Martín Aguirre
Martín Aguirre

El tropezón del Mesías

Esta columna podría ser sobre cómo el resultado de la elección modificó el panorama político uruguayo con la irrupción de Cabildo Abierto, pero sobre todo con el cambio de equilibrios internos en el Frente Amplio, donde el MPP, el Partido Comunista, y los restos de un Partido Socialista volcado radicalmente a “la izquierda”, terminó dando el control absoluto de esa coalición a los grupos más dogmáticos y marxistas.

Esta columna podría haber sido sobre el golpe interno en la campaña del Frente Amplio donde, tal vez debido a lo anterior, el dirigente del MPP Yamandú Orsi ha sido puesto como portavoz, en una movida que no se sabe bien si es para darle otro tono a la campaña, o es que Mujica tiró la toalla y quiere aprovechar estos 20 días para poner a su delfín frente a los reflectores pensando en 2020.

Y esta columna podría perfectamente ser sobre cómo Lacalle Pou logró sobreponerse a un final de campaña caótico, con caso Moreira incluido, para lograr un 30% de los votos, y en menos de una semana organizar una coalición de gobierno de apariencia muy sólida, con la que presentarse a la segunda vuelta. Con su historial, que los blancos no hayan implotado en el final de esta carrera es digno de mención.

Pero no. Vamos a hablar de otra cosa, menos analítica, menos medible tal vez, pero que es una de las notas más llamativas de la semana post elección. Esto es la reacción de la dirigencia y la militancia oficialista, a raíz del primer tropezón electoral que recibe el Frente Amplio en 15 años.

Es que si el amable lector se ha prestado a leer la prensa cercana al oficialismo, ha escuchado declaraciones de sus dirigentes y figuras cercanas, o si ha intentado dialogar con algún militante amigo, habrá notado un sentimiento muy particular. A ver, es natural un nivel de molestia ante un resultado que estuvo lejos de las expectativas. Pero, lo que estamos viendo es algo muy diferente.

Desde la noche del domingo, florece en un porcentaje significativo de adherentes al Frente Amplio un enojo particularmente virulento. Que no se direcciona contra la dirigencia o el manejo de la campaña, sino contra la sociedad en general. Contra el votante.

Se han escuchado lamentos sobre el “lumpenaje”, contra los “fachos”, contra la supuesta traición de una clase media que debería estar agradecida por todo lo que habría recibido en estos años, y que osó votar otra cosa.

Podríamos citar decenas de frases de dirigentes, comunicadores, militantes conocidos, pero elegimos la siguiente como emblema de este sentir. “Nos empezamos a quedar en la cómoda con nuestros lujos, a ambicionar el éxito, y cuidar de los nuestros, nos vamos olvidando de quienes no pueden llegar, de los desposeídos de la tierra. Y vuelve la derecha, con sus armas y sus negocios privados”. Esto lo dijo Pablo Aguirrezábal, un cómico radial que tuvo cierto suceso hace unos años, y fue parte de un grupo de figuras de los medios que hizo campaña por el oficialismo.

Elegimos esa frase porque muestra una convicción que atraviesa a buena parte de la militancia frentista, y es que existiría una raya en el piso, de un lado de la cual hay seres de luz, lo puro, las buenas intenciones, la preocupación por los pobres, por el planeta, por lo trascendente. Y del otro, una derecha criminal, que solo quiere sembrar pobreza y destrucción. Vamos, peores que los villanos de Marvel y DC conjugados. La gran pregunta es ¿de dónde sacan estas personas argumentos racionales para pensar así?

Primero que nada, en el juego democrático, nadie puede apostar a beneficiar a un puñadito en perjuicio de la miseria general, porque no dura un período en el gobierno. ¿Partidos con 180 años de historia harían algo así?

Segundo, si miramos un poco lo que ha pasado en el mundo en los últimos 50 años, los argumentos no se sostienen un minuto. Todos los experimentos socialistas medio en serio, terminaron generando mucho más pobreza y violencia que ningún “neoliberalismo”. Y los países que más han logrado avanzar en indicadores objetivos de calidad de vida han implementado medidas más liberales que socialistas.

El Frente Amplio, durante la campaña, sostenía que la región estaba prendida fuego, salvo Uruguay, gracias a sus esfuerzos. Pero, Brasil tuvo su peor recesión de la historia (que trajo a Bolsonaro) luego de 10 años de los amigos del PT; Argentina implota con Macri, pero cuyo pecado fue fracasar en desactivar la bomba que le dejaron tres períodos de kirchnerismo. Y en Chile, al que se ha mencionado como paradigma de neoliberalismo cruel, de los últimos siete gobiernos, cinco fueron de una coalición de centroizquierda. ¿Tiene la culpa Piñera que ganó la elección hace un año, de la desigualdad en Chile? ¿Usted preferiría vivir en Chile o en Venezuela?

A ver... no es que se quiera culpar de todos los males a una visión ideológica del mundo, pero lo que es seguro es que esa visión no tiene de dónde agarrarse para sentirse con el monopolio de la bondad y efectividad política. Más bien que todo lo contrario.

Pero veamos un poco del otro lado de la raya. Este martes se presentó en Montevideo el último libro del profesor Alberto Benegas Lynch, pope del liberalismo rioplatense, o sea, puro representante de la maldad reaccionaria, según la visión de algunos. Benegas Lynch defendió que “el liberalismo está anclado en la idea de la tolerancia para que la vida en sociedad resulte posible”. “En el respeto absoluto al proyecto de vida del prójimo”. Agregando que “no es algo cerrado, terminado e inexpugnable, lo cual contradice la esencia liberal del evolucionismo, la apertura mental, y los debates abiertos al efecto de reducir nuestra ignorancia”.

La gran pregunta que quedaba luego de escuchar al profesor Benegas Lynch era ¿será que estos son los malos? ¿Y los que se indignan porque luego de 15 años de manejo absoluto del poder el pueblo pueda querer cambiar, son los buenos? Algo no cierra.

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