Matías Chlapowski
Matías Chlapowski

Otro grande

Wilson, Thomas Woodrow, Presidente de EE.UU. entre 1913 y 1921. Las circunstancias de su llegada al poder y las que le tocaron vivir lo colocan sin duda entre aquellos que dejaron su marca y se le recuerda mucho más que a otros.

Nació en Virginia en el seno de una familia educada, medianamente acomodada y religiosa. Tercero de 4 hijos, cursó estudios universitarios en la que luego pasó a llamarse Princeton (y de la cual, años más tarde, terminó siendo su rector). Completó cursos de posgrado en derecho, en la universidad de Virginia. Terminó recibiendo un doctorado en ciencias políticas en Johns Hopkins. Un currículum nada despreciable para iniciar y terminar una carrera en el prestigioso mundo académico o de la justicia, como abogado o juez.

Pero a finales de la primera década se destaparon sendos casos de corrupción en el estado de New Jersey y el aparato político demócrata quiso blanquear su manchada imagen, ofreciendo a sus votantes a una persona de honestidad incuestionable. Wilson, entonces presidía la reputada Princeton. Hijo de un pastor protestante, parecía serlo él también. De intachable comportamiento en la dirección de la Universidad, el capo del aparato político demócrata de New Jersey decidió ofrecerle la candidatura pensando que iba a poder manejarlo fácilmente, tras ser electo.

Wilson ganó (1910) y, quienes esperaban acordar con él se llevaron un gran chasco. Al poco tiempo de asumir como Gobernador, lanzó un enérgico programa de reforma y limpieza, mejorando mucho a la administración del Estado, cosa que lo puso en la mira de los que dominaban al partido a nivel nacional y de quienes buscaban a un candidato para derrotar a William H. Taft.

Es altamente improbable que hubiese llegado a ganar las elecciones nacionales de 1912 si no fuese porque Theodore Roosevelt, de regreso de sus viajes, cansado de estar en el llano, decidió volver al ruedo. El sucesor ya había sido prácticamente nombrado como candidato, sin embargo Roosevelt pretendió que se bajara del peldaño (donde él lo había puesto cuatro años atrás). Taft sus colaboradores y los jerarcas y donantes republicanos no aceptaron. Taft era más maleable y cómodo que el enérgico e inmanejable Teddy. Por lo tanto, Roosevelt armó su propio partido (dividiendo a los republicanos) y eso le permitió ganar a Wilson.

Si hubiera triunfado Roosevelt quizás no hubiera ocurrido la primera guerra mundial. Ciertamente, tenía la personalidad para detenerla, quizás con éxito. (No hacía mucho, había logrado parar el sangriento conflicto ruso-japonés, lo que le mereció el Premio Nobel). Pero esta es una especulación algo inútil.

Wilson, no quiso inmiscuirse en la contienda cuando Alemania invadió a Francia y estalló la Gran Guerra. Tenía simpatías por GB y Francia y los EE.UU. ayudaban con suministros, pero era neutral, inclusive cuando los submarinos alemanes hundían barcos con pasajeros norteamericanos (Lusitania, el más sonado en 1916, aumentando la antipatía hacia las potencias del eje). Pero la interceptación del telegrama de Zimmermann con sus secuelas hicieron que Wilson dejara la neutralidad y EE.UU. le declaró la guerra a las potencias centrales, en abril de 1917. El mensaje del ministro de relaciones exteriores alemán develaba un plan para armar y alentar a México para “recuperar” los territorios perdidos. Alemania, obviamente fastidiada por el suministro de materias primas a sus enemigos, buscaba venganza y distraerlos. El tiro le salió por la culata.

Una vez entrados en la guerra el desenlace quedó determinado. Era solo cuestión de tiempo. Wilson supo movilizar con eficaz energía el enorme potencial industrial norteamericano. Sus bien pertrechadas y lideradas fuerzas armadas, rápidamente volcaron la balanza en favor de las democracias.

Habiendo fracasado en parar la guerra y antes de entrar en ella, Wilson se preocupó en organizar la paz de manera de proteger a la humanidad y evitar que ocurriese algo semejante. Previendo la derrota, el armisticio y la eventual rendición, preparó una lista de condiciones que terminaron siendo incorporadas al injustamente denostado pacto de Versalles, así como la creación de un ente mundial, la Liga de las Naciones (precursora de las Naciones Unidas, ONU). Para impulsar su visión, siendo Presidente formuló los 14 puntos que consideraba esenciales para sentar las bases de una paz duradera. Infortunadamente, sus ideas tuvieron dos grandes adversarios. En el campo doméstico, el poderoso senador republicano Henry Cabot Lodge (y no solo él) se abocó a que EE.UU. no formara parte de la Liga. Sin su participación, el organismo creado para dirimir disputas y evitar conflictos armados perdió autoridad y trascendencia y Wilson su vida, por el desgaste de la campaña para obtener apoyo. Inclusive, para denostar el gran triunfo norteamericano, el Congreso dominado por los republicanos no ratificó el tratado de paz. Del otro lado, Adolfo Hitler empezó a pregonar mentiras, aduciendo que la supuesta derrota de Alemania era causada por una conspiración de grandes intereses judíos. Dado que los tremendos destrozos y pérdidas materiales ocurrieron en las tierras invadidas: Francia, Bélgica, Polonia, Rusia, los Balcanes y el norte de Italia (en Alemania y Austria sin embargo, no cayó una bomba) las teorías conspirativas tuvieron gran eco. Además, la ocupación aliada fue nominal y prácticamente fronteriza. La cantinela afirmando que las reparaciones eran injustas inflamó las llamas del descontento y abonó el camino para otra guerra, 20 años después.

La que quería evitar Wilson, con la creación de una poderosa Liga o Sociedad de Naciones. Debido a sus esfuerzos y desvelos sufrió un derrame cerebral a finales de 1919 que lo dejó muy disminuido. El hecho fue ocultado por su entorno más intimo y su mujer de hecho, tuvo en sus manos el poder de la presidencia, despachando los asuntos más urgentes, hasta el fin del mandato, mientras su marido se mejoraba algo de su infarto. Murió en 1924.

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