Martín Aguirre
Martín Aguirre

Solidarios desde el teclado

El fenómeno de las redes sociales puede ser visto de dos maneras: o como una herramienta formidable de comunicación, o como un testimonio del dramático proceso de decadencia de la sociedad actual. Apelando al optimismo proverbial del periodista (sarcasmo), el autor usó el primer enfoque para sondear el impacto local de la noticia global de esta semana: la foto del niño sirio muerto en una playa de Turquía. Y el resultado aportó dosis parejas de entusiasmo como de alarma.

El fenómeno de las redes sociales puede ser visto de dos maneras: o como una herramienta formidable de comunicación, o como un testimonio del dramático proceso de decadencia de la sociedad actual. Apelando al optimismo proverbial del periodista (sarcasmo), el autor usó el primer enfoque para sondear el impacto local de la noticia global de esta semana: la foto del niño sirio muerto en una playa de Turquía. Y el resultado aportó dosis parejas de entusiasmo como de alarma.

La historia es conocida, aunque nunca ha sido más cierto que una imagen vale más que cien palabras. Hizo falta la foto, chocante, dolorosa, impactante, del niño sirio de apenas tres años muerto ahogado tras un intento frustrado de huida a Europa, para que el mundo tomara conciencia del drama que viene generando el conflicto en esa zona del mundo. Cosa que solidifica los argumentos de quienes creen que la realidad no merece edulcorarse ni pixelarse cuando refleja aspectos tan terribles de la naturaleza humana.

Pero la pregunta era si esa noticia, de apariencia lejana y ajena, impactaba en este nuevo uruguayo, entumecido por las polémicas sesentistas entre Amodio y Fasano, y excitado por visitas musicales de vanguardia como Michael Bolton o Morrissey (perdón Leo). La catarata de comentarios ante una mención al tema en Facebook confirmó que sí, aunque con algunos aspectos que no invitan al optimismo precisamente.

Por ejemplo no deja de llamar la atención cómo el uruguayo sigue viendo al mundo con ojos y perspectiva europea. La gran mayoría de comentarios que se ha visto en estos días en las redes son en condena visceral a los países de ese continente por no tener un rol más activo para evitar el drama de los refugiados sirios. Ahora bien, ¿son los europeos los verdaderos culpables de esta situación? Y la respuesta parece ser que no, cuando vemos que el éxodo masivo de refugiados se debe al conflicto que desangra Medio Oriente a partir de la guerra civil siria, y a la emergencia del Estado Islámico, con su simpática política de degollar, quemar vivos, o tirar desde edificios a todo aquel que no adhiera a sus delirantes postulados medievales.

Otro detalle interesante: los refugiados no emigran hacia los ricos países del Golfo, a las prosperas monarquías islámicas al este con las que comparten religión, historia y cultura, sino que se lanzan al mar buscando llegar a esta Europa en crisis casi terminal, según muchos analistas. Algo que hace acordar a lo que sucede en una cierta isla caribeña...

Que los europeos analicen todo lo que pasa en el mundo desde su lugar geográfico, es comprensible. pero ¿por qué a tantos uruguayos les parece compartible esa visión hipercrítica de la política europea en este tema? ¿Por qué nos centramos en condenar a Francia o a Inglaterra por no ser más generoso con los refugiados, en vez de criticar a los que los generan?

Y esto nos invita a mirar nuestra propia actitud ante el problema, que no es como para sacar pecho precisamente.

Basta recordar que durante el gobierno anterior se generó una enorme polémica por la llegada de seis familias sirias al país. ¡Seis familias! Está bien que buena parte del revuelo se debió a la forma caótica y poco planificada en que se hizo el proceso, pero no dejó de revelar ese velado racismo e intolerancia que el pacato uruguayo esconde bajo la piel.

Pocas semanas atrás un diplomático de un país asiático comentaba sobre las dificultades que la embajada uruguaya en aquella nación pone para dar una simple visa de turista a sus ciudadanos. Y basta escuchar los comentarios de los dominicanos y venezolanos que han recalado últimamente en nuestro país para ver que la tolerancia nacional es muy discutible. ¿Tenemos entonces derecho a mostrarnos tan severos con los demás en estos temas?

Volviendo a lo del principio, comprobamos que las nuevas tecnologías solo han potenciado un problema tradicional de la sociedad uruguaya. Esa vocación por criticar y tomar posturas idealistas de la boca para afuera, pero que luego no se condice con la acción ni con las posturas efectivas que tomamos como sociedad ante los problemas. Lo que antes se llamaba filosofía de boliche, ahora ha pasado a ser activismo de teclado. Acciones que ayudan a aliviar la conciencia y a sentirnos mejores, pero que hacen poco y nada por resolver los problemas en serio.

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