Martín Aguirre
Martín Aguirre

Yamila, los medios y los fines

El repugnante y doloroso crimen de una niña de 15 años robó esta semana la atención pública de la política, para centrarla en el humilde barrio de Maldonado donde se desarrolló la tragedia. Pero algo sorprendió: buena parte de la furia que mostraron muchos no estuvo dirigida al culpable del crimen, sino a los medios que lo cubrieron.

El repugnante y doloroso crimen de una niña de 15 años robó esta semana la atención pública de la política, para centrarla en el humilde barrio de Maldonado donde se desarrolló la tragedia. Pero algo sorprendió: buena parte de la furia que mostraron muchos no estuvo dirigida al culpable del crimen, sino a los medios que lo cubrieron.

“Hay una estigmatización de la adolescencia y de la pobreza, una serie de conjeturas que terminan sin aportar a lo que es la figura de la adolescente”, dijo la directiva del INAU, Alejandra Pacheco. “Asco por la cobertura mediática, condimentan la noticia con la vida personal de ella. En el fondo buscan ‘explicar’ lo sucedido en lugar de denunciar el nivel intolerable de la violencia machista”, dijo la activista Lilián Abracinskas. Incluso el gremio de los periodistas emitió un comunicado reclamando que se “evite coberturas que impacten de manera emotiva al público”. Como el oficio tira, es que vale la pena hacer algunas reflexiones al respecto.

Lo primero, que a nadie importan los detalles del crimen, es fácilmente descartable. Todas las noticias sobre este caso fueron, por lejos, las más leídas de estos días. A la gente, le interesó, y mucho. Pero esto no alcanza para justificar la cobertura. ¿Está bien que la gente quiera conocer más de un caso así? Veámoslo por la negativa, ¿sería razonable que una sociedad sana no quiera saber más de un caso así? Se trata de una chica de 15 años, cuya desaparición recibe poca importancia por la Policía hasta que aparece su cuerpo mutilado y la prensa se involucra. Un crimen de ribetes truculentos, para nada común, que involucra a personas de su propio entorno, capaces de acciones salvajes como las que ya todos conocemos. ¿Cómo no se va a conmover una sociedad? ¿Cómo no va a querer entender cómo pudo pasar algo así? ¿Cómo no va a aspirar a saber los detalles capaces de provocar semejante desenlace con alguien que puede ser su hermana o su hija?

Ahí entra el trabajo de la prensa. Mientras muchos se dedicaban a hacer críticas desde sus cómodos escritorios, un grupo de profesionales se embarró las patas, yendo al barrio, hablando con la familia (nada lindo), tratando de aportar datos a la sociedad que le permitan explicarse qué desata una tragedia así.

Se acusa a los medios de ensañarse con una familia pobre, como si fuera una guerra de clases mediática. Otra cosa descartable. Cada vez que ocurre un hecho policial conmovedor, se hurga en el entorno, se mira con lupa a la familia, ricos o pobres. Es más, la sociedad tiende a ser más insidiosa si se da en un entorno de dinero. Se podría mencionar mil casos. Mil.

Esa es la gran diferencia entre un activista y un periodista. La prensa no busca cambiar el mundo, busca dar a la sociedad insumos para que esta luego tome decisiones. Que alguien diga que no importa la historia de vida de una niña que termina violada y asesinada por su propio cuñado a metros de su hogar paterno, solo se explica en el fanatismo. Que un periodista diga que no se debe apelar a la emoción al contar una historia, no se explica.

Con estos criterios una obra maestra como A sangre fría, nunca hubiera visto la luz. ¿Eso hubiera hecho que no se cometieran más homicidios en Kansas? Tom Wolfe, padre del nuevo periodismo, tiene una obra llamada “La hoguera de las vanidades”, que relata un episodio policial menor, pero cuyas consecuencias sociales, con activistas tratando todos de llevar agua para su molino, tiene tantos puntos en común con esta reacción, que parece premonitorio. Activistas que, dicho sea de paso, con la nueva ley de medios estarán sentados en los organismos de contralor de la prensa. Nada menos.

La Constitución da a los periodistas muchas ventajas y tutelas a la hora de hacer su tarea. ¿Cree que no habrá excesos o malos profesionales? No. Pero entiende que a la larga es más lo que beneficia a la sociedad en general saber realmente lo que ocurre en su seno, que poner un corsé burocrático a la realidad. Una realidad que muchas veces es fea, chocante. Pero que si no fuera por el esfuerzo de los buenos periodistas (este caso lo muestra crudamente) nunca conoceríamos en serio.

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