Martín Aguirre
Martín Aguirre

Todos somos sirios

Aaron de Anchorena fue un personaje renacentista. Heredero de una de las fortunas más grandes de Argentina, tuvo una vida de aventuras y romances. Hasta que un buen día, su madre, María Mercedes, inquieta por el peligroso gusto de su hijo por la aviación, decidió adelantarle su herencia para que cumpliera un sueño; construir un refugio natural único en el mundo. Para esto, Don Aaron eligió nuestro país, más especialmente la zona cercana al río San Juan, en Colonia. Allí invirtió millones en un parque y una residencia fastuosa. Contrató a paisajistas europeos, importó ciervos desde India, erigió una torre monumental en homenaje a Gaboto. Y al morir decidió legar todo este espacio fabuloso a los presidentes uruguayos, para ser centro de reunión de grandes figuras políticas.

Aaron de Anchorena fue un personaje renacentista. Heredero de una de las fortunas más grandes de Argentina, tuvo una vida de aventuras y romances. Hasta que un buen día, su madre, María Mercedes, inquieta por el peligroso gusto de su hijo por la aviación, decidió adelantarle su herencia para que cumpliera un sueño; construir un refugio natural único en el mundo. Para esto, Don Aaron eligió nuestro país, más especialmente la zona cercana al río San Juan, en Colonia. Allí invirtió millones en un parque y una residencia fastuosa. Contrató a paisajistas europeos, importó ciervos desde India, erigió una torre monumental en homenaje a Gaboto. Y al morir decidió legar todo este espacio fabuloso a los presidentes uruguayos, para ser centro de reunión de grandes figuras políticas.

Y nuestros presidentes han sabido sacarle provecho. Desde las historias de cacerías "africanas" en tiempos de dictadura, pasando por las excursiones de pesca de Tabaré Vázquez (que hizo cerrar el acceso al río por razones de seguridad). Hasta el austero José Mujica suele descansar entre esas venerables construcciones estilo Tudor y esos trofeos de caza embalsamados. Fiel a su vocación productiva, Mujica ha querido usar el lugar para instalar una escuela rural. Aunque su última idea debe haber removido los huesos de Don Aaron, enterrado en ese mismo predio; instalar allí a 60 o 70 niños sirios, víctimas de la guerra en ese país.

"Todos vemos en TV la cantidad de gurises abandonados que están en esos campos de refugiados que están alrededor a Siria, ¿no podremos hacernos cargo como sociedad de recoger algunos puñados de esos gurises?", sostuvo el Presidente. Su esposa, la senadora Topolansky, profundizó en el tema y según El Observador dijo que "se le escribió una carta a Kofi Annan planteándole la posibilidad de que Uruguay acogiera a algunos niños".

Por suerte desde el despacho de la senadora se aclaró que la carta en realidad fue enviada a Ban Ki Moon, que dirige la ONU desde 2007. En cualquier caso, la conmovedora iniciativa de Mujica, que algún político afiebrado por el clima electoral tuvo el descaro de asociar a su campaña para el Nobel, nos interpela a los uruguayos sobre nuestra solidaridad, nuestro amor a la infancia.

Sobre todo por lo que está pasando con el Sirpa, el sistema de responsabilidad adolescente. El mismo se encuentra estos días en medio de una dura polémica por las denuncias realizadas por la Institución de Derechos Humanos acerca de malos tratos, torturas, golpizas, falta de higiene y sobremedicación contra los menores allí recluidos. Pero además, otras organizaciones reclaman la salida del director del Sirpa, Ruben Villaverde, "por haber formulado afirmaciones de apoyo a la pena de muerte". Al parecer Villaverde, hablando de un caso concreto de un menor delincuente, afirmó en El Espectador que "la ruptura de este joven con la sociedad es de tal grado que no merece formar parte de la misma. Lisa y llanamente hay que erradicarlo de la sociedad y hay dos fórmulas: una es la perpetua y para la otra habría que ir a Irán o China a ver cuál es la solución".

La situación generó una tormenta, ya que en plena campaña, y en la que se plantea bajar la edad de imputabilidad, estas acusaciones desde grupos afines al oficialismo, resultan removedoras. Pero pese a que quienes rechazan esa reforma suelen acusar a sus impulsores de odiar a la juventud, su misma reacción ante las denuncias luce llamativamente tibia. El dirigente sindical del INAU, Joselo López, ha defendido el trabajo en el Sirpa, afirmando que "parece que los gurises que están en los centros de privación de libertad son todos nenitos del Crandon… por algo están ahí". El dirigente del Pit-Cnt, Ismael Fuentes, organización muy activa en la campaña "No a la baja", dijo que el Sirpa "ha hecho cosas muy interesantes con los gurises". También la bancada del Frente Amplio dio su apoyo al jerarca, y el presidente del INAU, Javier Salsamendi, sostuvo que Villaverde "ya admitió que lo que dijo fue un error. Nadie puede ser condenado toda la vida por haber dicho algo". ¿Habría tanta comprensión si el que hubiese dicho algo semejante hubiera sido, por ejemplo, Pedro Bordaberry?

Toda una situación que hace pensar si las hectáreas de robles, alcornoques, cipreses calvos y arces japoneses de Anchorena, no deberían en todo caso ser usadas para alojar algunos menores de estos que ya gozan de cédula local. Y que pone en entredicho las palabras de Mujica de que "acá los niños pobres al menos tienen cariño, los niños sirios ni eso".

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