque nos ofrece un atajo reconfortante para escapar a dos ideas que son centrales en la cultura de Occidente, pero al mismo tiempo muy duras de aceptar.

La primera es la idea de que los seres humanos somos moralmente imperfectos. Cualquiera sea el contexto en el que nos toque nacer, y más allá del lugar que ocupemos en la sociedad, en algún momento vamos a fallar. La segunda es la idea de responsabilidad moral: aunque la perfección moral esté fuera de nuestro alcance, tenemos que hacernos cargo de las consecuencias de nuestros actos y responder ante los demás. No es aceptable diluir mi responsabilidad individual en el conjunto de la sociedad.

La tradición de pensamiento político que culmina en el liberalismo puede ser vista como el intento de extraer conclusiones institucionales de estas dos ideas. Como somos imperfectos pero responsables de nuestros actos, necesitamos un conjunto de reglas que ordenen la convivencia y formas de autoridad que aseguren su cumplimiento. Y como los que ejercen la autoridad también son imperfectos, tenemos que limitar su poder y obligarlos a rendir cuentas.

Pero Rousseau nos ofrece otro camino. Para él, el buen plan no consiste en ver acciones individuales donde hay una corrupción general de la sociedad, ni en llenarnos de instituciones que compensen nuestra imperfección, sino en organizar la convivencia de tal modo que podamos reconectar con una pureza moral que se conserva intacta. Crear esas condiciones es la tarea principal de la política.

Esa idea fue recogida, entre otros, por Ernesto Guevara. No es posible construir una sociedad justa, pensaba el "Che", si los miembros de esa sociedad están corrompidos por el capitalismo. Por lo tanto, hay que servirse del poder político para construir el "hombre nuevo". Pero la historia enseña que estos intentos de reforma moral desde el poder terminan en grandes planes de adoctrinamiento político (como la Revolución Cultural de Mao), en "campos de reeducación" que son en realidad cárceles de disidentes, o en grandes matanzas al estilo Pol Pot.

Admitir estos hechos no implica renunciar a la mejora moral, pero implica aceptar que esa tarea debe estar en manos de la sociedad y no del Estado. Son las familias, las comunidades locales, las iglesias y una variedad de organizaciones sociales quienes deben asumir esa tarea en condiciones de diversidad. Quien quiera buscar al buen salvaje en esas condiciones, al menos no será una amenaza para los demás. Pero cuando el poder político se propone purificar a los ciudadanos, todos estamos en peligro.

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