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No hay final feliz para Afganistán

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GINA MONTANER
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La memoria colectiva suele ser selectiva. La retirada de Estados Unidos de Afganistán, con las impresionantes imágenes de multitudes intentando abordar aviones en Kabul, ha provocado reacciones en el mundo entero.

Horas después, el presidente Joe Biden admitió públicamente que el inicio del repliegue fue cuando menos desordenado. Pero también reiteró su convencimiento de que la alternativa menos “mala” era la de desistir de 20 años de ocupación sin apenas resultados duraderos. A su vez, una mayoría de estadounidenses ha manifestado estar en desacuerdo con la manera en que se ha manejado una salida que escenifica el estrepitoso fracaso de Occidente después de embarcarse en una guerra contra los talibanes tras los ataques terroristas del 11 de septiembre hace dos décadas.

Sin duda, la administración Biden tendrá que acarrear con las consecuencias de una gestión mal asesorada por los servicios de inteligencia y deberá responder a las preguntas que están surgiendo por tan caótico operativo. El propio presidente ha dicho que asume la responsabilidad final de una retirada acordada y con plazos bajo el gobierno de Donald Trump, quien en 2020 aseguró que los talibanes serían aliados en la lucha antiterrorista y bajo cuyo mandato se liberaron al menos 5000 talibanes presos. Finalmente ha sido el demócrata quien ha materializado una incómoda y difícil decisión respaldada por la opinión pública estadounidense que, según una encuesta del Chicago Council Survey, a principios de julio apoyaba abandonar Afganistán, con 7 de cada 10 americanos a favor de dicha iniciativa.

Biden decidió hacer algo que el ex presidente Barack Obama prefirió esquivar durante dos periodos. En contra de sus propias creencias, Obama llegó a mandar más tropas a Afganistán y gastó seis mil millones de dólares anualmente para entrenar y equipar a las fuerzas militares afganas a pesar de que informes confidenciales de los militares apuntaban a las presuntas deficiencias de un ejército que, tal y como se ha comprobado, no estaba ni preparado ni dispuesto a dar la batalla contra el avance de los talibanes. De hecho, ya bajo la administración Trump los insurgentes fundamentalistas controlaban buena parte del país y uno de los dirigentes con el que el ex secretario de Estado Mike Pompeo negociaba, Abdul Ghani Baradar, hoy es uno de los líderes del recién instaurado gobierno talibán.

Basta con leer The Afghanistan Papers: a secret history of the war, elaborado por el Washington Post, en el que se destapan años de desinformación y maquillaje por parte del Pentágono ( una sensación de déjà vu si se piensa en los comprometedores Papeles del Pentágono durante la guerra en Vietnam) para justificar una prolongada presencia militar que no consiguió trasplantar una metodología o motivación a un gobierno y ejército locales minados por la corrupción e incapaces de desarmar a los talibanes.

Desde hace años era un secreto a voces en las diversas administraciones que han pasado por Washington que tanto Estados Unidos como sus aliados de la OTAN ejercían una política de contención en Afganistán, pero no de cambios perdurables bajo la óptica occidental, tal y como llegó a pretender George W. Bush con una doctrina que tampoco dio resultados en Irak. Al cabo de miles de millones de dólares vertidos, una opinión pública que ha oscilado entre la indiferencia y el rechazo a continuar manteniendo tropas en suelo afgano, las promesas electorales de al menos cuatro presidentes y el acuerdo en Doha sellado bajo Trump que le abrió el camino a los talibanes para recuperar el poder, ha sido Biden quien ha dado el brusco portazo que hasta ahora todos habían sorteado, pero creían inevitable.

Por supuesto, el otro modo de haber abordado tan espinoso asunto habría implicado que las democracias de Occidente aceptaran una presencia indefinida en Afganistán no por razones prácticas y apegadas a la dura realidad sobre el terreno, sino por una cuestión de principios morales y en defensa de los derechos humanos que, sobre todo, afectan a las mujeres afganas bajo la inclemente Sharia. Pero habría sido necesario el consenso internacional frente a la fatiga generalizada. Para ello habría que decirles con toda franqueza a los votantes que, contrario a su parecer, se mantendrían tropas y se continuarían financiando gobiernos de paja que por sí solos no pueden impulsar cambios profundos.

De lo que hemos sido testigos estos últimos días es la fealdad a todas luces de la realpolitik y de la propia hipocresía de sociedades mullidas que pierden la paciencia en batallas de largo recorrido que no garantizan finales felices. Ahora está por ver la solidaridad internacional si, como es previsible, la emigración afgana se dispara. La incertidumbre y la desazón que ahora reinan en Afganistán son incuestionables. Todo lo demás es más que discutible.

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