Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Los alumnos y el reloj

La vida de los sistemas educativos está tensionada entre el propósito de que todos los alumnos aprendan aproximadamente lo mismo y el hecho evidente de que no lo hacen. ¿Cómo reaccionar ante esta situación?

La respuesta tradicional de la escuela uruguaya consistió en fijar los mismos tiempos de aprendizaje para todos los alumnos (digamos, cuatro horas de matemáticas por semana) y, en el caso de que en ese lapso no se produjeran los aprendizajes esperados, recurrir a la repetición. La única solución remedial consistía a cumplir el mismo proceso desde el inicio.

En los últimos años han surgido dudas razonables sobre esta solución. De esa insatisfacción han surgido prácticas como considerar los resultados en función de ciclos escolares, las tutorías y las “adecuaciones curriculares” usadas en Primaria y Secundaria. Son soluciones menos rígidas, pero sólo en algunos casos implican una clara flexibilización de los tiempos de aprendizaje. La situación usual es que se ajusten a cada caso ciertos resultados de aprendizaje, pero la distribución del tiempo sigue siendo básicamente la misma para todos.

Y sin embargo, la pregunta sobre la distribución del tiempo tiene una enorme pertinencia pedagógica. ¿Es razonable esperar que todos los alumnos necesiten el mismo tiempo para hacer (aproximadamente) los mismos aprendizajes? Todo indica que no hay ninguna buena razón para hacerlo.

Esto explica por qué, en muchos países exitosos desde el punto de vista educativo, el tiempo se distribuye de manera desigual entre los alumnos. Algunos pueden alcanzar rápidamente ciertos resultados de aprendizaje. Otros van a ir más despacio. Lo razonable es que el curriculum se adapte a esos ritmos personales.

La manera usual de alcanzar este resultado es tener un curriculum flexible, que combine asignaturas obligatorias con otras optativas o de profundización. Supongamos que un programa de Idioma Español fija ciertos resultados de aprendizaje para un curso semestral de cuatro horas por semana. Algunos alumnos conseguirán alcanzar esos logros y otros no.

Los que no lo consigan, tomarán durante el siguiente semestre un segundo curso de Idioma Español, que les ofrecerá el tiempo que les faltó. Los que sí alcanzaron el objetivo podrán tomar un curso de profundización, o un curso de literatura, o un taller de teatro. De hecho, como el taller de teatro suena más divertido que un nuevo curso de Idioma Español, eso funciona como un incentivo para esforzarse durante el primer semestre.Hubo una época lejana en la que hubo tiempos variables en Secundaria. Se trataba de la “reparación”: un conjunto de horas de clase que se agregaban luego de terminados los cursos, para quienes no habían alcanzado el nivel de suficiencia. Pero la “reparación” tenía mucho de sanción (había que ir a clase mientras los demás estaban en la playa) y era una solución tardía. Todo a lo largo del año lectivo, se mantenía el axioma de dar la misma cantidad de tiempo a todos los alumnos.

Las organizaciones curriculares por créditos, o en anillos pedagógicos, son maneras habituales de flexibilizar a gran escala la distribución del tiempo entre los alumnos, contemplando sus necesidades educativas. La idea es alcanzar los resultados esperados con independencia de los tiempos institucionalmente impuestos. Los uruguayos deberíamos animarnos a ensayar esas soluciones.

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