Martín Aguirre
Martín Aguirre

El rugido del ratón

La ignorancia y el prejuicio siempre son malas. Pero cuando surgen de un gobierno se vuelven peligrosas. Y cuando quien está del otro lado es el país más poderoso del mundo, ya se torna en estupidez.

Estos son los primeros razonamientos que surgen después de analizar el episodio en el que la cancillería uruguaya pretendió dar una exhibición de sagacidad al responder a la embajada de EE.UU. por su advertencia acerca del aumento de los delitos en Uruguay. Algo que, para empezar, es material numérico, cuantitativo, o sea, indiscutible hasta por el amigo Bonomi. Pero la respuesta del gobierno uruguayo fue más allá del detalle de enojarse por lo obvio. Directamente se puso sal en una herida muy abierta en la política interna de Estados Unidos.

En general, los uruguayos leen la realidad de Estados Unidos a través de lentes muy distorsivos. En el peor de los casos, mediados por filtros ideológicos y resentimientos europeos, en los cuales aquel país es un gran pozo lleno de ignorantes embrutecidos. Que si han prosperado es por un empeño laboral insalubre (diría Mujica), o por su hábito de apropiarse de las riquezas ajenas. En el mejor, por la experiencia de algún viaje a Nueva York, o Miami, a cuyo regreso, el uruguayito de marras ya se siente un experto en el tema.

Tras haber vivido en dos períodos diferentes en aquel país, en Arizona y en Washington State, lugares algo alejados de los epicentros de “las costas”, nunca termina de sorprender la forma esquemática en que el uruguayo analiza lo que pasa en Estados Unidos.

El primer detalle que se obvia es la escala de ese país. Cuando se habla de “otro tiroteo”, comparando lo de El Paso, Texas, con el caso previo en Ohio, la gente no toma consciencia que la distancia entre un lugar y otro es como ir de Rio de Janeiro a Montevideo. Como cuando un extranjero te comenta preocupado sobre la violencia en Uruguay porque vio imágenes de tiroteos en una favela.

Lo segundo es la población. Estados Unidos tiene casi la misma población que toda América del Sur. ¿Alguien sabe cuánta gente murió por armas de fuego en lo que va del año en nuestro continente? Como ejemplo, EE.UU. tiene una tasa de homicidios de 4,9 cada 100 mil habitantes. Brasil 30, Venezuela 56, Uruguay... ¡11,8!

Luego viene el tema de las armas. Nada que disfrute más un analista externo, principalmente europeo, que mirar con sobrado desprecio esa cultura de las armas de aquel país. Y desde Uruguay eso se replica sin ninguna capacidad crítica. Poco se dice que Suiza tiene casi más armas per capita que Estados Unidos, y no tiene casi episodios de violencia.

Viviendo en Arizona, el autor debe reconocer el impacto que le generó la primera vez que en un Wallmart muy similar al de la tragedia de El Paso, vio que el simpático señor que ayudaba con las bolsas, portaba una reluciente 45 en el cinturón. O cuando en un acto de Trump en Phoenix, entre los manifestantes que repudiaban al presidente había un grupo identificado como “milicia antifascista”, con sendos AR-15 a la vista de todo el mundo.

Sin embargo, el autor paseaba por la zona rojísima del sur de Phoenix (donde al que no tiene tatuaje en la cara lo miran mal), con más seguridad de la que lo haría por la Ciudad Vieja de noche.

Es muy interesante, además, analizar la historia detrás de la segunda enmienda de la Constitución de EE.UU., que habilita a los ciudadanos a tener armas, y enmarcarla en una tradición de desconfianza por la autoridad estatal, que está en el ADN del país desde su independencia. Viviendo en Pullman Wa, la esposa de un profesor que era asistente social comentaba que familias sin recursos se negaban a recibir medicinas gratis, porque no querían nada del gobierno. Algo que para algunos sonará a tontería, pero no deja de mostrar dosis de amor propio y dignidad que a veces escasean en nuestras naciones.

A ver, no se trata de minimizar la gravedad de las cosas que pasan allá. El autor tuvo la chance de estar en Las Vegas al día siguiente de que un demente matara a 58 personas en el hotel MGM, y lo que vio, no tiene forma de minimizarse. Pero cuando se analiza la realidad de otro país, hay que hacerlo con perspectiva. Sobre todo cuando se hace desde un gobierno bajo cuya gestión los homicidios treparon al doble de lo que tiene ese país de brutos, donde las AK 47 se venden como caramelos. Capaz hay que mirarse al espejo primero.

Más allá de eso, hay un tema de inteligencia. ¿Le sirve a Uruguay (a los uruguayos) meterse en esas honduras con EE.UU.? ¿Qué vamos a ganar haciéndonos los cancheros en un tema así? Es como cuando el gobierno dice que quiere fomentar la inversión extranjera, pero hace dos años que lo primero que ve un empresario que llega a Montevideo es un cartel de “Yankis go home”, pintado por Andrade en la salida del aeropuerto. A veces, más productivo que hacerse el vivo, es tratar de ser un poco vivo. De vez en cuanto, al menos...

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