Martín Aguirre
Martín Aguirre

La noche de la calculadora y un casi Presidente electo

¡Qué nochecita! Cuando se escriben estas líneas son casi la 1 de la mañana y Luis Lacalle Pou acaba de terminar su arenga ante una multitud de seguidores.

Perdón, el presidente electo de todos los uruguayos, Luis Lacalle Pou. ¿O no? A esta altura parece claro que ni que alguien importara a los asesores electorales de Evo Morales, esta elección podría cambiar de ganador. Pero entre la negativa de Daniel Martínez a conceder la victoria, y las frías matemáticas que dicen que la diferencia entre uno y otro candidato no supera el número de votos observados, habrá que esperar hasta entrada la semana para tener un ganador formal.

Hay mucho análisis que se puede hacer de esta elección sorpresiva e inusual. El primero, podría tener que ver con el fiasco de las encuestas, que anticipaban una diferencia de entre 6 y 8 puntos a favor de la oposición. Y sin embargo, fue apenas de 1%. ¿Alguien puede afirmar con un mínimo de seriedad que 8% de los uruguayos cambiaron su voto en tres días? Parece difícil de creer.

Un segundo análisis podría enfocarse en los personajes secundarios de esta novela. Por un lado está Guido Manini Ríos, cuyo rol sobre el final de la campaña ha sido magnificado al punto de pretender señalarse como el elemento que habría cambiado el curso final de la campaña. Si usted me perdona, me voy a animar a considerar eso una tontería. La histeria desatada por dirigentes y militantes frentistas en los últimos días al respecto, podrá haber impactado a corresponsales extranjeros, al “mundo twitter”, y a las venerables señoras del comité de base. ¿Pero cambiar el voto a más de 100 mil uruguayos? También podríamos analizar el rol de Yamandú Orsi, y el grupo que “copó” el comando de campaña de Daniel Martínez en las últimas semanas. ¿Será que fueron ellos quienes lograron cambiar el curso de la pugna? También parece difícil de aceptar.

Pero lo más interesante es centrarse en las dos figuras que chocaron ayer en la urnas, representantes de estas dos mitades en las que parece estar dividido el Uruguay.

En el caso de Daniel Martínez, el resultado fue un volver a vivir. En la interna del Frente Amplio ya se daba por descontado que un resultado como el que anticipaban las encuestas significaría el fin de la vida política de Martínez, y el sacrifico a modo de chivo expiatorio de un candidato que había arrancado pretendiendo jugar en solitario y despegándose de los viejos liderazgos. Eran muchos los que esperaban, con el cuchillo afilado, para proceder a culminar el sacrificio ritual de Martínez. Un sacrificio que, entre otras cosas, implicaba el paso final de convertir el Frente Amplio en un mascarón de proa hueco, para el avance del MPP y su grupo de satélites en la interna. Este resultado deja esa ejecución en pausa, y abre la puerta a una pugna sucesoria que puede volverse aún más cruenta de lo esperado. Tal vez la única noticia aparentemente positiva para Lacalle Pou, de una noche como para vaciarse un blíster de rivotril.

Pero cuando la Corte Electoral finalmente proclame al líder blanco como nuevo Presidente, se abrirá ante este un desafío potenciado. Una ventaja amplia como la que se pronosticaba le daba legitimidad para un cambio profundo y acelerado. Este resultado exiguo lo puede obligar a repensar alguna estrategia y a moverse con mayor cautela ante una mitad del país que ya de por sí se sentía dueña del poder, y a la que ahora le resultará todavía más amargo tragar algunas reformas que Lacalle Pou tiene en su agenda.

Pero más que preocuparse por quienes votaron ayer a Daniel Martínez, Lacalle tiene un desafío más importante. Mucho más importante incluso que manejar esa coalición multicolor que zurció en estos meses.

El nuevo Presidente tendrá el enorme desafío de aprovechar los poderosos resortes del gobierno para consolidar su base política, dar respuesta a las inquietudes de los sectores que apostaron por él, y solidificar una base electoral que pueda ser el puntapié inicial de una nueva era para el país. Modestamente, la lectura que hace quien esto escribe pasa por atender a dos nichos claves, pensando no en estos 5 años, sino en los 20 que vendrán.

El primero, tiene que ver con el interior del país. Los números reflejan con claridad que quien le dio esta victoria a Lacalle Pou es el mundo del interior, ese mundo que ya exhibió los síntomas de su cansancio respecto a la soberbia capitalina con el estallido de “Un solo Uruguay”. Que ha padecido el daño al tejido productivo de las políticas tarifarias e impositivas, pensadas por el Frente Amplio para satisfacer a su base urbana. Lacalle Pou tiene que demostrar en los próximos cinco años que esa apuesta por su figura valió la pena, y que puede ofrecer al país un tipo de desarrollo diferente, que privilegie al mundo que produce y trabaja alejado de las prebendas públicas y políticas. Será un desafío muy complejo, pero cuyo éxito la asegurará al Partido Nacional una base electoral muy difícil de enfrentar.

El segundo nicho que Lacalle Pou debe atender si quiere transformar esta victoria agónica en un verdadero cambio de era político, tiene que ver con los más pobres. Con los cinturones suburbanos del área metropolitana, y los barrios en decadencia de Montevideo. Esas zonas que han sido una fortaleza de votos para el Frente Amplio, pero a quienes la inseguridad, la violencia, y los desajustes de la economía, ya han empezado a minar su fervor. Si Lacalle Pou logra demostrar que tuvo como inquietud prioritaria mejorar la calidad de vida de estos sectores, no solo habrá logrado penetrar en un nicho electoral que hace muchos años le es ajeno a los blancos. Habrá logrado destruir una de las consignas del Frente Amplio que más daño le causa a la oposición: esa que dice que se trata de dirigentes que solo se preocupan por “los ricos”, por los “privilegiados”, como tanto machacó Daniel Martínez.

Más allá de todos los desafíos inmediatos que tiene el presidente Luis Lacalle Pou, si logra enfrentar con éxito esos dos, habrá logrado cambiar el panorama político nacional de manera determinante y por muchos años hacia adelante.

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