Martín Aguirre
Martín Aguirre

Mujica, el odio, y la lima sorda

El odio es destructivo. Un sentir que no tiene lugar en la lucha política en democracia, menos todavía en un país estable, amortiguado, igualitario, como Uruguay. Sin embargo ha mostrado una presencia inquietante en estos meses. Hace dos días el presidente Mujica lo puso sobre la mesa para criticar a la prensa. No fue el primero, y a este ritmo, tristemente, no será el último.

El odio es destructivo. Un sentir que no tiene lugar en la lucha política en democracia, menos todavía en un país estable, amortiguado, igualitario, como Uruguay. Sin embargo ha mostrado una presencia inquietante en estos meses. Hace dos días el presidente Mujica lo puso sobre la mesa para criticar a la prensa. No fue el primero, y a este ritmo, tristemente, no será el último.

Tal vez las primeras señales de odio en esta campaña hayan sido expuestas en algunas propagandas. Particularmente es recordada una del Nuevo Espacio donde un seudo gaucho, con poncho colorado y acento del norte argentino, hablaba de las bondades de la ley de 8 horas del trabajador rural. Esto fue multiplicado exponencialmente por un sector afín a Constanza Moreira, que produjo una serie de avisos con un mensaje sectario, clasista, odioso, que tal vez en Guatemala hubiera generado escozor. En Uruguay, tan solo vergüenza ajena.

Otro que trajo el odio a la mesa política fue el exministro Lorenzo. Ante las críticas por su actuación en el caso Pluna exclamó con postura de actor shakespereano “¡Por qué nos odia tanto la derecha!”. Basta imaginarse lo que podría decirle el propio Mujica si por un segundo volviera a su viejo tronco político: “No papá. No te odia nadie. El tema es que metiste pechera con el cargo para armar una payasada de remate, que nos terminó costando a todos los uruguayos un par de cientos de millones de dólares”. “¿Qué querés? ¿Un monumento?”.

Ahora si se quiere ver chorrear odio de manera generosa, hay que leer alguna prensa adicta al oficialismo. Es una tarea ingrata, a la que el autor sólo se somete por deber profesional. Pero las cosas que allí se pudieron leer en estos meses contra Lacalle Pou, o Pedro Bordaberry, no pasarían la censura interna de El Bocón. En las antípodas del enfoque “positivo” que manejó el sector adversario.

Pero volvamos a Mujica. Dijo que “comenzó la ‘lima sorda’ de los que nos odian y que tienen el manejo de los grandes medios de comunicación y comienzan a sembrar distancias entre los astoristas y mujiquistas”. La iracundia del mandatario se desató al parecer por un editorial de El País donde se decía que “los fenómenos sociales son a veces difíciles de entender”, y planteaba qué lectura podía hacer la “clase política”, si ante un gobierno que tuvo casos de abuso y soberbia como el de Pluna o ASSE, los ciudadanos todavía lo premian con más votos. Comentario discutible, pero nada impertinente o agresivo. Sobre todo si comparamos con que la revista “oficial”del MPP definió en portada a Lacalle Pou como un pituco, teñido, inflado a pesas en el Lawn Tennis.

A ver, sobre las “limas”... todo Uruguay sabe que la relación entre Mujica y Vázquez no es de amor precisamente. Y quienes trabajan en los medios lo saben mejor que nadie, porque sus contactos tanto en el mujiquismo como en el astorismo no pasa día sin que manden algún chisme para intentar perjudicar al otro. Eso sí, siempre pidiendo anonimato y amparándose en el señor Fuentes. El propio Mujica es fuente habitual de esa prensa “de derecha” y cuando lima, lejos de ser sordo, hace un ruido bárbaro.

En segundo lugar, el presidente sostiene que quienes escriben editoriales entenderían mejor los fenómenos sociales si fueran peones rurales o “sirvientas”, y vivieran de un sueldo. Al menos en El País, todos los que escriben editoriales son humanos que viven de su sueldo. Hay periodistas, abogados, economistas, profesores universitarios. En este país son pocos los que no viven de su trabajo. Que se sepa, solo el partido comunista y el MPP se dan el lujo de tener militantes rentados para hacer política.

Hay algo que llama la atención del Presidente. Se trata de alguien que conoce el país como pocos, que sabe que somos una sociedad de proximidad, que ministros y senadores se cruzan en el supermercado con el chofer de taxi y la empleada de la panadería. Que acá todos tienen un primo con casa en el este y otro que no llega a fin de mes. Que es tan poco clasista la división política en Uruguay que la campaña del MPP usaba de vocero al dueño del restaurante más caro de José Ignacio. Y que el abuelo de la Primera Dama es uno de los pocos que fue dos veces presidente de la Asociación Rural. ¿Por qué sembrar entonces ese mensaje de odio? ¿No es claro a lo que eso lleva viendo casos como Argentina o Venezuela? Que eso lo haga el PVP que pena para conseguir un diputado, vaya y pase. Pero que lo haga el Presidente de la República, un hombre próximo a los 80 años, que se va victorioso de un cargo al que nunca soñó llegar, y que sabe que su palabra es escuchada por gente que no tiene ni su perspectiva ni su inteligenc, resulta incomprensible. ¿Esa es la herencia que quiere dejar a las nuevas generaciones que deberán seguir dialogando para construir un país mejor?

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