Martín Aguirre
Martín Aguirre

Producto del insomnio

Racista, xenófobo, soberbio, misógino, prepotente, retrógrado, machista, mesiánico, populista, ignorante de las pautas esenciales de la política internacional. Todo esto ha sido dicho sobre Donald Trump. Y no han sido acusaciones a la ligera, sino que han tenido sólida base en sus discursos y acciones. Sin embargo, Trump ganó por paliza las elecciones en EE.UU., y ocupará por cuatro años el cargo más poderoso del planeta.

Racista, xenófobo, soberbio, misógino, prepotente, retrógrado, machista, mesiánico, populista, ignorante de las pautas esenciales de la política internacional. Todo esto ha sido dicho sobre Donald Trump. Y no han sido acusaciones a la ligera, sino que han tenido sólida base en sus discursos y acciones. Sin embargo, Trump ganó por paliza las elecciones en EE.UU., y ocupará por cuatro años el cargo más poderoso del planeta.

¿Cómo pudo pasar esto? Esa pregunta fue el motor del insomnio consternado del autor durante toda la noche posterior a las elecciones, agravado por la ansiedad de tener que hablar en público la mañana siguiente en un evento de El País. ¿Cómo pudo pasar esto?

Las respuestas no son tantas. Una, simple, es que Hillary Clinton es una de las personas más odiadas por la opinión pública estadounidense. Desde acá no se nota tanto, pero para el americano de a pie, es el prototipo del político inescrupuloso, capaz de cualquier cosa por el poder, y la “póster girl” de esa elite universitaria con aires de superioridad cuyo sueño es convertir EE.UU. en una socialdemocracia estilo europeo. Hay pocas cosas que vayan más en contra del espíritu del pueblo americano, que idolatra el individualismo del pionero hecho a si mismo, que lo que representa Hillary. Como será la cosa que casi pierde la interna... ¡con Sanders!

La segunda respuesta, es que el pueblo americano es un hato de burros. Algo de eso comentaba el anfitrión de La Granola, un lugar de comida saludable a media cuadra del diario, quién daba rienda suelta a su indignación, mientras acomodaba unos ejemplares de La Diaria en el mostrador.

Esa visión, muy extendida en nuestro país, se desmiente con un ejemplo. El 12 de octubre de 1492, un marciano que bajara a la tierra y visitara el lugar donde hoy están ubicadas Montevideo, Pando o Paysandú, no vería un escenario muy distinto al que encontraría en donde luego se erigieron Nueva York, Austin o San Francisco. Si habiendo tenido que enfrentar los mismos imperialismos que nosotros, construyeron lo que construyeron, tan tarados no deben ser.

No, la respuesta no está por ahí, hay que seguir buscando. Hace ya un tiempo, el autor tuvo la oportunidad de vivir en un enclave universitario en el corazón de ese país “rojo” que vimos en las coberturas electorales, la zona oriental del Estado de Washington, fronteriza con Idaho. A minutos de salir del campus pasabas por pueblitos con nombres como Colfax o Colton, con casas que ponen la bandera americana en el porche y gente que, como comentaba una asistente social amiga, pese a sus carencias se niegan a recibir medicinas del estado por orgullo. Gente cerrada, desconfiada, pero que a poco que se rompe el hielo, no son más racistas, misóginos, ni xenófobos, que cualquier uruguayo promedio.

Es ese estadounidense tipo que pinta tan bien Clint Eastwood en ese peliculón que es Gran Torino, cuyo estilo de vida ha sido golpeado por unas fuerzas que no termina de comprender, y que siente que le están robando su “sueño americano”. Pero que en el bar no tiene problema en tomar su cerveza junto con ese mexicano de segunda generación con el que tiene tanto en común. Vale decir que ese mexicano de segunda generación también parece haber votado por Trump masivamente, al igual un porcentaje altísimo de las mujeres, y los sectores más pobres.

Resulta interesante preguntarse por qué si las políticas como el seguro médico universal de Obama, o las reformas impositivas para gravar más a las empresas que proponía Hillary se supone que son para beneficiar a los pobres y a la clase media, los pobres y la clase media le dieron vuelta la cara con tanto desdén.

Acá entramos en una de las preguntas claves de la política actual: ¿creemos en un sistema democrático en el que cada uno sabe lo que es mejor para sí mismo? ¿O asumimos que la gente desfavorecida es idiota y necesita que una elite intelectual, le dé la solución a sus problemas, a veces, incluso, “de pesado”?

La otra cuestión clave de la política que plantea este resultado tiene que ver con la agenda “hegemónica” de la discusión pública actual. Esa que ve el progreso como un fenómeno de una sola vía, donde hay una frontera amurallada entre lo que está bien y lo que está mal, lo que se puede y no se puede pensar y decir.

Esa agenda políticamente correcta que hemos internalizado quienes estamos en los medios y la cultura a instancias de un sector intelectual tal vez demasiado autocomplaciente. No hubo un solo diario, una sola figura televisiva, un escritor ni un músico de prestigio que no defenestrara a Trump. Hasta varias figuras centrales de Fox News lo criticaron. Y sin embargo, el tipo arrasó en las urnas, y algo parecido ha ocurrido en varios otros países del mundo. Este desfasaje entre lo que asumimos son verdades absolutas, y lo que opina una cantidad enorme de la población mundial, sí es digno de quitarnos el sueño. Trump es solo un síntoma.

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