Matías Chlapowski
Matías Chlapowski

El dilema de Hong Kong

Un país - dos sistemas fue la base del ingenioso acuerdo labrado entre Gran Bretaña y China en tiempos de dos grandes líderes - Margaret Thatcher y Deng Xiaoping - para resolver la insostenible situación de este enclave colonial británico dentro de la cada vez más poderosa nación oriental.

Mantener el status que gozaba su población antes de las manifestaciones ya no es posible. Los más radicales exigían mayor autonomía y desde el PCC predicaban mayor control e integración con la madre patria. A los revoltosos le salió el tiro por la culata. Hace unos pocos días, el 28 de mayo, la Asamblea Nacional en Beijín, compuesta por 3000 delegados votó casi unánimemente la aprobación de una ley de seguridad para Hong Kong. (La forma e imposición de estas normas no contradicen el tratado de 1997). Ese será el primer paso para encarrilar esa situación que nada gusta al liderazgo chino que teme el caos, la anarquía y no quiere repetir a lo que en su momento hizo en la plaza de Tianamen años atrás, para sofocar protestas. Para peor con EE.UU. están en medio de una guerra comercial y una puja por el liderazgo político y tecnológico del mundo.

Hong Kong debería seguir cumpliendo con su rol privilegiado, no ser un escollo ni una distracción, de lo contrario sufrirán más aún las consecuencias de su rebeldía aunque ésta haya sido provocada por una minoría idealista y romántica.

Cuando los territorios de la colonia volvieron al seno chino en 1997, estaba previsto en el acuerdo que esta modalidad continuara medio siglo más para terminar en 2047. Había optimismo. Las cosas siguieron lo más bien, Hong Kong disfrutando de una creciente prosperidad y grandes ventajas por ser principal puerta de entrada al reino medio y bisagra para los inversores de uno y otro sistema que aprovechaban el viento de cola del creciente desarrollo chino. Su puerto siguió creciendo en volúmenes de carga año tras año, sin descuidar la industria pesquera. Es un muy importante mercado de valores, de grandes bancos, es centro de industria textil, electrónica y de turismo. El ambiente le era favorable, por no decir extraordinariamente bueno. Pero en un momento inesperado, el año pasado estalló una chispa y se encendió la llamarada entre los que aspiran a más. La administración de Hong Kong había propuesto trasladar a ciertos delincuentes fuera de los límites de la ex colonia, por razones de conveniencia, espacio etc. Esto produjo sospechas, temores y desató las protestas que con el tiempo se hicieron cada vez más violentas. Con reticencia las autoridades anunciaron una marcha atrás. Una decisión que asombró a más de uno, pero la sorpresa fue que para los rebeldes no fue suficiente. Los maximalistas no se calmaron. Ya no era posible aplacarlos.

Surgieron nuevas demandas y los agitadores, interrumpidos un tiempo por medidas contra el Covid - 19, volvieron a las calles a provocar disturbios, cortar el tránsito, romper cajeros, molestar a la gente, pintarrajear paredes y hacer destrozos, enfrentando a las fuerzas del orden. Reclaman más autonomía aunque en realidad desean la independencia. No parece importarles las consecuencias ni la postura de quienes estaban conformes. Son valientes, pero poco realistas.

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