Martín Aguirre
Martín Aguirre

El planeta Trump

Cuando se trata de opinar sobre EE.UU., el país de los 3 millones de directores técnicos se suele dividir en dos. De un lado están los que, ya sea por influencia europea, ideología de “izquierda”, o las dos juntas, lo ven como un país de incultos, egoístas, y sin mínima sofisticación política. Del otro, aquellos con menos complejos, o que han tenido la chance de visitar el país, le reconocen su pujanza económica, su estabilidad democrática, su capacidad de ser el centro global de excelencia en cualquier rubro: arte, medicina, deporte, educación.

Cuando se trata de opinar sobre EE.UU., el país de los 3 millones de directores técnicos se suele dividir en dos. De un lado están los que, ya sea por influencia europea, ideología de “izquierda”, o las dos juntas, lo ven como un país de incultos, egoístas, y sin mínima sofisticación política. Del otro, aquellos con menos complejos, o que han tenido la chance de visitar el país, le reconocen su pujanza económica, su estabilidad democrática, su capacidad de ser el centro global de excelencia en cualquier rubro: arte, medicina, deporte, educación.

Donald Trump puso esta división patas arriba. Incluso para los más analíticos defensores del esquema estadounidense, resulta imposible no ya explicar, sino entender el fenómeno Trump.

La visita del presidente 45 del país más poderoso del mundo a la ciudad de Phoenix suponía una oportunidad de oro para el autor, más cerca de la segunda categoría que de la primera, de intentar explicar, y explicarse, a este personaje y al país que lo eligió.

Para empezar, vale señalar que Arizona ofrece un marco especial para este análisis. Es un estado históricamente republicano, pero los caudillos locales, los senadores McCain y Flake, son de los más críticos con Trump en su partido. Además, Phoenix tiene un alcalde demócrata, y a la mayor universidad pública del país. Si hay un lugar donde Trump no tiene votos, es en el mundo universitario.

Pero es también un estado fronterizo, de población rural, donde se puede circular armado, y donde buena parte de su población es casi tan rústica como ese desierto implacable que domina su paisaje. Solo siendo muy rústico se podía estar el martes a las 12 del mediodía haciendo cola para ingresar al acto de Trump, agendado para las 7 de la tarde. Sin embargo desde esa hora eran ya cientos los fanáticos que aguardaban frente al centro de Convenciones de Phoenix, pese a los 43 grados que daba el termómetro.

Recorrer esa fila era una lección en vivo de sociología estadounidense. Dominaba la escena ese sector al que aquí llaman “rednecks”, en referencia al color que desarrolla el cuello de ese americano blanco campesino por la exposición al sol. Mucha bandera, mucha señora de maquillaje cargado, mucho pelo blanco, mucho fumador de cigarro, hábito que en este país parece relegado a los estratos más bajos de la sociedad. Tal vez lo más sorpresivo, mucho latino, tan deseoso por explicar sus razones para apoyar a Trump, como entusiasta para gritar “construyan ese muro”. “Mis padres vinieron a este país legalmente, yo soy un patriota, y se está llenando de bandidos que no respetan las leyes”, decía uno.

Notoriamente inferior, la cantidad de gente de raza negra. Aunque eran mayoría entre los vendedores de parafernalia: 20 dólares por un gorrito de “Make America great again”, un poco menos por una foto con una imagen tamaño natural de Melania.

Mientras un cartel advertía que no se podía ingresar con explosivos “de ningún tipo”, afuera la presencia de armas era ostensible. Incluso un grupo de “antirracistas”, parte de la contraprotesta ubicada cruzando la calle, posaba desafiante con rifles semiautomáticos.

Sin embargo, pese al calor, pese a la exasperación que transmiten los medios, y pese a la tensión tras los hechos ocurridos hace poco en Charlottesville, cientos de partidarios de un lado y del otro no estaban separados más que por una calle, sin vallas, sin “pulmones”. Y nada pasó. Hubo algunos gases y corridas al final, cuando la Policía quiso sacar a los anti Trump del entorno. Pero si eso hubiera sido un partido de fútbol uruguayo, no ameritaba ni un breve en Ovación.

Dentro del evento, Trump exhibió su circo en toda su expresión. A los 5 minutos tiró por la borda su discurso preparado, atacó a la prensa, le dio al autobombo, anunció que perdonaría al “sheriff Joe”, un personaje local que está preso por abusos a inmigrantes. Y le dio “con un caño” a los senadores de su propio partido.

Si el autor buscaba una explicación de como EE.UU. eligió a Trump, se fue con las manos vacías. Aunque comprobó que este país sufre un quiebre social dramático, y la sensibilidad y valores de la gente con formación y algo de mundo, está a millones de km de la de la persona “común”. Algo no tan distinto a lo que pasa en Uruguay. Ahora, cuál puede ser el efecto a largo plazo del divorcio entre el “círculo rojo” a decir del asesor de Macri, Durán Barba, y la masa ciudadana, eso ya resulta más difícil de predecir. Un divorcio potenciado por el efecto eco de las redes sociales, donde la gente se informa de acuerdo a lo que promueven sus “amigos”, y donde ya casi no quedan centros que unifiquen. Hasta los shopping están en caída. Una pregunta rondaba la cabeza a la salida del acto. Si este presidente llega a sufrir una destitución, como cada vez se menciona con más naturalidad en los medios, ¿cómo reaccionarán esos simpáticos señores que gustan pasear con pistola al cinto?

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