Martín J. Bueno
Martín J. Bueno

A regular las escuelas de surf

En Uruguay los órganos legislativos suelen medir su productividad en la cantidad de leyes o normas aprobadas. Los jerarcas públicos parece que miden el éxito de su gestión en la cantidad de nuevas regulaciones que aprueban.

Cada nueva regulación implica un nuevo sello, papel, autorización, solicitud, inspección, tasa, timbre, provento, proceso, resolución, que debe cumplir algún privado, pero también los propios organismos estatales.

Vivimos la paradoja que, desde un gobierno con un presidente amante de la libertad y una política económica en principio más cercana de concepciones liberales, el reflejo regulador es transversal e incontrolable. El último ejemplo, es el intento de regular las escuelitas de surf en Rocha. En un pliego de antología, se ha dejado constancia de nuestro ADN cultural.

El turismo de playa en Uruguay (literalmente en la playa), es una actividad tan estable como el desempeño de un criptoactivo basado en Argentina. Una actividad que con suerte alcanza 45 días al año de alta concurrencia -parciales, interrumpidos y dependientes de la madre naturaleza-. Abrir una escuelita de surf en Rocha, más que un negocio, es un acto heroico.

En este contexto, el burócrata de turno resolvió establecer que el negocio solo puede funcionar cuatro meses al año, y obligatoriamente en cierto horario, no antes ni después, sin importar el sol, la sudestada, la marea o si logró un nicho de diez clientes que decidieron tomar clases en noviembre. También resolvió que no puede utilizar “hojas de palmas” pero no sabemos si podrá utilizar hojas de arbustos o lienzos indios.

Los elementos náuticos deben ser verificados e inspeccionados por Prefectura y poseer prismáticos 7X50 -prohibidos 10X50-. La Prefectura con su robusto cuerpo inspectivo, certificará tablas de surf y trajes de neopreno, toda una innovación.

Deberán tener un seguro contra todo riesgo, seguramente el lucrativo negocio de la escuelita de surf en La Esmeralda permitirá afrontar su pago. Por supuesto, nunca nadie que se precie de regulador podrá dejar de solicitar que se le notifiquen los precios a efectos de “controlar su racionalidad”. Adicionalmente, y para que exista realmente un ambiente relajado, se deberá colocar el símbolo de la Intendencia de Rocha, en un tamaño nunca menor a los 40X50 cm.

Finalmente, se exige que la práctica de la “escuelita de surf” se realice en la orilla del mar, entre dos carteles, bajo la amenaza de que “la infracción de lo dispuesto será objeto de las más severas sanciones”. Afortunadamente, “Poseidón” e “Iemanjá”, han acordado, que el mar estará en condiciones entre los dos carteles.

El absurdo continua incesantemente y culmina con trece sanciones específicas y cuatro genéricas.

Esta disparatada propuesta, aunque parezca un dislate aislado de algún jerarca perdido, es el profundo reflejo del Uruguay regulador. El Estado en cada asunto, como ilusión de garantía, pero provocando -en el mundo real- la asfixia.

Modificar esta profunda concepción ideológica, arraigada a nuestro ADN cultural, es un desafío inconmensurable, cuya batalla se debe librar cuerpo a cuerpo. Transmitir nuevos valores culturales es el mayor desafío que nos toca afrontar.

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