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Otra vez el verbo

Empecemos por alegrarnos: el Uruguay vuelve a las aulas. Para las familias, el retorno implica orden en los horarios, gastos extra, deberes.

Pero la educación es mucho más que su rutina, que su economía y aun que sus mandatos. Es siembra, siembra a todos los vientos según el lema de Larousse.

Por eso resulta empobrecedor reducir la enseñanza a una medición sólo cuantitativa o usarla únicamente como vehículo para competir mejor. Toda persona —y toda nación— que se quiera a sí misma debe promover el gusto por saber —la curiosidad gestora—, mucho más allá de los límites estrechos de las especialidades y aun de las profesiones.

La cultura general es camino para la inteligibilidad de los unos con los otros. El ideal de vida no es que el otro hable una jerigonza que haga que uno no entienda cómo le liquidan la tarjeta de crédito, con qué argumentos lo defienden o por qué le dicen que tiene que dejarse operar. El ideal es que seamos lo más inteligibles que sea posible; y que, gracias a ello, cada uno llegue a ser no sólo compañero de su prójimo sino señor sobre sí mismo.

Contra ese ideal conspira el deterioro del lenguaje hablado y escrito: vulgarismos, idiotismos y otros "ismos" indeseables han proliferado hasta el punto de bajar de plano las conversaciones, dificultando el intercambio sobre conceptos básicos y aun sobre sentimientos elementales.

¿Qué soledad provoca esa incultura? ¿Qué frustraciones genera? ¿Cuántas pérdidas no cuantificables derivan de lo que queda a medio pensar y a medio decir?

He ahí uno de los numerosos campos donde nuestras dificultades y crisis —insistimos— son primero culturales y sólo después económicas. Estas no son cosas que se arreglen disponiendo un relevamiento sociográfico ni formando comisiones ni constituyendo equipos interdisciplinarios. En rigor, no son cosas que puedan resolverse institucionalmente, porque dependen de la capacidad de sentir, pensar y trasmitir y de la aptitud para suscitar de cada hablante y de la presteza para asociar de cada oyente. Más aun: dependen de la decisión espontánea de cada uno. Si nos resignamos a un léxico anémico y nos contentamos con clisés, si nos olvidamos para siempre de que un diálogo es auténtico sólo cuando es imprevisible, entonces no habrá plan social que nos rescate.

En definitiva, en esta materia se cumple lo que enseñaba Harvey Cox cuando sostenía que hay un solo pecado: bajar la guardia. Y en ese pecado incurrió el Uruguay cuando depositó la culpa de todos sus males en las dificultades económicas, ocultándose que debajo de la caída del lenguaje, la gramática y las matemáticas había un dejarse estar, es decir, un bajar la guardia.

El lunes pasado, la apertura de las aulas lo habría dejado a uno ensimismado con estas ideas si no hubiera tenido la satisfacción de asistir a la presentación —organizada por Monteverde en la sala del Ministerio de Educación y Cultura— de "Escuchar y hablar en el aula" de las Profesoras Eglé Etchart y Alma Hospitalé.

Uno se siente reconfortado al comprobar que, a despecho de pesimismos, el Uruguay puede generar esta clase de textos vocacionales para integrar a los niños a las áreas más delicadas del intercambio oral y escrito, enseñando a pensar y decir con estilo propio cada una de las funciones del discurrir —descriptiva, argumentativa, exhortativa. Con ese planteamiento —admirablemente desarrollado y hasta con resonancias de la retórica aristotélica—, la pregunta de Reina Reyes "¿para qué sociedad educamos?" queda primorosamente respondida: para una sociedad de personas, no de robots.

"En el principio fue el Verbo" enseña el Génesis. En un sentido, eso es verdad para cada persona: nos hacemos proyecto y obra a partir de lo que pensamos en palabras, muchísimo antes y más allá de discutir sobre la propiedad estatal o privada de los monopolios y de definirnos en el cambiante macramé político. Ni las pulsiones primarias ni los instintos nos ascienden por sí solos a persona.

Por eso, y porque no habrá ley de emergencia que lo arregle, debe ser responsabilidad de cada uno en su esfera, impedir que sigan devaluándose la palabra, la interlocución, el concepto y las ideas a partir de las cuales vivimos.

Porque esa devaluación hace mucho más estragos que cualquier azote cambiario.

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