Martín Aguirre
Martín Aguirre

¿Se terminó el recreo?

La del título quedará para la historia, como la frase que definió el cambio de era político en Uruguay. Y el impacto que tuvo en la sociedad deja a la vista que para muchos lo que estamos viviendo ahora es un recreo, un momento donde no hay control, donde hay relajo.

Eso nos da el puntapié perfecto para abordar otro tema interesante y profundo que enfrenta el nuevo gobierno, y el país en general: la sensación de descontrol, de que no hay ejercicio de la autoridad en serio. Y la duda de cómo hacer para revertir esa sensación, sin generar una respuesta desproporcionada.

Tres hechos de estos días nos permiten comprobar tanto la veracidad de la primera afirmación, como el peligro de la segunda.

Los dos primeros: las bataholas generadas por grupos de jóvenes, en su mayoría provenientes de zonas del norte de la capital. Primero en Kibón, donde saquearon y destruyeron autos y viviendas privadas, y el segundo en la playa de Malvín, donde la cosa se saldó con decenas de heridos, algunos de arma blanca, y hasta algún tiro.

Estos hechos, donde el ciudadano de a pie quedó totalmente a merced de una turba descontrolada, es apenas la expresión superior de un fenómeno que vemos todos los días los que circulamos por el país. La calle, la vía pública, se ha vuelto terreno hostil para la gente que trabaja, que se esfuerza en su tarea comercial, que circula pacíficamente. La “gente normal”, a decir de este apóstol inesperado de la reacción, llamado Alberto Sonsol.

Usted no puede circular por ninguna calle sin ser acosado por individuos o barritas de gente joven que, en el mejor de los casos, lo extorsiona para que les de dinero con la excusa de cuidarle el auto, de hacerle una pirueta en el semáforo, o simplemente porque argumenta que usted “está cómodo”, y tendría una especie de deuda moral por el hecho de que él no la pasa tan bien. Con el agravante de que es muy notorio que en el 99% de los casos esa gente no busca recursos para comer o ayudar a su familia, sino que sale corriendo a entregarle su dinero, al dealer de pasta base de la esquina.

Esta suerte de privatización del espacio público se potencia en su injusticia si usted es parte de algún sector vulnerable. Mujeres, personas mayores, gente que se moviliza con niños, suelen recibir dosis más severas de presión y amenaza. Y, no vale la pena ignorarlo, esos mismos “acosadores” son los que en caso de calcular que el beneficio lo compensa (o la fisura drogona lo demanda), le romperán un vidrio, le tirarán de la cartera, o le pondrán un corte en la cara, con tal de aumentar el botín.

Esa privatización, curiosamente, se consagró durante gobiernos “de izquierda”, que se supone tienen como prioridad cuidar a los más débiles. Y ante la indiferencia de quienes tienen el monopolio legal de la violencia, justamente, para que el espacio público no se convierta en la ley del más fuerte.

Ver como dos pastabásicos se peleaban, uno cuchillo en mano, el otro tirando bolsas de basura, un miércoles a las 9 am, a media cuadra de la seccional segunda, deja en claro que se fue el balde, la cadena, y todo lo demás.

Antes que de desde alguno de esos reductos de gente propietaria de la moral y la sensibilidad social griten “¡ahí están! ¡los fachitos de El País pidiendo gatillo fácil”, vamos a abordar el peligro principal de una situación como la que tenemos hoy. Y solo hace falta mirar a lo que pasó en Paysandú hace un par de días.

Hablamos del caso del supuesto delincuente muerto cuando unos guardias de seguridad intentaron detenerlo. No por el hecho en sí, que probablemente se deba a que gente que no está capacitada intentó reducir a alguien con algún problema. Es difícil creer que alguien mate intencionalmente a otro ante todas las cámaras del seguridad del país, cosa de ganarse una temporadita en el spa infernal que son las cárceles uruguayas. Pero sí por la reacción de mucha gente, que festejó el hecho, como un acto de justicia.

¿Es que la sociedad uruguaya está podrida moralmente? No. O al menos, no en una proporción tan significativa. Esa reacción tiene que ver con que un número enorme de personas, de nuevo, sobre todo las más débiles, se sienten indefensas y abusadas ante un vacío de autoridad legal notorio en los espacios públicos. Y esa presión siempre sale, ya sea festejando en un foro la muerte de un delincuente, o votando en el cuarto secreto al candidato que promete medidas más severas. Es y será así, nos guste o no.

El problema que enfrenta el nuevo gobierno, pero sobre todo la sociedad uruguaya en general, es como terminar este recreo de abuso y relajo en los ambientes públicos, sin habilitar excesos inmorales. O peor aun. Sin que las camadas de jóvenes que están creciendo en barrios postergados, con educación lamentable y escasas oportunidades de inserción genuinas, se sientan que esto es una guerra en su contra. Porque ahí, nos volvemos Río de Janeiro.

En encontrar esa receta tan sutil, se juega buena parte del futuro de la convivencia en el país.

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