Martín Aguirre
Martín Aguirre

¿Qué pasó con Bartol?

En medio de todo el furor por la pandemia, la noticia cayó como una bomba. A las cuatro de la tarde de un sábado 1° de mayo, el presidente Lacalle Pou anunciaba la salida de Pablo Bartol del Ministerio de Desarrollo Social, y su reemplazo por el diputado Martín Lema.

En otros tiempos eso hubiera generado un terremoto en la Redacción, pero en plena crisis sanitaria lo que causó fue un recalentamiento de los grupos de WhatsApp de periodistas y políticos.

¿Qué pasó? ¿Por qué ahora? ¿Qué hizo Bartol? Eran las preguntas de orden. Pero con un detalle inusual: por lo general son los periodistas que llaman a los políticos a preguntar. Ese sábado no fueron pocos los dirigentes de alto rango que hacían el camino inverso, y llamaban a los periodistas a ver si sabíamos qué cuernos había pasado. Tal fue la reserva con que se manejó el tema y lo intempestivo de su comunicación.

Había además un elemento que agregaba “morbo” al asunto. Bartol fue uno de los ministros que Lacalle Pou puso más sobre la mesa en la campaña electoral. Una figura que venía de fuera de la política, con gran experiencia en temas sociales, y convicciones personales que hacían que su arribo al Mides, ese ministerio que fue creación y coto político cerrado del Partido Comunista, fuera un impacto mayúsculo.

De hecho, este periodista acudió a su toma de posesión mezclado disimuladamente entre la gente, para percibir exactamente ese impacto. Ese 2 de marzo, de extremo calor, la ceremonia tuvo lugar en plena calle. Y ver a los funcionarios con cara desconfiada, “ñata contra el vidrio” de los ventanales del viejo Banco de Crédito escuchando el discurso de Bartol, fue tal vez la imagen más emblemática del cambio de era político en marcha.

Con el paso de los días, los rumores y versiones empezaron a llenar los huecos en la información oficial. Que Bartol se sorprendió tanto como todo el mundo. Que había ido a Presidencia pensando hablar del Plan Invierno, y le pidieron el cargo. Que le dijeron que no le podían dar las razones ahora, pero que confiara y tuviera paciencia.

Por otro lado, empezó el “runrun” político. Que Lacalle Pou tenía un compromiso de darle un ministerio a Lema, que Lema quiere ser candidato y estaba frustrado con la visibilidad en Diputados, que se lleva mal con Delgado. Luego, que Bartol no quería ir a fondo con las auditorías en el Mides, que era demasiado contemplativo con la estructura de funcionarios, y por eso chocaba con Castaingdebat, y la cosa ya venía mal y por eso se fue Martinelli.

La única explicación que se escuchaba de fuentes oficiales era que se buscaba dar un perfil “más político” al ministerio y menos técnico. ¿Alguien entiende qué quiere decir eso? Porque en todo caso, el ser más contemplativo con las estructuras parece ser más propio de un político que de un técnico, cuyo primer instinto sería cortar cabezas sin miramientos de quien no se adapte.

Pasada una semana del asunto, algunas cosas han empezado a decantar. Por lo pronto, que desde hacía tiempo había malestar por los resultados de la gestión de Bartol y que, pasado un año, el presidente entendió que había que dar un golpe de timón. Incluso el propio círculo que trabajaba en torno al exministro reconocía que le había costado afirmarse.

Pero más importante que los motivos son los efectos de este cambio. Y no tanto en materia administrativa, que eso se verá con el tiempo. Nadie duda que Lema es una figura con una capacidad ejecutiva fuerte. De hecho, para quienes lo hemos tratado en tiempos de opositor, era de los legisladores no solo con más capacidad de generar impacto en la opinión pública, sino de los más estudiosos de los temas. Y créame que eso no abunda en ningún partido.

Ahora bien, hay señales que deja esto que son desestimulantes para quien mira de fuera del sistema político.

La salida de Bartol, sumada a la de Talvi, potencia esa sensación de que el mundillo político se maneja con códigos y reglas que son incomprensibles para los “outsiders”. Por más capacidad, conocimiento y voluntad que se ponga. Ojo, no es que sea 100% cierto (menos aún en el caso de Talvi), pero es la sensación que queda en la gente común. Es verdad que la política es un oficio complejo y que tiene sus reglas propias, pero no debería repeler tan fácil a quien llega a aportar y tiene conocimiento y buena fe.

Por otro lado, para quienes votaron al nuevo gobierno, ver la alegría con que figuras de la anterior gestión disfrutaban del “fracaso” de Bartol, alguien que venía con aureola de éxito del mundo de la ayuda social fuera del Estado (y, por tanto un verdadero anticristo), deja un gusto amargo. Llegado el momento, sería bueno que hubiera una explicación clara a la sociedad de qué pasó allí, aunque más no sea para espantar cucos y no seguir desestimulando a quienes buscan aportar a la política desde otros campos.

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