Matías Chlapowski
Matías Chlapowski

¿Culpables o inocentes?

La empresa Facebook, su creador Zuckerberg y plana mayor han sido duramente acusados y cuestionados. Tanto, que la compañía cambió su nombre. Conviene tomar distancia y poner las cosas en perspectiva.

Mueren por año en el mundo aproximadamente 1.350.000 seres humanos -y más del doble resulta herido de gravedad- en accidentes de tránsito. Una proporción significativa sufre secuelas de por vida, resultado de choques, vuelcos y patinadas. Dentro del cálculo están los peatones, los ciclistas y otros, víctimas de estos tristes episodios que dejan a familias desmembradas, huérfanos, etc. Según algunos cálculos el gasto, resultado de estos siniestros, ronda el 3% del producto interno de muchos países. Pero últimamente nadie acusa a las empresas que arman autos de ser peligrosas para las personas. Es el "homo sapiens" quien es peligroso por su conducta o falta de ella. El mismo criterio debería aplicarse a las plataformas informáticas.

Es verdad que en el pasado hubo una cruzada que abogó para que los autos sean más seguros, dañen menos gente en los (estadísticamente) inevitables choques. Por eso se hizo obligatorio, en casi todos los países, obtener y tener actualizada una licencia de conducir. El uso del cinturón de seguridad. Se instalaron bolsas de aire y se tuvo cuidado en que los elementos fuera y dentro del vehículo eviten, en lo posible, ser punzantes. Quienes son mayores o los que han estado dentro de autos antiguos han notado una enorme transformación. El manubrio hoy es mullido, las manijas están diseñadas para no incrustarse en el conductor o pasajero, en caso de colisión. Los vidrios y espejos están tratados para que, al romperse corten menos. Para evitar que algunos se desnuquen o sus cervicales sean lastimadas los asientos hoy tienen apoya cabezas.

En gran parte, esto se lo debemos a Ralph Nader (*) que lideró una verdadera revolución enfrentando a las poderosas automotrices. Con frecuencia se lo veía dando reportajes y contestando preguntas en la televisión norteamericana, entonces en blanco y negro, explicando la necesidad y conveniencia de imponer reglas para la fabricación de vehículos más seguros. Muchos al principio lo creían medio loco pero algunos políticos lo apoyaron y fue llamado a sala en el congreso de los EE.UU. Allí acusó a los jerarcas de General Motors, Ford y Chrysler de vender un producto peligroso. Luego las cortes reforzaron este clamor, seguido por las compañías de seguro y se mejoró mucho al auto en el aspecto seguridad. Los adornos de cromo fueron desapareciendo. Ahora, si el chofer, el motociclista o el peatón es un descuidado, un irresponsable, un psicópata, está ebrio o es un terrorista, el problema es otro. Si un fanático se lanza en una concurrida peatonal a gran velocidad para embestir a transeúntes, no es culpa de la marca del 4 x 4 que utilizó en ese atentado. Es culpa de ese individuo y sus mentores. El ejemplo se puede aplicar a casi todas las industrias ya que hay gente que se tira de un puente o debajo de los rieles de un ferrocarril. También mueren personas electrocutadas pero no es necesariamente por culpa de la UTE, del puente o del tren. Hay que ir más allá y en lo posible conjugar los beneficios y los riesgos de un producto o una plataforma informática.

Quien lideró el reciente ataque a Facebook, Francés Haugen es una ex funcionaria de buen nivel que consiguió el apoyo de la organización Whistleblower Aid para denunciar y publicitar información interna de la compañía que según ellos mostraba un comportamiento inadmisible. En síntesis, que la empresa priorizaba el rendimiento para sus accionistas y no el bien social. Supuestamente, Facebook sabía que algunos adolescentes estaban atrapados por la telaraña informática y que les hacía mal. La plataforma brindaba la posibilidad a algunos de dañar a otros, los más vulnerables por razones de raza, origen o deficiente educación. Otra de las críticas es que la firma ha adquirido y sigue acumulando información para influir y eventualmente vender con ventaja productos a sus usuarios. Aducen los críticos que esta y otras empresas de informática tienen demasiada información sobre los hábitos y gustos de sus clientes. Que tienen mucho poder. Que ganan mucha plata, que no pagan suficientes impuestos, etc.

Tal fue la presión que Zuckerberg decidió cambiar el nombre y el logo de la compañía (de Facebook a Meta y el logo es ahora un ocho estilizado y recostado) aunque es posible que ese cambio lo estuviera evaluando y meditando antes de la tormenta desatada por esta tremenda activista.

El 6 de enero de este año una furibunda e instigada turba entró en el palacio legislativo en Washington para evidenciar su enojo y algunos con el propósito de frustrar la labor del colegio electoral. Dos días después por Twitter el Presidente Trump envió dos mensajes a sus millones de adeptos que, en la opinión de los jerarcas de Twitter (**) incitaban a la violencia en contravención con las reglas aplicables a los usuarios.

Se desató una tremenda bronca de los seguidores de Trump que se extendió a otras empresas de informática aduciendo que se coartaba la libertad de expresión. En la vereda de enfrente, otros propician limitar genéricamente al poder de estas empresas e impedir daños colaterales como el bullying y la desinformación. También en Europa han multado a otros del mismo sector. A Google acaban de fijar una multa de US$ 2800 millones, por abuso de posición dominante. No son los mismos motivos pero es la misma bronca...

El Congreso enfrenta un importante desafío sobre como reglamentar la actividad y cuidar el bien público, sin cercenar libertades.

(*) Activista, conferencista, abogado y político. Nació en EE.UU. 1934. Educado en Princeton y Harvard de padres libaneses, terminó siendo un temprano precursor de los "verdes". Escribió un famoso libro, "Unsafe at Any Speed". Fue 4 veces candidato a la presidencia de EE.UU. De hecho facilitó la elección de Bush (h) quitándole votos a Gore en esos ajustados comicios.

(**) No está relacionada con la ex Facebook.

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