Martín Aguirre
Martín Aguirre

El ministro, la ética y los cucos

La noticia que sacudió el clima político en estos días fue el arresto de la actual pareja del ministro designado de Educación, Pablo Da Silveira. Toda la situación fue como una muestra en pequeño de lo que tenemos por delante en materia de debate público, por lo cual amerita una reflexión.

Para empezar, a nadie escapa que Da Silveira es columnista y amigo de la casa. Además de uno de los técnicos más capaces para encabezar el proceso de reformas que se viene en la educación nacional, para lo cual la mayoría de los uruguayos votaron el cambio de gobierno. Nada de lo informado estos días, roza ni su honestidad ni su legitimidad para encabezar ese proceso. No está de moda en estos días de redes, pero analicemos el caso con frialdad.

Da Silveira tiene una relación hace unos meses con una persona. Esa persona fue detenida a pedido de un fiscal de Panamá, por figurar como autoridad de una sociedad que pudo haber sido usada por la empresa Odebrecht para canalizar pagos ilegales a hijos del expresidente de aquel país.

Vale recordar que Odebrecht es una empresa brasileña, que fue eje del plan orquestado durante el gobierno de Lula da Silva, y por el cual varias constructoras financiaron pagos en negro a políticos de toda la región, a cambio de millonarios contratos en obras públicas. Un escándalo que llevó a la cárcel a políticos en todo el continente. En Uruguay no hubo participación de Odebrecht, pero sí de la otra gran empresa involucrada en esto, OAS, adjudicataria de las obras fallidas de la regasificadora.

Volviendo a Da Silveira y a su reciente pareja, la situación es compleja porque el pedido de detención llegado de Panamá no brinda mayores detalles. La defensa de la implicada afirma que no tiene vinculación con la empresa. Y que lo que puede pasar es que quienes la usaron para mover fondos ilegales, hayan comprado una sociedad creada en Uruguay, donde podía figurar el nombre de la acusada, y nunca haber cambiado las autoridades de la misma.

Como se ve, la responsabilidad objetiva de la acusada es algo todavía difuso, y la de Da Silveira, nula. A menos que usted crea que es normal que alguien cuando empieza a salir con una persona, le haga un interrogatorio de luz en la cara sobre su actividad profesional en la última década. Si usáramos ese paradigma para juzgar cosas para atrás...

Desde el Frente Amplio han salido dos tipos de críticas. Una concreta, de que Da Silveira no debería asumir su cargo por implicancias que podrían surgir de un rol que, aseguran, el tratado de extradición con Panamá otorgaría al ministerio de Educación. Esto es absurdo, ya que las extradiciones las decide la Corte, y si la Fiscalía tiene alguna intervención formal, su autonomía técnica la blinda de cualquier influencia. Al menos eso es lo que nos ha dicho el mismo gobierno saliente cuando alguien ha criticado el rol fiscal en casos como Ancap o Amodio Pérez.

La crítica más conceptual es que esto mostraría que el gobierno entrante está a favor, o no sería tan crítico con delitos como la evasión o el lavado. Y se suele meter en el cocktail toda la chorrera de resentimiento sobre que son delitos de “ricos”, y que por eso no molestarían tanto. Una voz que apeló a esto fue el conocido conductor de Masterchef, Diego González, que sugerentemente se preguntaba estos días por qué le daban prisión domiciliaria a la acusada.

La realidad, es que los delitos financieros o de “cuello blanco”, son perseguidos con menos rigor que otros, porque no implican violencia. Suelen tener penas bajas, incluso demasiado bajas a criterio de este periodista, por eso mismo. Vale decir que estas nunca fueron modificadas en los 15 años de gobierno del FA, que incluso en las últimas horas antes de irse hizo menos gravosa la condena por defraudación, que deja de ser “de interés público”.

Pero desde el Olimpo de la pureza desde el que suelen ver todo algunas personas, cualquiera que aspire a respetar los derechos individuales o a poner límites al estado en su injerencia en la vida de la gente, se convierte de inmediato en un apologista de la evasión. Una visión idéntica a la del “facho” que dice “si no hiciste nada malo, no tenés que preocuparte de que te allanen la casa de noche o te pidan la cédula en la calle”.

Para cerrar, un agradecimiento. Porque el colega Gabriel Pereyra, siempre un faro de empatía y modestia, nos dedicó (no por primera vez) alguna sugerencia ética acerca de nuestro trabajo en El País. Se trata de alguien con experiencia, ya que durante los últimos 10 años alternó su intachable rol periodístico, con la vocería oficiosa del ministerio del Interior y la Policía. Y más allá de los números que deja el “mejor ministro de la historia”, salvo tal vez algún caso como el del contenedor con 4 toneladas de cocaína que pasó bajo las narices de sus amigos, y sobre el cual insistió contra toda evidencia que había sido cargado en Brasil, no se recuerdan demasiados papelones. Nadie es perfecto. Así que muchas gracias, y tomamos nota.

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