Martín Aguirre
Martín Aguirre

El miedo y las formas

Esta semana, la campaña electoral entró en una nueva fase. Una fase más dura y confrontativa, por un lado. Pero también más básica, más panfletaria, y llena de consignas huecas.

Sobre lo primero, tal vez tenga que ver con el debate, que todo el mundo acuerda fue más favorable a Lacalle Pou. Aunque en defensa de Martínez vale señalar que cualquiera que haya tenido la chance de charlar con él un rato, sabía que era una instancia muy desfavorable para alguien que no tiene una “labia” afinada, ni nada que se le parezca. El hecho de que igual haya aceptado el choque, habla bien del candidato.

Pero del debate ya se ha comentado hasta el cansancio. Acá queríamos hablar de otra cosa, y es del tema que venía bastante callado, y resurgió en la últimas horas: la reforma constitucional de “vivir sin miedo”. A partir de ayer se pudo empezar a ver una propaganda de la lista 2004, que se centra en ese tema, reivindicando la paternidad a prueba de críticas y ataques, que Jorge Larrañaga tiene sobre la misma. Vale señalar que según las últimas encuestas, un 62% de los votantes apoyaría la propuesta. Y esta misma semana, un grupo de músicos difundió un tema dedicado a criticar la reforma, con el conocido estribillo de que “el miedo no es la forma”.

Dos aclaraciones rápidas: este periodista no firmó por la reforma, no tanto por estar en contra de sus postulados básicos, todos discutibles y nada estrafalarios, sino porque no cree en esa manía de meter cualquier cosa en la Constitución. Que debería mantenerse como el conjunto de reglas básicas y estables que regulen nuestra convivencia. La segunda, hay gente vinculada a este movimiento contrario por la cual el autor tiene respeto y aprecio, por lo que intentará esterilizarse de ironía. Algo que, leyendo la letra de este tema antirreforma, resulta bastante difícil.

“Militares a la calle / represión a toda hora / si ponés la papeleta /condenás generaciones”, arranca la canción. Esto es muy cuestionable. Primero porque los militares no saldrían a la calle en ese rol ni con esas potestades. Pero, sobre todo, porque ya van muchas generaciones que están siendo condenadas por vivir en zonas con tasas de homicidios salvadoreñas. ¿No lo saben quienes escribieron eso?

“Hablemos de inclusión, empatía, igualdad / quien es ese que te roba / Si tiene frío, hambre, techo”. Acá entramos en una concepción del derecho penal o de la seguridad pública que es muy linda y compartible, pero peca de ingenua. Las violencia criminal no tiene vinculación directa con las necesidades materiales, y eso es algo recontra estudiado. Por no señalar que ningún país logró reducir la delincuencia solo dando apoyo emocional a los criminales. Y esto dicho por alguien extremadamente garantista. Pero no gil.

“No solo mirar mi ombligo / y perpetuar el rechazo / hay alguien que recibe / y siente tu odio acumulado”. Si hay algo que atraviesa este discurso (durante varias partes machaca con un “que no te mientan”) es ese maniqueísmo de buenos y malos que no lleva a ningún lado. Vivimos en el país más socialmente consciente del planeta. Solo así se explica que con las cifras de delitos violentos que tenemos, no haya movidas mucho más duras de respuesta al delito, a nivel individual o político. Como dice la canción “mire los países de acá al lado”. Y de no tan cerca también. Entonces ¿qué es ese discurso de que hay unos malosos que quieren esparcir su odio, y que ellos son los buenos y comprensivos? ¿Hay sociedades mucho más comprensivas que la uruguaya en este tema?

“Paremos el consumo enfermizo y desigual / por qué unos tienen tanto, y otros ni para empezar”. Ta, este concepto marxista-mujiquista de manual sería para profundizar mucho. Si no fuera porque en un país con el costo de vida de Uruguay, y el más igualitario del continente (desde siempre, no de estos 15 años), francamente hablar del consumo desbocado y de la desigualdad lacerante, es una tomadura de pelo. Dejémoslo ahí.

Hay un dato irrefutable de la realidad que la gente empeñada en este discurso no parece terminar de aceptar: tenemos cifras de criminalidad absolutamente inaceptables. Y la gente lleva años conviviendo con dosis de violencia que no tienen ninguna justificación ni en los datos de pobreza ni de desigualdad. A esto hay que sumar que llevamos 15 años de gobiernos embanderados con la visión más supuestamente humanitaria de la aplicación de la ley. ¿El resultado? Malo, muy malo.

La democracia funciona cuando los dirigentes políticos logran canalizar las inquietudes populares de manera institucional. Y eso es lo que hizo Larrañaga con su propuesta, nos guste mucho, más o menos o nada. Discutir sus argumentos y propuestas es muy válido. Apelar al maniqueísmo, a dividir entre buenos y malos, o a subestimar la inteligencia de la gente, no aporta. Si ese es el discurso de los sectores más cultivados e intelectuales, va a ser difícil después enojarse con los que no tienen esas ventajas, y piden mano dura a cualquier precio.

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