Martín Aguirre
Martín Aguirre

El país que mostró la elección

Esta vez, los resultados no eran lo más importante.

Por encima de los datos fríos, lo que desvelaba a los analistas era qué tipo de sociedad nos iba a pintar esta interna. Si en un momento bisagra de la historia del país, la gente iba a reaccionar de acuerdo a esa tradición que nos suele diferenciar de otros experimentos políticos de la región. O si iba a ser un paso más en el camino de “latinoamericación” de Uruguay que muchos vienen advirtiendo. Y esto, dicho en el peor de los sentidos, claro.

La primera conclusión fue de alivio. Por un lado, y pese a que el clima fue el peor imaginable para una elección donde votar era voluntario, creció la participación de la gente. No mucho, pero algo es algo. Sobre todo en un momento donde el país, de nuevo, parece estar en un cruce de caminos, un 40% de los uruguayos se enfundó su abrigo más grueso, y salió a votar en una interna, y sin ninguna amenaza de multa o sanción que lo estimulara. Primera en casa.

El segundo alivio es más discutible, pero alivio al fin. Y es que las urnas dejaron un panorama que no benefició a algunas formas de hacer política que irrumpieron en esta campaña, y que se daban de trompa con las mejores tradiciones de nuestro siempre sanguínea, pero leal contienda electoral.

Vamos a dejarnos de eufemismos. Si Sartori, en esta elección, hubiera quedado más cerca de Lacalle Pou, o hubiera podido condicionar al principal partido de oposición en este momento, hubiera sido una mala noticia para la democracia uruguaya. Esto, no porque Sartori sea una mala persona, o no tenga derecho a aspirar a tener un rol político en el país. Bienvenida la gente con visión de mundo, y exitosa, que se quiere remangar, ayudar. Gente que decide recorrer Verdisol, en vez de lagartear en un yate en Mónaco.

Pero la campaña de Sartori tuvo cosas feas. Es verdad, Uruguay ya ha tenido presidentes como José Mujica que hacían de la demagogia y el doble discurso un culto laico. Pero tenían historia, y respetaban ciertos códigos. Si muchos uruguayos se hubieran inclinado por alguien que aterriza de la noche a la mañana, promete crear 100 mil puestos de trabajo sin decir cómo, y medicamentos gratis para todos, estábamos mal.

Esto sin entrar en los temas de campaña sucia. Que Sartori niega vehementemente, pero justo (oh, casualidad) irrumpieron en Uruguay coincidiendo con su llegada, y son la marca de orillo de esos asesores fantasmas que lo acompañaban. No sé a usted, amigo lector, pero el hecho de que las tácticas usadas por un señor acostumbrado a ganar elecciones en estados mexicanos, hayan fracasado en Uruguay, le da un gran alivio a este periodista. Ojalá que Sartori siga aportando a la política uruguaya, purgando su entorno de influencias poco edificantes.

Otras visiones que dejó la interna sobre la sociedad uruguaya, son más discutibles.

Por ejemplo, resulta interesante que en una elección no obligatoria, o sea donde vota la gente que tiene más interés en la cosa pública, y probablemente sea la más informada y formada, casi 3 de cada 4 votos fueron para candidatos que quieren un cambio de gobierno. Particularmente cuando ese gobierno está hace 15 años en manos del Frente Amplio, un partido que siempre se jactó de tener el monopolio de la gente preparada y participativa.

Alguien dirá, no es la primera vez que pasa que el FA vota mal en la interna, e igual después gana cómodo la nacional. Y es verdad. Pero había diferencias esta vez.

El Frente se jugaba una renovación importante, hay un cambio de equilibrios internos que puede determinar el rumbo de esa fuerza para el futuro. Y sin embargo, fue poca la gente que lo fue a votar. Confirmando que el desencanto no es solo de los “votos prestados” que le han dado mayorías sólidas en los últimos años, sino de su propio cerno.

¿Por qué esto debería ser positivo? Porque en los últimos años se ha visto un proceso de soberbia, y de falta de sentido de rendición de cuentas a la sociedad de parte de esa fuerza, que es malo para todo el sistema. Volvemos a lo de la semana pasada, ¿en qué país se escapa el preso más notorio, y no hay una renuncia de un jerarca responsable, y ni siquiera se llama a conferencia de prensa para dar la cara? ¿En que país se muere gente de frío en la calle, y un director del ministerio dedicado a la ayuda social, está tuiteando monsergas sectarias en horario de trabajo, sin que pase nada?

La democracia tiene muchas imperfecciones, pero una gran ventaja. La capacidad que da a los ciudadanos de, cada tanto, darle una cachetada pacífica a sus dirigentes, cuando estos se alejan mucho del sentir mayoritario de la sociedad. Pero para eso se precisa una sociedad educada, informada, y preocupada por lo que le pasa al de al lado. Estas internas dejaron en claro que todavía nos podemos preciar de que, con todos los problemas que tenemos, la democracia uruguaya sigue siendo algo de lo que sentirnos orgullosos. No es poco.

Reportar error
Enviado
Error
Reportar error
Temas relacionados
Max caracteres: 600 (pendientes: 600)