Martín Aguirre
Martín Aguirre

El “poder suave” de Obama

La “Doctrina Tango”. Así bautizó un diario estadounidense la nueva estrategia de Obama hacia América Latina. La nota, acompañada por la foto del mandatario intentando tirar un paso tanguero, y mirando con avidez los portentosos brazos de la bailarina argentina, se centraba en cómo esta política de seducción de Obama hacía enfurecer a sus enemigos internos, encabezados por el aspirante republicano Donald Trump.

La “Doctrina Tango”. Así bautizó un diario estadounidense la nueva estrategia de Obama hacia América Latina. La nota, acompañada por la foto del mandatario intentando tirar un paso tanguero, y mirando con avidez los portentosos brazos de la bailarina argentina, se centraba en cómo esta política de seducción de Obama hacía enfurecer a sus enemigos internos, encabezados por el aspirante republicano Donald Trump.

Los extremos se tocan. Y será por eso que la rabieta twittera de Trump, acusando a Obama de filocomunista, blandito, y poco menos que traidor a su país por no haber corrido a encerrarse a la Casa Blanca tras el atentado en Bruselas, tiene tanta semejanza con la reacción de los cubanos más duros del régimen comunista, y de los esforzados jornaleros del antiamericanismo latinoamericano. Y se parece mucho al resentimiento de quien ve que una delicada maniobra de su rival en una partida de ajedrez, lo condena a una inexorable derrota.

Es que lanzado a una ofensiva de seducción, nada se resiste a los encantos de Obama. Basta ver la manera en la que lidió con el tosco recibimiento cubano, con la desconfianza de Raúl Castro, inmortalizada en la foto en la que le agarra la mano de manera antinatural con tal de evitar un abrazo, con las detenciones de opositores, algunas incluso ante la transmisión en vivo del partido de beisbol que fue parte de la visita.

Y pese a todo, Obama se las ingenió para estar siempre sonriente, jovial, especialmente cuando aprovechó el discurso de reglamento en La Habana para hablar de libertad, de democracia, de respeto al que piensa diferente, todas obviedades pero que incluso entrado el siglo XXI siguen siendo subversivas en el penúltimo bastión stalinista del planeta.

En Argentina tuvo que enfrentar un desafío opuesto. El gobierno de Mauricio Macri le organizó una bienvenida con todo el fervor que sólo nuestros vecinos del Plata son capaces. Hasta lo hicieron tomar mate. Y en un mate de veras, no en esas tacitas aborrecibles que suelen usar para tal fin. Mientras que la foto que marcó la visita a Cuba fue la del exótico saludo con Raúl, en Argentina fue el cálido abrazo con Juliana Awada durante la visita al sur del país. Que, conociendo los antecedentes de Michelle, le debe haber salido carísima en la interna familiar.

Esta visita del presidente estadounidense pone sobre la mesa dos cosas. Primero, la pregunta de cuál es la intención de Obama, ya en la recta final de su gestión y tras casi una década de muy poca atención a esta zona del mundo, con una gira tan llena de simbolismos. ¿Buscar nuevos mercados, ahora que la economía de su país parece estar despegando? ¿Mejorar la imagen de EE.UU. en la región? ¿Propinarle una cachetada a Brasil en sus intenciones de convertirse en único interlocutor regional? ¿Darse un baño de popularidad global para contrastar con el desprecio que genera Trump fuera de su país?

La segunda pregunta va por el lado de lo infantil que sigue siendo el vínculo con Estados Unidos de parte de un sector importante de la opinión pública latinoamericana. Ver a esos burócratas cubanos, a los radicales nacionalistas argentinos, y en general a todos los cultores de esa izquierda naftalinosa regional, salir a pegarle a un tipo que reconoce algunos logros a la revolución cubana, que promete respetar su soberanía y llama a terminar con el embargo, que dice “Nunca más” en Argentina, y admite los errores que pudo cometer su país hace casi medio siglo, genera un poco de vergüenza ajena.

Sobre todo porque esto se hace enarbolando un antiimperialismo que esos mismos grupos ideológicos no mostraban cuando había otros imperios a los que servir.

El argumento ya fue esbozado alguna vez, pero vale repetirlo. Hace unos años el autor tuvo la chance de visitar Japón. Y si hay un país en el mundo con un nacionalismo fuerte, y que tiene razones para odiar a Estados Unidos, es Japón. Padeció primero una apertura comercial a cañonazos en 1853, luego dos bombas atómicas y hoy, todavía, la presencia de más de 50 mil soldados americanos en su suelo. Sin embargo, durante la visita mencionada cada pregunta respecto a los sentimientos hacia esa potencia eran contestados con sorpresiva tolerancia. La respuesta más insidiosa vino de un ejecutivo japonés, quien en lo más parecido a un tono de revancha, comentó con sonrisa pícara que hacía algunos meses Toyota había superado a Ford y a GM como la marca de autos más vendida en EE.UU.

En este barrio, algunos prefieren prender fuego banderas.

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