Martín Aguirre
Martín Aguirre

La polémica es salud

El debate público es la esencia de la democracia. El debate abierto, rico, sobre temas y no sobre personas, claro. No el conventillo de ataques y agravios que vivimos cada día fogoneado por las redes y por gente de escaso poder argumentativo. Por eso, dejando de lado ciertos resquemores, metamos cuchillo en dos temas que han surgido esta semana que pasó.

El primero fue una declaración publicada por Búsqueda donde Gerardo Caetano, en una polémica sobre cómo debía actuar la facultad de Ciencias Sociales ante una supuesta invasión de personas sin hogar, se quejó de ser víctima de agravios por parte de medios "de la derecha". Específicamente mencionó a El País y a Búsqueda, y se lamentaba que la UdelaR no lo hubiera defendido.

Lo de la defensa es un poco extraño. No queda claro qué actitud esperaría Caetano de esa institución. De hecho varios "politólogos" hace tiempo que no hablan con periodistas de El País, molestos por un editorial donde se acusaba a un par de ellos de ampararse en sus laureles académicos para llevar agua sistemáticamente al molino del gobierno.

Además, lo de "ataques" luce excesivo. Sí ha habido críticas, algo natural cuando se ingresa en temas de discusión política. Y, sobre todo cuando, como admitió el propio Caetano, "todas las semanas debato sobre temas que exceden mi núcleo de investigación". De hecho, no hay día en que uno no ponga Canal 5 y no esté allí el historiador dictando cátedra sobre comercio exterior, economía, fútbol, geopolítica asiática. Habla de todo, casi como si fuera periodista. Con la diferencia de que los periodistas tenemos el cuero menos sensible a las críticas.

El peligro de opinar con tanta contundencia sobre todo, es que a veces se cometen excesos. Por ejemplo, el autor ha escuchado a Caetano varias veces calificar al gobierno de Macri como "ultraliberal", algo que no hace honor a la reputación de superioridad intelectual que suele acompañarlo.

Si algo le han criticado los "liberales" a Macri es su gradualismo, y cualquiera de los gobiernos de la concertación chilena (salvo, tal vez, el último de Bachelet) han sido muchísimo más pro mercado que el de Macri. Aplicar ese calificativo a la Argentina de hoy, sería como decir que los gobiernos del PT que hundieron a Brasil en la peor recesión de su historia (algo que algunos parecen no recordar) fueron "ultrasocialistas". Cosa que más allá de no ser verdad, nos dejaría poco espacio en el esquema para calificar, por ejemplo, a los queridos amigos de Venezuela.

Pero dejemos a Caetano que bastante tiene con lidiar con las hordas de bichicomes que invaden su sala de informática. Y para demostrar que aquí no hay corporativismos, apuntemos contra una columna de un colega periodista.

El amigo Gabriel Pereyra publicó una pieza en El Observador esta semana donde señala que cualquiera que consuma drogas es responsable de la ola de violencia e inseguridad que azota al país. Que si hay bandas de narcotraficantes y violencia desatada en las calles, es culpa de esos ciudadanos con pinta de moscas muertas, que el fin de semana sucumben a la tentación del amplio menú de sustancias ilegales que ofrece el mercado local. El planteo tiene varios problemas.

El primero es filosófico. Por lo menos a juicio de este autor (y de la Constitución si se la lee co-mo un producto esencialmente liberal) el ser humano puede hacer con su cuerpo lo que quiera, mientras que con sus acciones no perjudique directamente a terceros. El ser humano desde el Neanderthal al menos ha buscado formas de alterar su conciencia, y ni siquiera en países donde hay pena de muerte por la mínima tenencia de drogas, se ha logrado reducir su uso. ¿Es culpa de consumidor que haya mercado negro de drogas? ¿O es de un esquema estatal paternalista que mantiene un sistema represivo fallido?

El segundo es de resultados. Busqué un listado de los países con menos homicidios, y salvo los primeros 10, islas como Tuvalu o Fiji, la mayoría son naciones europeas (España, Holanda, Portugal) donde se consume mucho más drogas que en Uruguay. Y sin embargo, uno puede ir a un cajero automático sin temor a quedar en medio de una balacera estilo Siria.

Y el tercero es político. ¿Hasta cuándo vamos a seguir justificando los resultados desastrosos de un Ministerio del Interior que ha tenido todos los recursos para resolver la situación de violencia que nos afecta? ¿Puede ser que en un país como Uruguay haya una banda operando como la del tiroteo del Palacio Legislativo, y que la Policía no sepa quiénes son? ¿Puede ser que en El Salvador, en Bolivia, en Indonesia, los cajeros automáticos estén a simple vista en la calle, y acá si no están en un súper, los vuelen a garrafazos? ¿Puede ser que una mujer o persona mayor no pueda caminar por el centro de la ciudad después de las 9 de la noche? En serio, ¿vamos a seguir culpando a otra gente más allá de quienes son los responsables reales de darnos seguridad?

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