Matías Chlapowski
Matías Chlapowski

“Impeachment”

Se ha instalado el tema del juicio político al presidente Donald Trump.

No es un asunto menor enjuiciar, no digamos destituir, al primer mandatario. La propia presidenta de la Cámara de Diputados, Nancy Pelosi, se venía resistiendo de iniciar la causa, optando por llamar a una investigación, que podría terminar, o no, en el procesamiento.

Frente a esta situación, Trump -como es su estilo- ha decidido una estrategia combativa, denigrando la iniciativa, calificándola como "una caza de brujas" o un "linchamiento". Ha prohibido a los miembros de su administración colaborar. Por ejemplo, a no comparecer frente a las distintas comisiones de diputados a las cuales podrían ser citados, ni a presentar documentos o grabaciones, negando las potestades de la cámara baja de llamar a que declaren testigos o que presenten posibles pruebas.

Algunos desafiarán su orden pero la mayoría, atentos a las inevitables represalias, se negarán a comparecer. Se ha desatado una verdadera lucha de poder entre dos ramas del gobierno.

Dada la actual encrucijada, hagamos un poco de reflexión histórica recordando que ningún presidente de los Estados Unidos ha sido "destronado" por el Congreso. Sí, hubo tres ocasiones donde tres de ellos enfrentaron el juicio político, pero terminaron absueltos. Otra donde la amenaza de un juicio precipitó una renuncia (Richard M. Nixon) evitando una sentencia condenatoria. Durante varias presidencias (Franklin Delano Roosevelt, Eisenhower, Carter, Ford, Reagan, Bush jr. Obama) corrieron rumores de posibles iniciativas para un "impeachment" que no prosperaron.

En 1842 ocurrió el primer juicio. Fue contra el presidente John Tyler (1790-1862) que asumió luego de morir de pulmonía el titular William Henry Harrison. El Congreso se fue poniendo furioso con él por considerar que hacía uso indebido del veto, cuando estaba en serio desacuerdo con alguna legislación. También era detestado por sus colegas del norte, entre ellos John Quincy Adams, por tener esclavos. Fue absuelto con un cómodo margen.

A los cinco días de finalizar la Guerra de Secesión fue asesinado el Presidente Lincoln, un republicano moderado (1809 - 1865). Fue reemplazado por Andrew Johnson (1808 -1875) su vicepresidente, un Demócrata disidente y exgobernador de Tennessee. Eliminada la esclavitud y derrotada la Confederación, comenzó una puja entre quienes querían impulsar la rápida pacificación de los estados del Sur con la Unión. Esa era la política que ambos -Lincoln y Johnson- impulsaban. Otros, los más radicales del victorioso partido Republicano, querían seguir sometiendo a los derrotados, privándolos de derechos y libertades.

Aprovechando la debilidad del nuevo presidente, que no era del partido, el Congreso con amplias mayorías republicanas, comenzó proclamando leyes, sobrepasando su veto presidencial, con mayorías especiales. Con artilugios impidieron la presentación de credenciales de un senador opositor, etc.

Las cámaras iban adquiriendo crecientes atribuciones, en desmedro de las del poder ejecutivo.

Finalmente llegó la gota que derramó el vaso cuando, por múltiples desavenencias, el presidente pidió la renuncia al Secretario de Guerra, Edwin M. Stanton -lo había heredado de Lincoln- quien se había convertido, en la práctica, en un dictador de los Estados derrotados del Sur. Stanton rehusó este pedido. A esto el presidente nombró en su lugar al inobjetable Gral. Ulises Grant. A pesar de sus inigualables credenciales, el Congreso discrepó, notificando al Ejecutivo que no tenía la autoridad para remplazar a ese señor, aduciendo que los cargos relevantes (como especifica la Constitución) requieren el consentimiento del Senado para ser nombrados. Ergo, argumentaron que el presidente no podía sustituirlos a su voluntad, sin su acuerdo, por lo tanto Grant se fue a su casa y el insolente Stanton se atrincheró en el ministerio desafiando al presidente.

Esta lucha de poderes terminó con la cámara baja votando el "impeachment".

El Presidente de la Suprema Corte, como lo establece la Constitución, asumió como juez; el Senado como jurado y la cámara de Diputados como el órgano inquisidor, actuando como fiscal. Para destituir a un presidente, se necesitaban 2/3 de los senadores. Seis republicanos se oponían al procedimiento a pesar de tremendas amenazas, chantajes y presiones de todo tipo. Quedaba un senador dudoso, Edmund G. Ross, republicano, que hasta ese momento había votado todas las medidas más radicales pero, en este caso, se negó a hacerlo y por un voto sobrevivió la presidencia de Andrew Johnson. Los 7 senadores republicanos que no votaron el impeachment no fueron reelectos y sus carreras políticas quedaron destruidas (*).

Johnson no se presentó para la reelección pero tuvo la satisfacción de ser, años después, electo senador, el único caso de un expresidente.

Más reciente tuvimos el caso de Bill Clinton, que fue acusado de obstruir la investigación judicial donde lo acusaban de haber tenido relaciones sexuales con la pasante Mónica Lewinsky. Como este pecado no era un delito, mentir y obstruir para salvarse del bochorno le fue perdonado.

Pero, de haber sido destituidos Tyler o Johnson, podría haber quedado alterado el sistema de pesos y contrapesos, el delicado equilibrio entre el ejecutivo y el legislativo.

Lo de Trump tiene otras aristas y es de cuidado ya que involucra potencias extranjeras e intromisión en las elecciones del país expresamente vedado. Veremos cómo se desenvuelve la acción.

(*) John F. Kennedy dedicó un intenso y sabroso capítulo a este histórico episodio en su libro "Perfiles de coraje”, escrito en 1955 mientras se recuperaba de una seria operación de columna, producto de heridas sufridas durante la guerra en el Pacífico.

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