Martín Aguirre
Martín Aguirre

Síntoma de un problema profundo

Esta semana, aunque sea por un ratito, la educación le robó el protagonismo al Covid.

Por un lado, se difundió el informe “Aristas”, una evaluación local del estado de la enseñanza, con perdón de los expertos por cortar grueso, una versión criolla de las pruebas PISA, a tono con lo que reclamaban los gremios que consideraban aquella una interferencia foránea y neoliberal. Los resultados están en línea con lo sabido: veníamos mal, y la pandemia solo agravó “viejas y graves inequidades”.

El segundo tema, lamentablemente, “robó” muchos más centímetros de cobertura y de reacción política. Y fue la polémica por la situación de Marcel Slamovitz, ahora ex vicepresidente de Fenapes, a quién se inició investigación por haber justificado de manera irregular más de 250 horas en las que no dio sus clases de historia.

El caso de Slamovitz ya había surgido hace unos meses, en ocasión de una sanción que afectó a varios docentes de un liceo de San José por hacer política en el aula, al promover la campaña contra la ley de urgencia. En aquel momento, ante la ira de los gremios por la sanción que los llevó a hacer paro el primer día de clase del año, la directora del liceo denunció los “abusos” que vendría cometiendo el gremialista.

Si bien la investigación no ha terminado, hay indicios de que la acusación tiene sustento. Para empezar, el diputado Schipani denunció que estas horas que se había tomado Slamovitz no eran parte de su licencia sindical regular, sino que fueron solicitadas invocando un convenio inexistente y mediante la presentación de certificados falsos. “Slamovitz tenía 20 horas semanales para actividad sindical, lo que te da 700 horas al año para dedicarse a lo gremial y pese a ello tuvo que recurrir a estos mecanismos para obtener más horas”, afirmó Schipani.

Pero luego, apareció nada menos que el ex presidente de la ANEP de tiempos del Frente Amplio, Wilson Netto, quien dijo que ya le había advertido dos años antes al gremio que era “ilegal” justificar por esa vía faltas docentes vinculadas a actividades sindicales. Cuando habla quien fuera considerado el “José Pedro Varela de esta generación” nada menos que por María Julia Muñoz, uno puede descartar que esto sea una abominable téctica de la derecha para enchastrar a un gremio.

Por último, vino la propia decisión del sindicato de apartar a Slamovitz de su rol de vicepresidente de Fenapes hasta que la situación se termine de aclarar. Pero el tono de ese comunicado merece un comentario particular.

El texto, de unos 15 párrafos, recién en el número 13 informa de la salida del vicepresidente. Y los 12 anteriores son un rosario de agravios, de teorías conspirativas, y de acusaciones a todo el universo de querer perjudicar al gremio. Se llega a hablar de que quienes los atacan son defensores del “terrorismo de estado”, de una “ofensiva autoritaria”, de “criminalizar la protesta social”, y toda la batería habitual de argumentos épicos prefabricados que suele usar cierto sector ideológico, para justificar cualquier cosa.

Casi tan grave como eso, fue que el propio presidente del Pit- Cnt, Fernando Pereira salió a replicar este tipo de argumentos, y dijo que existe una “política antisindical”. “¿Cuál es el problema de que Slamovitz haya tomado más horas sindicales si están dentro del cupo que las organiza Fenapes? Esa es una campaña de difamación a un compañero y un sindicato”, remarcó Pereira.

Acá conviene pasar raya. Hay un sector muy amplio de la sociedad que lleva tiempo convencido de que los sindicatos abusan de su rol y poder para obtener beneficios injustificados. Las encuestas sobre la “popularidad” de los gremios lo dejan en evidencia cada vez más. Y buena parte de la plataforma con la que la Coalición Republicana ganó las elecciones, incluía controlar de alguna forma este tipo de abusos, que se habían visto potenciados por la vinculación notoria de muchos dirigentes gremiales con el Frente Amplio. De hecho, el propio Fernando Pereira fue propuesto por José Mujica como candidato a la intendencia de Montevideo.

Pocas cosas potencian este malestar social con los gremios que episodios como el de Slamovitz. ¿El vicepresidente de un gremio precisa mil horas al año para tareas sindicales? Horas en las que dejó a una institución pública sin docente que diera clases, y en un momento en que la educación nacional tiene los problemas que tiene. No parece razonable.

Pero todavía menos razonable parece ser que los más encumbrados líderes del Pit-Cnt salgan con ese tono heroico, a defender lo que a todas luces parece indefendible. Una democracia sana, necesita gremios fuertes, pero también creíbles, con legitimidad, que aporten al bien común. Con este tipo de actitudes, parecería que la cúpula sindical es más efectiva en perjudicar su propia imagen que la más elaborada “campaña mediática”, organizada por “la derecha”, “la oligarquía”, “la CIA”, o el mismísimo “Plan Atlanta”.

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