Martín Aguirre
Martín Aguirre

Bien Pisados

La vergüenza es un sentimiento nefasto para un periodista. Mina la confianza, limita la audacia, obliga a replantearse la propia capacidad para hacer bien el trabajo. Y cuando ese trabajo implica exponerse los 365 días del año, siempre caminando en una línea fina entre el impacto y la responsabilidad, la opción de apocarse no está arriba de la mesa.

La vergüenza es un sentimiento nefasto para un periodista. Mina la confianza, limita la audacia, obliga a replantearse la propia capacidad para hacer bien el trabajo. Y cuando ese trabajo implica exponerse los 365 días del año, siempre caminando en una línea fina entre el impacto y la responsabilidad, la opción de apocarse no está arriba de la mesa.

La vergüenza fue el sentimiento hegemónico en la redacción de El País durante buena parte de la semana. La gran metida de pata en la portada en referencia a las pruebas PISA fue como tirar un yunque sobre el ánimo general. En el caso del autor, pasada la reacción combativa inicial destinada a compensar el daño, fue muy difícil sacar la cabeza de la oficina. Y ni siquiera la obvia justificación personal de que por estas fechas un responsable de redacción debe abocarse a tareas que poco tienen que ver con lo que se publica, sirve para aliviar ni un poco la conciencia.

Más allá de que institucionalmente ya se ha dado explicación del error, es bueno dar algún detalle extra de lo que pasó. Hace semanas que en los ambientes educativos era un dato aceptado que el resultado de las pruebas PISA no daba bien al país. En las horas previas a la publicación, entendidos, exjerarcas de este gobierno, y al menos uno actual, lo confirmaban. Pero lo que generó la mayor confusión fue la entrevista con el encargado de la parte educativa de la OCDE, Andreas Schleicher.

Schleicher no es un hombre fácil de contactar, y cuando se logró ubicarlo en un viaje en tren, su frase textual de que los resultados habían sido “peores”, pareció el dato que confirmaba todo. Cuatro fuentes en off, y el máximo jerarca del organismo en cuestión dando la cara, parecía cumplir con todos los requisitos para una publicación. De ahí el título de portada: “Uruguay sufre su peor resultado”.

No sabemos si fue un tema idiomático, si fue una confusión con el informe, si fue algo conceptual vinculado a lo que después se supo de cambios metodológicos. Pero la realidad, se sabe, fue otra.

Y de poco sirve a nivel personal el bochorno de los jerarcas de la educación con su asombrosa confesión de que no habían leído todo el informe cuando lo anunciaron. Ellos están acostumbrados a hacer papelones, nosotros no.

Ahí sopló el huracán.

La reacción de los jerarcas y políticos no inquieta particularmente. Desde hace demasiado tiempo que a ese nivel todo se ha convertido en una guerra ciega en la que el más básico de los fines justifica el más ruin de los medios. Como ejemplo, el señor Netto se dio el lujo de decir que la entrevista con Schleicher era inventada en la cara a la propia periodista que le mostraba la grabación.

Tampoco afecta demasiado el coro de opinólogos y el proletariado intelectual de las redes, siempre presto a juzgar el trabajo ajeno desde una postura de superioridad moral basada en la nada.

Duele más la mala fe de algunos colegas. Estamos en un medio chico, y los periodistas nos conocemos todos. Cualquiera que trabaje hace más de un año en cualquier medio conoce a Lucía, a Carlos, a Oscar, a Julio o a mí. Y saben que no nos dedicamos a inventar noticias, ni le hacemos mandados a nadie. Que en este laburo todos trabajamos en un campo minado, y que nadie está libre de sufrir algo así mañana.

Esto permite ingresar en el tema central de la polémica: la intencionalidad. El eje de discusión tras este fallo, no fue el error en sí, fue la supuesta intención detrás. Algunos políticos nos acusaron directamente de mentir. ¿Cual sería la utilidad de mentir en una noticia que antes de que el 99% de los lectores tuviera su ejemplar en la mano iba a estar deschavada? Ridículo.

La otra postura sugerida es que habría sido una especie de acto fallido, debido a que alguien acá quiere que a la educación pública le vaya mal, y entonces ese deseo oscuro se habría impuesto al profesionalismo. Otra estupidez. Primero porque nadie quiere que le vaya mal a la educación, por algo desde hace años que en El País se le ha dedicado tanto espacio al tema. Segundo, porque un diario y sus periodistas viven de su credibilidad. Y en El País (a diferencia de otros) trabaja gente de todo pelo político. Si un editor o dueño intentara imponer una visión ideologizada en un tema tan sensible, en estos tiempos de redes, en 10 minutos ardería Troya.

Alguien dijo hace años que el periodismo es la profesión del error, y que la obligación del buen profesional es ser honesto, reconocer cuando se equivoca, compensarlo, y seguir para adelante. Que el tiempo se encarga de poner las cosas en su lugar, como ya se encargó de poner al señor Netto en el suyo. En lo personal, entre deseos de tirar la toalla o ir a buscar a algún bocón, me resonaba la frase del abuelo de dos grandes amigos, que cuando se enojaba con alguien, con un pícaro acento rochense que ni la hemiplejia lograba tapar, solía sentenciar: “déjalo nomás... ya va a venir con el caballo cansado”.

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