Martín Aguirre
Martín Aguirre

El "sueño" uruguayo

Típico Uruguay. Semanas que no pasa nada y otras como esta, donde tenés la renuncia de Astori, la borrada de Mujica, la suba de tarifas, y hasta el fin de la "era Damiani" en Peñarol. 

Pero, por una vez, dejemos la coyuntura y hablemos de un tema un poco más ambicioso. Aunque las tarifas, de seguro, se colarán en algún momento.

Hace unos días uno de esos intercambios de redes sociales despertó una reflexión que tiene que ver con mucho del debate político de hoy en el país. Un economista uruguayo radicado en el exterior "subió" un estudio sobre la realidad social de los EE.UU. con un comentario lapidario: "del sueño americano no quedan rastros".

Es verdad que se habla mucho de eso, y hay datos de que la movilidad social ha caído en EE.UU. Pero esta aseveración choca con experiencias propias del autor en estos meses radicado en ese país. Por ejemplo, el caso de un uruguayo oriundo de Piedras Blancas, que llegó a Arizona hace 17 años sin contactos, sin hablar el idioma, a buscar una oportunidad que veía imposible en su propio país. Hoy, trabaja en su profesión de tapicero, su esposa armó una pequeña empresa de limpieza, crió una familia, y la casa a la que amablemente invitó a un asado, con piscina y todos los "chiches" de reglamento, no tiene nada que envidiar a la mejor de La Tahona.

El comentario del autor fue "si el sueño americano está muerto, del uruguayo ni hablemos". Por algún motivo el erudito economista radicado en el exterior no vio bien la acotación, e hizo algún comentario despectivo sobre la insuficiencia de un caso concreto para pintar una realidad general. Pero no se trata de un caso aislado.

La asistencia del hijo del autor a una escuela pública en este estado, y una escuela que no está en un barrio sofisticado precisamente, lo ha obligado a interactuar con padres en un 99% mexicanos. Gente de un origen social al cual calificar de humilde, sería un exceso de generosidad. Y sin embargo, se puede ver fácilmente el progreso, el crecimiento, y sobre todo la certidumbre de un mañana mucho mejor que el ayer.

Un capítulo aparte merecería el nivel de la enseñanza primaria pública en este país, por lo general vista por arriba del hombro por nuestros "expertos", pero que está bastante por encima en dedicación y efectividad que muchos de los mejores privados de Uruguay.

La cuestión central es ¿cuántos casos conoce el lector hoy en nuestro país de gente que saliendo de origen humilde haya logrado progresar realmente? ¿Cuántas familias en Uruguay no ya de los sectores más pobres, sino de las clases medias, creen que sus hijos van a estar mejor que ellos?

Difícil no recordar aquel aviso de una rifa universitaria que arrancaba con un padre a principio del 900, que señalaba a su hijo una mansión y le decía "algún día, todo esto será tuyo". Iban pasando generaciones y la casa era cada vez más chica, hasta que llegados al día de hoy, el padre mira a su hijo con ternura, y le dice "suerte en pila".

No tanto tiempo atrás, ese "sueño americano" no era patrimonio exclusivo de quienes viven al norte del Río Grande. Muchos de nuestros abuelos llegaron a Uruguay en la misma situación que ese compatriota a Arizona, y lograron progresar de manera equivalente. Hoy, eso parece imposible, y a lo más la gente se tiene que dejar el alma en la cancha para no terminar su vida varios escalones sociales más abajo del cual arrancó.

Las razones de por qué pasó esto se vinculan mucho con la ideología y con la política partidaria. En Uruguay, la explicación que se ha vuelto hegemónica en esta era frenteamplista es que el problema fue la corrupción y el desmanejo de los gobiernos "blanquicolorados", y el hecho de que la riqueza se concentró en un puñado de gente privilegiada. Por lo cual la solución era tan simple como redistribuir y planificar mejor.

Doce años después, y pese a haber tenido un empuje económico externo formidable, esa receta hace agua. Y pocas cosas lo dejan más en claro que esta alza de tarifas públicas, hecho en contra de las recomendaciones de las empresas en cuestión y pese a la caída de sus costos de producción, con el solo fin de "tapar agujeros".

Lo interesante es que esta decisión, profundiza el sistema injusto que parece estar en la base del problema uruguayo. O sea, las familias sin discriminación de posibilidades, y las unidades productivas en general, van a tener que transferir más recursos a un estado central que no cumple cometidos básicos, como educación, salud y seguridad.

La gran pregunta que se debería hacer a los economistas eruditos es ¿por qué algunos países logran mantener su "sueño americano" y nosotros no? ¿Qué hacen bien otros que nosotros hacemos mal? Porque el panorama actual uruguayo, se parece mucho al de aquella expresión de Churchill sobre el hombre que está parado dentro de un balde, e intenta elevarse tirando hacia arriba del asa. ¡Suerte en pila con eso!

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