Martín Aguirre
Martín Aguirre

Revolución e impuestos

Qué tiene que ver la Coca Cola con el gulag, la bolsa de plástico con la ideología, el tabaco con la revolución? Más de lo que parece.

En las últimas décadas, al menos, toda la división política se reduce a un concepto: por un lado los "liberales", que aceptan a la persona como es, y estiman que solo hay que poner reglas que marquen los límites aptos para la convivencia. Por otro, quienes creen que desde el gobierno o desde una elite, se puede cambiar la naturaleza humana, y eliminar esos rasgos individualistas que conspiran contra esa sociedad casi de insecto eusocial, con la que sueñan. El ya famoso "hombre nuevo" del que se hablaba en los 60 fue tal vez el último trágico ensayo de imponer esta forma de ingeniería social.

Pero, como el hombre es el único animal que tropieza mil veces con la misma piedra, acá vamos de nuevo. Aunque en un gesto que dice mucho sobre lo que ha avanzado la especie, hemos cambiado la degollatina, el fusilamiento, y los centros de reeducación por una herramienta menos épica pero mucho más aséptica: el impuesto.

En Uruguay estos años hemos visto que la principal arma usada por los gobiernos del Frente Amplio para convertir la selva neoliberal que nos dejaron los 90 en algo parecido a un edén socialista (o a un hormiguero, que sería casi lo mismo) es el "palo" impositivo.

Si existe mucha desigualdad social, pues IRPF a los ricos que ganan más de 20 mil pesos. Si se consume mucho alcohol y tabaco, pues se aumenta el Imesi a esos productos. Si hay problemas en la caja militar, un impuesto a las jubilaciones. Si Uber nos destartala el negocio de los amigos del taxi, a golpe de impuestos se le saca toda ventaja comparativa. Ahora vamos por Netlfix y por AirB&B.

Por estos días la cosa ha llegado a extremos que rozan el ridículo.

Por ejemplo con el gravamen que afectará a quienes usen bolsas de plástico. El diagnóstico es compartible: la proliferación de bolsas es un problema ambiental serio y hay que tomar medidas. Ahora bien, ¿es poner un impuesto que recargará la espalda del consumidor la mejor forma? Y encima, tiene que ser un costo alto, como ha dicho algún jerarca, ya que si se trata solo de uno o dos pesos, eso no cambia nada.

¿Alguien de entre todos los cerebros que cranearon esta "solución" se puso a pensar por qué la gente usa bolsas de plástico? Porque nadie mínimamente normal quiere matar tortuguitas marinas ni vivir en ese torbellino de bolsas inmundas en que se convierte la ciudad con cada viento. ¿Por qué en muchos países el 80% del uso que acá se da a bolsas de plástico se reemplaza con papel? Si es un tema de costos, ¿no sería mejor bajar impuestos a esos productos, en vez de fajar al consumidor final?

Porque viviendo un país donde hemos llegado a que algunos supermercados te cobran diez pesos por usar un carro, está claro a quien golpeará esta "solución".

Otro caso llamativo es la propuesta de aumentar los impuestos a las "bebidas azucaradas" con el fin de reducir la obesidad y apoyar a los diabéticos usando parte de esos recursos para abaratar la insulina. Una idea conmovedora y de profunda sensibilidad social, pero... ¿no hay otro camino? ¿Por qué la gente normal que gusta tomarse una coca de vez en cuando tiene que pagar porque hay alguno que no se controla con la comida chatarra? ¿Será que la obesidad viene por culpa de las bebidas azucaradas, o porque la comida saludable es carísima? ¿La solución es volver todavía más cara la no saludable?

Y no es que acá se sugiera que buena parte de esos recursos terminará destinada a cosas menos espirituales que bajar la obesidad o salvar a las tortuguitas... qué esperanza.

Pero el problema de fondo es que Uruguay es un país carísimo. Montevideo, se supo esta semana, es la segunda ciudad más cara de América, y el país ya contaba con la tercera carga impositiva más alta del continente, llegando a superar el 33% del PIB. Y ese número, al que llega un estudio de uno de los autores intelectuales de nuestra muy progresista reforma tributaria, Alberto Barreix, es anterior a que entrara en vigor el último sablazo del camarada Astori el pasado 1° de enero.

Vivir en un país tan caro, no solo es malo para el ciudadano de a pie que debe pagar con sueldos latinoamericanos un costo de vida escandinavo. Juega en contra a la hora de atraer turismo, industrias, servicios. Es un círculo vicioso donde a la voracidad de un aparato estatal desbocado, hay que sumar las ocurrencias de un sistema político que cree vivir en Oslo.

¿Quiere escuchar algo aterrador? Como si todo esto fuera poco, hace apenas unos meses, un doctor en Economía publicaba una columna en La Diaria para explicar que como quienes ganan más de 150 mil pesos nominales por mes son apenas el 2,5% de los trabajadores, sería lógico que quienes están muy por debajo de eso deban pagar más impuestos, si queremos seguir reduciendo la desigualdad. En cualquier momento, algún legislador le toma la palabra.

¡Socorro!

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