Martín Aguirre
Martín Aguirre

Suéltame pasado

Había un chiste de humor negro hace un tiempo que decía que los enfermos terminales del resto del mundo debían venirse a vivir a Uruguay, porque aquí todo pasa diez años después.

Mas allá de la maldad de la broma, volver al país tras casi un año en el exterior permite valorar con ojos frescos lo bueno, y también lo malo de ser parte de una sociedad tan especial.

Lo bueno parece obvio. Los amigos, la familia, la facilidad de encuentro, las distancias cortas, la ausencia de conflictos culturales serios. Aunque esta falta de diversidad llega a ser tremendamente aburrida pasado un tiempo. Por no entrar en los aspectos más chauvinistas como el asado y la rambla, que para eso ya tenemos todas las publicidades del mundial.

Pero ya se sabe. Para molestia de políticos y activistas, los periodistas nos enfocamos en lo malo. Algunos creen que por pura mala fe, otros porque la función es denunciar lo que no marcha para generar cambios, y hay teorías que explican que la gente es más propensa a leer noticias negativas, como forma de autoconservación.

El hecho es que los meses fuera llevan a que cosas que antes ya eran parte de la realidad resignada, de golpe sorprendan como nuevas. Por ejemplo el estado de calles y veredas, que hacen pensar si uno llegó a Montevideo o a Aleppo. Los regalitos de los perros, la demencia del tránsito, la expresión derrotada de muchos rostros, incluso muy jóvenes. Algo chocante y novedoso es el tema de los cajeros automáticos. Al parecer, entre las bondades de la "inclusión financiera" está la idea de forzarnos a hacer ejercicio recorriendo quilómetros, de cajero en cajero, para poder acceder a nuestro dinero.

Pero hay un tema más general que por estos días quedó patente, y es esa necesidad de confrontación, de pelea intestina, que parece ser tan uruguaya. Y que se puso de nuevo en evidencia con un tema insólito, al menos para el autor, como fue el debate sobre el aborto en Argentina.

Creo haberlo citado aquí ya alguna vez, pero cuando se irritaba ante el nacionalismo algo acomplejado uruguayo, mi padre solía decir que éramos una provincia pretenciosa argentina. Y viendo el nivel de destaque que se dio en la discusión local a esa votación legislativa de los vecinos, es difícil no darle la razón.

De golpe, fue como si hubiéramos regresado a 2012, y los uruguayos volvieron a pelearse sobre las bondades o traumas de ese asunto. Y no fue una discusión constructiva, de mirar lo que pasaba en Argentina como forma de apreciar la altura de nuestro propio debate, o de reevaluar nuestra legislación y valorar si lo de los vecinos aportaba algo que pudiéramos rescatar para nosotros.

Fue la réplica del camiseteo prepotente de al lado, y el reverdecer (nunca mejor dicho) de esa confrontación tonta y radical, en uno de los temas filosóficamente más complejos que puede abordar una sociedad. Nada de debates elevados sobre el origen de la vida, las implicancias de la religión, los avances científicos. Todo era buenos contra malos, puros contra pecadores, progres contra conservas.

Ni siquiera limaron esas simplezas, contradicciones como que la expresidenta Kirchner durante 12 años de gobierno nunca habilitó el debate (y ahora posaba victoriosa con los impulsores) y que ahora sí lo hiciera el ogro derechoso de Macri.

Tan confrontativo se puso el tema, que un comentario del autor acerca de que sería bueno que un 10% del espíritu humanista que embargaba a muchas figuras cercanas al actual gobierno con el tema, pudiera ser canalizado a mejorar el drama que se vive en las cárceles y centros de reclusión de menores, fue respondido por gente amiga con llamados a "sacarse la gorra", o menciones a los crímenes de la dictadura. Mil disculpas por empañar su momento de felicidad internacional, pero sigue pareciendo que acá hay urgencias lacerantes que justificarían más atención que lo que pasa en Argentina.

Sinceramente, al autor le cuesta un disparate tener una postura definida sobre el aborto. Está bien que no parece razonable mandar presa a una mujer por tomar decisiones libres sobre lo que hace con su cuerpo. Pero también es verdad que existe otro cuerpo dentro del suyo, o al menos la potencialidad de uno, que puede tener aspiraciones a cierta tutela legal. Y por más que se ha leído y hablado con expertos, y que no es condicionado por ningún dogma religioso, estos debates son de esos en los que agradece no tener que tomar definiciones que afecten a otros.

Lo que no deja de sorprender es que algo tan complejo se pueda llevar a un nivel de simpleza donde gente con responsabilidades políticas crea que está bien refregarle a otros como una victoria futbolera, lo que decidió el Parlamento de un país ajeno. Incluso recién aterrizado de un país tan polarizado como el EE.UU. de Trump, esto resulta impactante. Y hace pensar hasta dónde estas divisiones absurdas no son funcionales a que no podamos resolver cosas tan básicas como tener veredas sanas o plata en los cajeros.

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