Martín Aguirre
Martín Aguirre

El problema de la ética

  

En qué momento se jodió el Perú?" El fragmento de Conversación en la Catedral, volvía machacante a la cabeza esta semana leyendo las noticias. Y no las del país andino, aunque el hecho de que la bancada fujimorista esté a punto de derribar al presidente Kuczynski, debe tener a Vargas Llosa replanteándose su famosa interrogante.

No, el comentario venía a cuento de Uruguay, y de lo que parece ser a esta altura un desbarranque generalizado en materia ética que golpea a nuestra sociedad.

Es que desde el "Caso Sendic", la palabra ética se ha vuelto pan de cada día en el debate político nacional. Y no porque la sociedad esté reclamando un renacer de esta cualidad central de la vida pública, sino porque su uso indiscriminado como arma política menor, deja en claro el poco apego que el país muestra con este tema.

El caso que desbordó todo fue el de la senadora trans. Un fallo judicial dejó en evidencia que había operado de manera antiética en contra de un cliente, y para perjudicarlo nada menos que en un caso de patria postestad. O sea que la abogada falsificó la firma de su cliente para hacerlo renunciar a todo derecho respecto de su hijo, beneficiando así a una socia.

Ante este hecho, el Partido Comunista, que hace días convirtió su llegada al Senado en un hito comparable con la Revolución de Octubre, no tuvo más remedio que pedirle la renuncia. Hay gente que ha querido mostrar esto como un gesto de ética superior de los comunistas. Nada más errado.

Las versiones sobre el desempeño profesional de la exsenadora corrían desde mucho antes de que asumiera la banca. Y llevaron incluso al autor a dudar sobre una columna escrita en ese momento donde se elogiaba el hecho diverso. Pero algo llevó calma al escriba: "si los comunistas la ponen en el Senado, todo debe ser una patraña". Un partido caracterizado por su estructura férrea, por su disciplina, por su dogmatismo, no se iba a exponer a un papelón así sin verificar muy bien antes las cosas.

Pues sí. Se expuso.

Después tenemos todo el episodio de los cincuentones. Si algo ha mostrado la falta de ética rampante en el sistema político nacional ha sido este tema. Desde la actitud del ministro Astori, un día diciendo que si se votaba eso renunciaba, y después de que lo "entubaron" sosteniendo que nunca había dicho "textualmente" que se iba, pasando por el ministro Murro (bue...), y hasta por las bancadas de la oposición que terminaron votando algo que saben será nefasto para las próximas generaciones y que amenaza una reforma que tiene el apoyo de la gran mayoría del país, tan solo por quedar bien hoy con un grupo movilizado.

Por no hablar de la telenovela indigna que se ha convertido el "Caso Bascou", donde llevamos semanas de manoseo sin que se defina si hubo o no una violación ética importante. ¿Puede ser tan difícil darse cuenta de eso?

Ahora bien, ¿por qué la "clase política" uruguaya se da estos lujos y ha bajado tanto la guardia a la hora no solo de seleccionar a sus dirigentes, sino cuando se trata de controlarlos? Hay una sola respuesta y es dolorosa: porque a la sociedad uruguaya la ética de su clase política le importa poco y nada.

El político, especialmente en Uruguay, es un reflejo genuino de la sociedad que lo elige. Y el sistema de premios y castigos que implica una democracia hace que los dirigentes funcionen en base a lo que sale de las urnas. No hay vuelta.

Y la realidad es que la sociedad uruguaya viene desde hace tiempo dando el mensaje en las urnas de que la ética no es un valor prioritario. Podemos dar decenas de ejemplos de dirigentes que han mentido, dicho un día una cosa y al siguiente la otra, que han usado el poder político para eliminar a la competencia de su área de negocios privados, que han defendido a gobiernos de otros países cuya corrupción es tan inmensa como innegable. ¿Y qué pasa? Nada. A las siguientes elecciones, la gente los vota a cara de perro.

Es como si esa actitud que tanto daño le ha hecho al fútbol uruguayo, donde lo que importaba era la viveza, el ganar en la liga lo que se pierde en la cancha, manipular los sentimientos más básicos para justificar cualquier cosa con el argumento de que el "otro" es peor, se hubiera adueñado también de la política. De hecho, se suele entronizar a nivel de un dios a una figura deportiva cuyos antecedentes judiciales no hablan precisamente bien de su escala ética.

¿En qué momento se jodió el Uruguay? Es difícil decirlo. Porque aquí hay una tendencia a ver todo lo pasado como mejor, y porque a quien le guste la historia, sabe que cosas complicadas pasaron siempre. Pero da la sensación de que no hace tanto, la sanción social ante cosas como las que se ven estos días, era más exigente. De que el votante no le palmeaba la espalda al político que le mentía en la cara, y de que no todo se justificaba por el "nosotros contra ellos".

Si no cambia eso, después, como se dice en el fútbol "a llorar al cuartito".

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