Martín Aguirre
Martín Aguirre

La muerte, la dignidad y la política

Ellos dijeron, no escuches a Alan García, porque te puede convencer. Déjese convencer peruano. Déjeme explicar...".

Esa frase es parte de lo que muchos llaman el mejor discurso de la historia política del Perú, que García pronunció el 28 de enero del 2001, tras regresar de una década de exilio. La diferencia entre ese Alan, magnético, inspirado, carismático, y el líder derrumbado que acabó pegándose un tiro ante de ir preso el último miércoles, dice mucho sobre la evolución de la política en nuestra región. Habla sobre nuestros cambios, nuestra evolución, y nuestras debilidades, a la hora de elegir los líderes a quienes seguimos.

Algunos pondrán expresión de sorna y dirán con esa típica soberbia mal tapada uruguaya, "qué tendrá que ver la política peruana con la uruguaya". Más de lo que parece y, en algunos casos, mucho más de lo que nos gustaría.

El que se disponga a leer este texto, seguramente ya tendrá una idea de quién fue Alan García. Dos veces presidente, la primera vez como un líder nacionalista de izquierda que fundió a su país y lo dejó envuelto en un espiral de violencia terrorista y corrupción. La segunda, como un político pragmático, que aplicó medidas económicas sensatas, y se enfrentó a la ola de líderes de izquierda, Chávez, Kirchner, Lula, Correa, que estaba en su cenit en ese tiempo.

Dos recuerdos personales marcaron al autor en relación a García. El primero cuando apenas empezaba a tener alguna idea de lo que era la política, y vio el nivel de excitación que generaba en su padre la llegada del por entonces presidente más joven de la región, que venía para la ceremonia de asunción de Sanguinetti en 1985. García era una aplanadora, y le robó buena parte del protagonismo al mismísimo Fidel como representante de una izquierda nacionalista latinoamericana que no había sucumbido a los cantos de sirena del comunismo.

El segundo, cuando con Pancho Faig tuvimos la chance de charlar un par de horas con García en su estudio en Lima para un libro que estábamos armando. Antes de la reunión, el amigo Mario Cortijo, entonces editor del diario El Comercio de Lima, nos dio una advertencia similar a la del inicio. "Ojo, que si lo dejás hablar, te convence". ¡Y vaya si lo hizo!

Sabía tocar las teclas de cada interlocutor como un concertista de piano. Un minuto te estaba contando de cuando Fidel Castro les cocinó un cochinillo a él y a Khadafi durante un evento en Zimbabwe, al otro te narraba su encuentro con Perón en Madrid, o te explicaba el impacto de Confucio en el crecimiento chino.

Pero García era un líder del siglo XX, que no supo o no pudo adaptarse al mundo actual. Un mundo donde la sociedad parece buscar más bien gerentes que estadistas. Donde la gente opta por liderazgos opacos, pequeños, casi burocráticos, y huye de las grandes figuras, con planteos universalistas y pasionales. Basta ver la distancia entre Alan García y Kuczynski, por ejemplo. O entre Wilson Ferreira y cualquiera de los precandidatos actuales del Partido Nacional. Tal vez por eso sea doblemente sorprendente el regreso a la primera línea política de una figura como Sanguinetti.

¡Cuidado! Tampoco es esto un alegato romántico en defensa de ese tipo de figura. La historia del Perú bajo García fue bastante espantosa, las herencias dejadas por ese tipo de dirigente han sido en general negativas, y si hay algo que rescatar como positivo del tiempo actual es que las sociedades no parecen proclives como antes a perdonar pecados de honestidad a un político, por el hecho de dar lindos discursos. De hecho, la decisión de Alan García de pegarse un tiro antes que ir preso, (tan ajustada a su figura "garciamarquezca") que en otros tiempos hubiera lavado buena parte de sus pecados, parece haber tenido menos impacto de lo esperado entre los peruanos.

Ahora bien ¿tenemos claro cuál es el tipo de líder que queremos, ya por terminar la segunda década del siglo XXI? A nivel global vemos la carencia de liderazgo que existe a nivel político, con dirigentes como Trump, Theresa May, Pedro Sánchez, Macri, Bolsonaro... Figuras que parecen ser reflejos de los costados más oscuros de sus sociedades, y que dan imagen de ser conducidos más que de conducir. O caricaturas como Cristina Kirchner o López Obrador, que presentan todos los vicios de los viejos liderazgos del siglo XX y ninguna de sus virtudes.

Pero mientras nos adentramos en el año electoral, y vemos prosperar a figuras como Juan Sartori, Carolina Cosse, Daniel Martínez... No es por ser hipercríticos, pero Mujica parece De Gaulle al lado de Cosse. ¿Será que va por ahí la co-sa? ¿Será que los líderes del futuro serán gerentes descafeinados cuya principal virtud sea esquivar las definiciones importantes y tener sonrisa perenne? ¿Será solo una fase y volveremos a ver figuras capaces de movilizar a la gente con sus palabras, aunque a veces nos embarquen en aventuras peligrosas? ¿Alguna vez lograremos hacer una síntesis?

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