Martín Aguirre
Martín Aguirre

El virus y la información

La llegada del coronavirus no solo tiene impacto en la salud física de la gente. Sino, muy especialmente, en la mental.

En las últimas horas hemos visto cómo funciona la andanada de la desinformación para, apoyándose en el miedo atávico de las personas, generar realidades paralelas, muchas veces más peligrosas que ningún virus.

Los grupos de Whatsapp, las redes sociales, se han convertido en el ámbito donde la gente canaliza su frustración, ansiedad y necesidad de protagonismo, sin ningún cuidado. Y no son solo figuras anónimas o aspirantes a humoristas los que hacen su agosto en estas fechas. También tenemos diputados que aseguran que Cuba tiene un remedio milagroso, pero que el odioso capitalismo internacional lo ningunea. Economistas prestigiosos que a pocas horas de un hecho así, ya salen a hacer vaticinios sobre cuánto terminará cayendo la economía a final de año. Cosa sobre la que tienen tanta chance de tener razón como quien sigue el tarot de Ana Clara.

También hay periodistas que, producto de una necesidad de estar presentes en la discusión, o por una ansiedad propia de la profesión, se sienten obligados a compartir en las redes cualquier tipo de información o pálpito, sin contexto, sin valoraciones. ¡Sí! Ya sabemos que el dólar pegó un salto y que la bolsa arrancó en caída. Pero una cosa es decirlo en el marco de un artículo donde se pueda rodear a la noticia de un entorno que permita juzgarla con propiedad. Otra es tirar esas bombas en las redes, donde solo se atiza el pánico de los legos.

Pasando raya, en momentos de incertidumbre como estos, donde nadie sabe lo que puede pasar de acá a una semana, hay que ser muy cuidadoso con el manejo que se hace de la información.

A partir del sábado, El País, así como casi todos los medios con presencia digital del Uruguay, han tirado abajo sus muros de pago, para que la información esté al alcance de todos. No es una decisión fácil, ya que la situación financiera de ningún medio es hoy rozagante, y los picos de tráfico en internet de estos días, son también un momento muy tentador para reclutar suscriptores.

En contraste, a nadie se le ocurre, por ejemplo, que quien produce alcohol en gel deba regalar su producto porque hay una epidemia. La generación de noticias sigue teniendo un costo. Y cada vez más elevado, ya que hay que poner los filtros más sensibles, para no quedar en offside.

¿Por qué ahora un medio como El País siente que debe dar sus contenidos gratis? Justamente, por lo que hablábamos al comienzo. Porque la información de calidad es un elemento central para poder capear un temporal como el que nos golpea en estos momentos. Sabemos que el 99% de lo que se lee en redes o se recibe en celulares de amigos y conocidos es basura, que servirá para reírnos un poco, o “conventillear”, pero que no podemos guiar nuestra vida por eso. E incluso que lo que postean expertos y profesionales en estas mismas redes, sin un proceso de supervisión, sin un tiempo de reflexión, suele reflejar más las ansiedades de esa persona, que ser un aporte constructivo.

Por eso, esas mismas personas que cada día salen a criticar o condenar todo lo que publicamos en El País, El Observador, La Diaria, que nos insultan en redes por h o por b, son los que después desbordan nuestros sitios web o compran las ediciones papel para tener insumos a la hora de tomar decisiones vitales. Es algo muy típico de estos tiempos, donde internet da una ilusión de horizontalidad, de la peor versión de ese “naides es más que naides” que tanto ha fomentado Mujica.

El secreto, no es secreto para nadie que quiera saber la verdad. Detrás de un medio como El País hay una redacción de casi 100 personas, y procesos de supervisión que garantizan una calidad mínima de la información que se difunde. ¿Que pueden publicarse errores? Claro que sí. La diferencia está por un lado en la proporción (en un medio profesional, siempre el error será la excepción) y de actitud, si hay una falla se corrige y se aclara.

No escribimos esto para batirnos el parche o hacernos propaganda en medio de una crisis. Lo hacemos por dos motivos. Primero, y permítanos el lujo, para recalcar la importancia del periodismo como herramienta clave en una sociedad. Para resaltar su rol en momentos en que cualquiera posa de “comunicador” porque arma un hilo en twitter. Para reivindicar la tarea de cientos de colegas que, teniendo los mismos miedos que usted, los dejan de lado para cumplir una función que busca ayudar a los demás a tomar las mejores decisiones.

Segundo, para pedir prudencia a quienes, por un motivo u otro, su voz tiene impacto en el público. No le podemos poner un editor al lado a cada economista o diputado (aunque no estaría mal). Pero sí avisarles, desde nuestra experiencia, que la comunicación implica una responsabilidad. Y en momentos como este, una muchísimo más grande.

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