Matías Chlapowski
Matías Chlapowski

India, el otro gigante

Vale la pena echar un vistazo sobre estos últimos 75 años y comparar algunos guarismos de evolución con la de su gran vecino al otro lado del Himalaya. Ambas son potencias atómicas, que han consolidado su presencia en el concierto mundial y han progresado, pero en forma despareja.

Las dos tienen una población inteligente y recursos naturales abundantes. Difieren en su sistema político y su cultura y es por eso que el paralelo entre ellas resulta enigmático y su análisis desafiante.

Después de China, el otro estado gigante es la India y si las medimos por población, según los pronósticos la alcanzará en dos años. Son unos 1.370 millones los que allí viven, en 3.287 km2. Se trata del quinto territorio nacional más extenso de la tierra, con una densidad de población de unas 415 personas por km2.

La India tiene una larga y rica cultura e historia y sus primeros vestigios se remontan a unos 3.000 AC. A través del tiempo sufrió importantes invasiones, como la de los persas, Alejandro Magno, los otomanos, los mogoles y otros intrusos.

Más cerca de nuestros tiempos, en el siglo XVIII, Gran Bretaña (GB) venció a los franceses que tenían una importante presencia en el subcontinente, que no pudieron retener ya que el dominio de los mares lo tenían los ingleses y les cortaban sus suministros y comunicaciones. Paulatinamente, Gran Bretaña convirtió al subcontinente en su Virreinato. El monarca británico se convirtió en emperador soberano de la India.

Su dominio sobre este vasto territorio comenzó a flaquear después de la Primera Guerra Mundial, cuando surgió un movimiento independentista encabezado por Mahatma Gandhi, un extraordinario líder pacifista quien blandiendo su arma de resistencia no violenta y su mensajes de paz, terminó (durante el gobierno Laborista en GB) con la ocupación colonial, al finalizar la Segunda Guerra Mundial.

Podríamos decir que en 1947 empieza la era moderna de esta gran nación, cuando los ingleses se retiran y casi en simultáneo tiene lugar una cruenta partición o secesión, con tremendos desplazamientos humanos producto de la latente incompatibilidad religiosa existente entonces (y también ahora) entre musulmanes e hindúes, más que por diferencias étnicas. Las emboscadas, los asaltos a trenes repletos de desdichados, las matanzas de unos y otros a lo largo de las nutridas columnas de familias que huían buscando refugio, habiendo abandonado sus casas, dejaron un saldo de más de 200.000 muertos, aunque se cree que la cifra real fue bastante mayor y el saldo en miseria y pobreza, enorme.

El Rajá del subcontinente, se dividió eventualmente en varios países, siendo ellos actualmente la India, Pakistán al noroeste y Bangladesh y Myanmar (Birmania) al noreste y podríamos agregar también Sri Lanka (antes Ceylán), la gran isla y estado al sureste, que un tiempo dependió políticamente del virreinato aunque con una administración separada.

Surgió entonces la India como la conocemos hoy, la democracia parlamentaria más grande del mundo, con el importante legado que dejó GB de su tradición legal, administrativa y su idioma unificante. Según la constitución, la India es una democracia, socialista, federal y secular pero estos preceptos se han ido modificando. El socialismo se ha ido flexibilizando y parcialmente descartando en vista de los magros resultados económicos que esta práctica ideológica trae como consecuencia.

Tampoco se ha avanzado mucho en compatibilizar la convivencia religiosa y en ese rubro existe un serio y desestabilizante déficit. El actual Primer Ministro ha promulgado legislación obligando a los habitantes de la India a justificar su nacionalidad. La ciudadanía es concedida fácilmente a todos menos a los musulmanes (13% de la población o unos 180 millones de personas) muchos de los cuales no logran reunir las pruebas de ciudadanía de sus ancestros que les exige la burocracia gubernamental, creando una masa de apátridas, sin derechos, acceso al trabajo, sujetos a deportaciones, expropiaciones y otros abusos.

Difícil labor será sacarle la espoleta al complejo intríngulis religioso. Un amigo indio me lo explicó en estos términos: "Ellos, los hindúes, adoran la vaca a la que consideran sagrada. Nosotros (los musulmanes) la comemos, con todo lo que ello implica". Su economía, especialmente desde que comenzó su liberalización, ha aumentado su crecimiento a tasas del 5/6% del PBI, pero desde una base baja y está lejos del capitalismo que ha propulsado la China. Mientras esta última bajó drásticamente su tasa de natalidad, la India lo hace lentamente. El crecimiento de la población de China, en los últimos 20 años es en promedio, dos veces menor al de India, por lo tanto el per cápita "incoe" se ha distanciado seriamente uno del otro. Según el FMI, en 2019 el PBI per cápita de China fue de US$ 10.098 y el de la India solo US$ 2.171. Si bien las políticas de desarrollo económico chinas han resultado en una mayor desigualdad social, esto es inevitable si se sueltan ciertas riendas. Los más emprendedores y los que asumen más riesgos con éxito, acumularán riqueza y capital que luego invierten, ahorran o gastan, haciendo mover la economía.

Pero el punto central de lo que sucede en India actualmente, es el sectarismo. La discriminación que promueve Narendra Modi el PM y su partido (BJP) para satisfacer el descontento y opacar su mediocre desempeño (comparado por ej. con China), maquillando y apelando a los bajos instintos. Como se ha visto en el mundo, no es necesario demasiado aliento para convertirlos en hoguera. La libertad y la democracia, por primera vez en estos 75 años parecen estar en peligro.

Con todos sus defectos y virtudes la India era un país inclusivo, amable y tolerante y si bien hubo en el pasado momentos sangrientos o de tensión, con magnicidios incluidos, las cosas luego se calmaban. Hoy el gobierno parece hacerse eco de la idea de que los musulmanes y luego los cristianos dominaron India durante demasiados años y ahora llegó el tiempo de los hindúes.

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