Martín Aguirre
Martín Aguirre

La nueva anormalidad

Es el concepto del momento. Repetido por científicos, políticos, periodistas.

Entramos en la era de la “nueva normalidad”, y debemos irnos acostumbrando, lo adelantó el presidente Lacalle Pou hace unos días. ¿Estamos tan seguros?

Tal vez al amable lector le ocurra algo parecido. Pero hay dos aspectos de la discusión pública sobre el tema coronavirus, que cada vez le generan más incomodidad a este autor. Primero, la confianza con la que muchos expertos pontifican sobre aspectos del mismo que a la semana resulta que no eran tan así. El segundo, como todos los países del planeta, al ritmo de una opinión pública empoderada como nunca en la historia, nos hemos subido a un ómnibus a toda velocidad, sin que nadie sepa muy bien cuál es su destino.

Arranquemos por el primer punto. Cuando uno escucha a los que saben de este tema, siempre señalan algo clave: este virus es nuevo, y recién estamos empezando a entender cómo funciona.

Esto, como es obvio, suele quedar opacado ante otras valoraciones que los expertos se ven obligados a hacer, muchas veces por la insistencia de los periodistas. Y los periodistas buscamos títulos, clicks, cosas que hagan que la gente quiera leer. La gente no quiere leer a alguien mesurado que le dice que no tiene idea de qué puede pasar. Quiere veredictos, quiere definiciones tajantes, cosas claras. Y nosotros se las damos, aunque para ello haya que forzar a los expertos a jugársela de manera muy arriesgada.

El ejemplo más claro de esto es el tema de los modelos. En la era en que la “data” reina desde la economía hasta en la NBA, todos buscamos respuestas al futuro en los modelos matemáticos, casi como si fueran el horóscopo. Pero todos sabemos que es difícil modelar conductas humanas, y un episodio inesperado puede tirar todos los cálculos a la basura.

Hay una pregunta obvia que ni el mejor experto del mundo puede hoy responder. ¿Cuál es la verdadera tasa de mortalidad del virus? ¿Por qué en España o Italia mató a 400 tipos por millón de habitantes, y en Grecia o Polonia, que están al lado, apenas 13?

Esta natural incapacidad para responder algo tan básico, contrasta con la convicción con la que se afirman otras cosas. Sobre todo si son negativas. Por ejemplo, llevamos meses escuchando que es imposible que haya una vacuna antes de año y medio. Pero el ministro de salud británico dijo el jueves que empezaron a testear una que podría masificarse en octubre. ¿Entonces? Déjeme decirle, si los británicos sacan una vacuna en octubre, este periodista es capaz de tatuarse la cara de Churchill tamaño natural en el pecho.

Pero esto nos lleva al segundo tema, y es el peligro del momento en que esta pandemia impacta al mundo. Vivimos en la era de la intercomunicación total, y lo que pasa esta mañana en Tokio, se sabe a mediodía en La Paz. Pero hay más que eso. Debido a cosas que van desde las redes sociales, hasta el Google analytics, nunca en la historia esa cosa rara, amorfa y miedosa llamada “opinión pública”, tuvo tanto poder. Para líderes políticos, expertos médicos o periodistas, nunca fue tan difícil poder marcar una línea personal, que vaya en contra del griterío de la masa. Y si no, pregúntenle a Boris Johnson. Esto es positivo en muchos aspectos, pe-ro en otros es peligrosísimo.

Hoy todo el planeta, tal vez con la excepción de Suecia, está embarcado en este experimento de la cuarentena general, aunque no está nada claro cuál es su resultado ni cómo se sale de la misma. Claramente era lo que sugerían los entendidos y parece lo más sensato. Pero este consenso sin matices, en algo de consecuencias tan terribles, no deja de generar un frío por la espalda.

Por estos días, ha generado mucho revuelo la opinión de un profesor israelí, Isaac Ben Israel, que ha marcado que todos los países, los que han tomado medidas de encierro más duras, y los más laxos, han mostrado evoluciones bastante similares en contagios. Otro profesor, John Ioannidis, de la Universidad de Stanford, hizo un estudio aleatorio en Santa Clara, California, que arrojó que la tasa de contagio entre la población sin síntomas era como mínimo 50 veces más de lo imaginado. Esto es importante porque significa que la tasa de letalidad del virus sería muchísimo menor. De más está decir que ambos profesores han sido blanco de todo tipo de insultos y agravios, de parte de colegas con síndrome de Ubris, y una opinión pública nostálgica de la inquisición.

Pasando raya, todos, científicos, periodistas, opinión pública, parece que nos beneficiaríamos de una dosis de humildad, de reconocer que no tenemos respuesta para el 90% de las preguntas, y que lo que hoy damos por seguro, en una semana puede ser una ridiculez. Por ello, resignarse a que esta fase espantosa de la historia humana sea una “nueva normalidad”, no solo parece ser un exceso de derrotismo, sino que es algo que nadie en su sano juicio puede garantizar.

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