Pablo Da Silveira
Pablo Da Silveira

Adiós a Hegel

El Frente Amplio fue fundado en marzo de 1971. En las elecciones de ese año sacó unos 300 mil votos, equivalentes al 18% del total.

No era mucho y era menos de lo que esperaban sus dirigentes y militantes, pero era bastante más que lo que había sacado hasta entonces el conjunto de partidos de izquierda.

En las elecciones de 1984, tras los años de dictadura, el Frente Amplio obtuvo unos 400 mil votos y casi gana la Intendencia de Montevideo. Cinco años después, en 1989, superó los 418 mil votos y por primera vez obtuvo el gobierno de la capital.

En 1994 el Frente tuvo unos 621.000 votos. No logró llegar al gobierno, pero había tenido un fuerte crecimiento y había quedado muy cerca de los partidos fundacionales. Fue el año del “triple empate”. En las elecciones de 1999 creció todavía más, superando en primera vuelta los 861 mil votos. Esas fueron las primeras elecciones en las que se utilizó el mecanismo de balotaje (dos vueltas electorales) y en la segunda ganó Jorge Batlle.

El Frente Amplio finalmente ganó las elecciones en 2004, imponiéndose en primera vuelta con casi 1.125.000 votos (equivalentes al 51.7% del total). En 2009 volvió a ganar con una cantidad de votos similar (más de 1.105.000 en primera vuelta, equivalentes al 48%). En 2014 ganó por tercera vez, con más de 1.134.000 votos (nuevamente equivalentes al 48% del total).

Quiere decir que, desde el momento de su fundación hasta hoy, los dirigentes y simpatizantes del Frente Amplio no supieron lo que era perder terreno. Su trayectoria electoral fue constantemente exitosa durante casi cincuenta años.

Esto fue lo que cambió el 27 de octubre. El Frente Amplio obtuvo unos 940 mil votos, es decir, unos 200 mil menos que cinco años antes. Para encontrar un porcentaje de votos más bajo hay que retrotraerse a las elecciones de 1999, es decir, veinte años atrás.

Este sacudón tiene un significado electoral evidente, pero tiene además un impacto conceptual. La izquierda uruguaya heredó una visión de la historia que, pasando por Marx, tiene su origen en las ideas del filósofo alemán Georg W. Hegel (1770-1831). Según Hegel, la historia no es simplemente una acumulación de hechos a lo largo del tiempo, sino una especie de corriente que tiene una dirección. Esa dirección consiste en el avance hacia mayores niveles de racionalidad.

La izquierda de cuño marxista agregó a esta visión una idea de su propia cosecha: ellos son la punta de lanza de la historia. El avance de la izquierda no es solamente el avance de una fuerza política entre otras, sino el avance de la historia y, en última instancia, de la humanidad.

La evidencia empírica aporta muy poco sustento a favor de esta idea soberbia y megalómana. La historia humana está cargada de aprendizajes, retrocesos, movimientos pendulares, errores que se repiten y muchos otros fenómenos que nacen de decisiones concretas tomadas por personas concretas. La idea metafísica de que exista algo llamado “la Historia”, que tenga rumbo y en cierto sentido voluntad, es una ficción peligrosa. La historia de la izquierda mundial muestra que, con demasiada frecuencia, su triunfo solo ha traído muerte, persecución, miseria y dolor. Todo eso justificado en nombre de la Historia.

El traspié electoral del Frente Amplio es un sacudón que hace temblar ideas poco revisadas, y que enseña a la izquierda que ellos no son diferentes de los demás.

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