Martín Aguirre
Martín Aguirre

El mito interminable

Maracaná está rodeado de leyendas. Están las de los brasileños, sobre cómo el golero Barbosa habría comprado los palos del arco para quemarlos en alguna ceremonia exótica como forma de exorcizar su derrota. O el de la camiseta blanca, enterrada para siempre por Brasil después de aquel partido, lo que habilitó el nacimiento de la “verdeamarela”.

Maracaná está rodeado de leyendas. Están las de los brasileños, sobre cómo el golero Barbosa habría comprado los palos del arco para quemarlos en alguna ceremonia exótica como forma de exorcizar su derrota. O el de la camiseta blanca, enterrada para siempre por Brasil después de aquel partido, lo que habilitó el nacimiento de la “verdeamarela”.

Claro que los uruguayos no se quedan atrás. Se han construido una montaña de mitos en torno a la mayor victoria lograda en un deporte que, como se ha dicho hasta el cansancio, juega el rol de identificación nacional que en otros países cumplen las batallas épicas, o incluso la religión. Los episodios de Obdulio Varela, dentro y fuera de la cancha, la relación conflictiva con una dirigencia que no habría creído en sus posibilidades, aquello de que la FIFA ya tenía todo armado para darle la copa a Brasil. Es todo tan perfecto, que osar poner en duda alguno de esos dogmas se vuelve casi un pecado antinacional.

Pero hay generaciones para las cuales ese mito se ha vuelto una carga. Por ejemplo el día de la muerte de Ghiggia, la noticia cayó como una bomba en plena reunión de portada en la redacción de El País. En medio del caos siguiente, con corridas a actualizar la web, a revolver el archivo de fotos, llamadas a figuras ineludibles, se escuchó la voz deun editor: “bueno, a ver si ahora enterramos esto y miramos para adelante”.

Curiosamente en medio de un momento tan significativo, esas palabras lograron un casi imposible consenso en el ambiente. Y, cabe aclararlo, no venían precisamente de un insolente veinteañero deseoso de enterrar todo lo que no tenga aroma a flamante.

¿Por qué algo que no es más que una hermosa victoria deportiva se vuelve una carga para una sociedad? ¿Cómo logra generar ese peso abrumador en la conciencia de un pueblo? ¿A qué se debe que alguien que nació al menos una década después del Maracanazo siente que es hora de enterrar el episodio?

Esto no es más que una teoría del autor, pero tal vez no se deba al hecho en sí, que siempre genera una hinchazón de orgullo cuando aparece en la charla (más aún si hay algún extranjero de por medio), sino al uso que se ha dado a este mito fundacional del país, con un marcado interés político.

Es que, sobre todo en estos años, el tema Maracaná ha sido usado por algunos como frutilla de torta para propagar otro mito mayor. El del país idílico de los ‘50, el de las vacas gordas, el de la Suiza de América, el del “como el Uruguay no hay”.

Se trata de un enfoque nada inocente que genera la idealización de aquel país supuestamente perfecto, con un Estado omnipresente, con una industria pujante en base a las transferencias del sector agropecuario y a la sustitución de importaciones, y con empresas públicas que dominaban la economía nacional. De hecho Gerardo Caetano lo decía claro ayer mismo en El País al afirmar que en los ‘50 Uruguay “no era tan rico, pero era más igualitario”.

La apreciación no tendría nada de malo si no fuera por dos cosas. Por una lado, que existe una corriente nada discreta que pretende asociar las políticas de aquellos tiempos, a esta “era frenteamplista”, coincidiendo con otro momento de prosperidad, en buena parte causada por una coyuntura externa positiva. Lo que en aquel entonces era la avidez de nuestros productos post Segunda Guerra Mundial, hoy es el despegue chino.

Por otro lado, que ese Uruguay idílico de los ‘50, del “neobatllismo”, no parece haber sido tan perfecto como se pinta. Estuvo tan lleno de contradicciones, agudizó tanto algunos de nuestros problemas como el divorcio entre campo y ciudad, el peso del aparato público, un tejido industrial casi artificial, la soberbia infundada a la hora de mirar al resto del mundo, que por algo ya en el ‘58 se produce la primera victoria blanca en casi un siglo. Y, poco después, comenzarían los conflictos sociales, la violencia guerrillera, y todo lo que ya se sabe de sobra.

Hablando de esa soberbia infundada a la hora de mirar el mundo, esta misma semana hubo un hecho que mostró que la herencia de esos tiempos está lejos de ser enterrada junto con Don Alcides. Nada menos que el rector de la Universidad, se lanzó con furia a criticar el acuerdo entre el Plan Ceibal y Google, con argumentos al filo de la ciencia ficción. Roberto Markarian dijo cosas como que “me niego a que los chinos vengan a decirme cómo tengo que enseñar”. “Defendemos ser uruguayos y que el conocimiento que le enseñamos a los jóvenes que están acá alrededor sea formado por uruguayos”. “Se necesita que el sistema educativo sea controlado por los patrones nacionales”. Solo faltó gritar “Uruguay nomá”, y proponer darle un honoris causa a Julio Toyos.

Los mitos, está claro, son bastante más perdurables y difíciles de enterrar que la vida humana.

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