Martín Aguirre
Martín Aguirre

La "revolución" de Martínez

Muchas veces se dice, con razón, que en este país hay un centralismo abusivo. Que se habla demasiado de Montevideo, y poco del resto del país.

Sin embargo, en materia política, a veces pareciera que se da lo contrario. Cada campaña electoral, los candidatos recorren los pueblos más perdidos, y prometen solucionar desde la falta de cajero en Parallé, al horario de la oficina de correo en Cerro de las Cuentas. Mientras tanto, Montevideo vive una orfandad lacerante. Y si no, vea lo que pasó esta semana.

El intendente Daniel Martínez, en un rapto de humildad, afirmó a Búsqueda que su gestión de 3 años en Montevideo ha sido una "revolución". Que aspira a llevar ese proceso de austeridad, de "cuidar cada peso" a todo el país, y por eso se tira a Presidente. "¡Qué lindo hacer lo imposible!", dijo.

Por lo general, las revoluciones se definen como cambios drásticos en las condiciones políticas o sociales. Con la mano en el corazón, y una buena dosis de decepción personal, es difícil saber de qué se agarra Martínez para calificar su gestión de revolucionaria.

Si hablamos de la basura, la cosa está igual o peor que hace 3 años. Contenedores siempre rodeados de mugre, y que son usados como letrina por la flota de requecheros que patrulla la ciudad. Si hablamos del tránsito, la misma selva impiadosa, donde rige la ley del más fuerte o el más prepotente, sin que se vea nunca un inspector controlando. Salvo el estacionamiento tarifado. Si hablamos del transporte, el boleto siguió subiendo (incluso a mayor ritmo que antes), las unidades siguen llevando gente como ganado, los taxistas siguen manejando totalmente alienados, y la regulación municipal "taxificó" a Uber en sus peores aristas.

Por no hablar de la relación con Adeom, donde lo único que cambia de manera consistente es el color de ese mechón de pelo rebelde de la nueva presidenta.

En cuanto a lo presupuestal, los mejores números no vinieron de un descenso de los gastos, sino de un aumento explosivo de los ingresos, ya sea por mayores transferencias del gobierno, aumento de impuestos, o ingresos por vehículos, en buena medida por multas y patente.

¿Cuál es la gran obra que deja Martínez? Más allá de algunas reparaciones de calles sospechosamente cerca de su lanzamiento, o este túnel en Av. Italia que todavía no empezó, uno se rasca y rasca la cabeza, y no encuentra mucho. No se trata de un tema personal, Martínez en el mano a mano es un tipo macanudo y con buena actitud. Igual en cierta medida que lo fueron Ana Olivera (una señora encantadora) o Ehrlich, un caballero muy agradable. Pero Martínez justamente prometió un cambio radical en la gestión, muchos le creímos, y la verdad no se vio nada significativo.

Con un agravante. El hecho de que apenas tres años después de llegar con esa promesa removedora, se haya lanzado a buscar la presidencia, deja la fea sensación de que Montevideo siempre fue un medio más que un fin. Y hay otras señales en ese sentido.

Por ejemplo, que haya decidido pedir licencia de su cargo para postularse, incluso encabezando cómodo todas las encuestas internas de su partido. ¿Es justo para los montevideanos que se nos tenga como premio consuelo y en "stand by" hasta que vea si su partido lo quiere de candidato?

Pero casi peor que esto es lo que sucede de Martínez hacia abajo, donde la línea de sucesión ha propinado una sucesión de golpes muy duros a la autoestima de los montevideanos.

El primer suplente, Óscar Curutchet, dejó todo tirado para ser el candidato de la empresa Tenfield a presidir el fútbol uruguayo. Eso le salió mal, entonces vuelve con la frente marchita a ver si puede agarrar la Intendencia, al menos hasta junio. La siguiente en fila, Fabiana Goyeneche, no se decide a ser intendenta porque implicaría perder su cargo público en el ministerio de Economía. Algo parecido le pasa al que viene después, Christian Di Candia. ¡Por favor, señor lector! No haga comentarios injustos sobre la facilidad que parecen tener los dirigentes de algunos partidos para ingresar al Estado.

Ahora bien, la culpa no es solo del chancho. Aunque suene un poco capitalista en exceso, la democracia funciona con las reglas del mercado. Si quien maneja el poder público no siente que tenga una verdadera amenaza de ser desplazado, es natural que se relaje y tome su tarea sin demasiada pasión. ¿Es lógico que en casi 40 años, la oposición no haya logrado generar una propuesta que pueda seducir a los montevideanos? ¿Ni siquiera con la realidad decadente con la que conviven cada día? Y lo mismo puede decirse de los votantes. ¿Alguien cree que el estado actual de la ciudad, del departamento, es lo mejor a lo que podemos aspirar? ¿De veras hay que resignarse a vivir así?

Si hacer lo imposible es tan lindo... ¿por qué parece que na-die quiere mejorar de veras a Montevideo?

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