Mi propio secuestro

Antonio Mercader

Detesto ser autobiográfico, pero creo que este caso lo justifica porque voy a hablar de mi secuestro. Sí, mi propio secuestro planeado por miembros del OPR 33, según un libro editado por uno de sus jefes, Juan Carlos Mechoso.

Todo se remonta al comienzo de los 70 cuando ese grupo guerrillero de origen anarquista y competidor de los tupamaros, atrapó a periodistas para extraerles información sobre hechos de actualidad. Así fueron secuestrados José Pereyra González, secretario de redacción de El Día, y Héctor Menoni, corresponsal de United Press, entre otros. El próximo era yo, un bisoño periodista de "El Diario" y corresponsal de publicaciones argentinas.

Así se narra en "Acción directa anarquista. Una historia de FAU", libro que me describe como un periodista informado y digno de ser capturado (¡vaya honor!), aunque al parecer el plan se frustró porque yo, la inadvertida víctima, hice un imprevisto "cambio de hábitos de último momento". ¿Habré tomado el 128 en lugar del 121? ¿Me quedé en casa porque estaba resfriado? No sé. La conclusión es que por azar no me llevaron y recién 30 años después me vine a enterar que estuve a un tris de convertirme en presa de la pandilla castrista que, entre otros abusos, se ensañó con Sergio Molaguero y robó la bandera de los Treinta y Tres.

Me he preguntado muchas veces qué habría sucedido conmigo si me hubieran secuestrado en esos años de plomo.

La primera incógnita es conocer cómo actúa uno bajo la amenaza de un arma. Quién sabe. Nunca se está a salvo de la reacción refleja pasible de causar lo peor. Superado ese trance me cuesta imaginar cómo me hubiera adaptado al cautiverio, al interrogatorio y al trato con los raptores. ¿Habría resistido? ¿Habrían aceptado mis respuestas? ¿Resultaría ileso? Y más me cuesta pensar en mis propios miedos, en la angustia de mi familia, en la ansiedad por saber cómo terminaría todo, en el posterior asedio policial bajo la sospecha típica de la época ("¿No fue un autosecuestro"?).

Nada más pensarlo me subleva retroactivamente mi status de candidato a rehén. ¿Qué derecho a cazarme como un pato tenían aquellos atrevidos? ¿En nombre de qué valores podían privarme de mi libertad? ¿Qué causa revolucionaria justificaba violentarme? Y me reitero en que no hay derecho, ni valores, ni revolución -y menos la de ellos, tilingos imitadores de la guerrilla cubana- que sirvan de excusa. El secuestro es siempre una acción infame como lo prueban los crudos relatos de sus víctimas.

Todo esto viene a cuento ante el calvario de Ingrid Betancourt y sus compañeros de infortunio a manos de las FARC, encadenados como animales por una banda de cuño marxista reconvertida en empresa narcotraficante. Muchas de estas guerrillas, al igual que los tupamaros y el OPR 33, usaron el secuestro como arma política e infirieron irreparables daños físicos y psíquicos a unas cuantas personas. Yo me libré por pura suerte, otros no.

Si los secuestros me indignan por las razones antedichas, ustedes comprenderán que me saque de quicio oír a Fidel Castro, con la muerte rondando su lecho de enfermo, cuando proclama que la Betancourt y los demás rehenes colombianos "nunca debieron ser secuestrados" y que "ningún propósito revolucionario lo podría justificar". ¡Rostro de piedra Fidel Castro, el mismo que armó a las guerrillas y entrenó a los secuestradores ahora se arrepiente de sus consejos y da marcha atrás!

Bien dicen que de arrepentidos está lleno el infierno.

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