Martín Aguirre
Martín Aguirre

El mérito y la desgracia

El verano se presta para dejar de lado los fragores cotidianos de la política, y apuntar a debates algo más elevados.

Y eso intentaremos hacer estas semanas, arrancando con un tema que ha estado mucho en agenda: el mérito personal como herramienta de ascenso social, en contraposición a la solidaridad y el espíritu colaborativo.

Hace pocos días el amigo Álvaro Ahunchain abordó el tema en una columna de El País, a raíz de la polémica entre dos figuras de la TV como Alberto Sonsol y Rafael Cotelo, que se enfrascaron en un feroz debate sobre las oportunidades, el esfuerzo, y la “cuna de oro”. Pero el tema ha estado sobre la mesa con más frecuencia en estas fechas.

Varias figuras del gobierno saliente han criticado a la “meritocracia”, como eje articulador de la sociedad. Aunque nadie fue tan explícito como el nuevo presidente argentino, Alberto Fernández, que en su mensaje de inauguración dijo que “a la meritocracia y al individualismo, le vamos a imponer la solidaridad”. Imponer...

Para empezar habría que definir el concepto. La meritocracia sería un sistema de jerarquización social que no se basa en la raza, en la riqueza, en la posición social u otros factores exógenos, sino en el esfuerzo personal y en la excelencia. En Uruguay, pequeño detalle que algunos parecen olvidar, este es el criterio que define la Constitución, cuando en su artículo 8 dice que “todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”.

¿Quién podría objetar un ideal de este tipo? Al parecer, mucha gente. Aunque a poco que se profundiza, se verá que se hace de manera un tanto liviana. Por ejemplo, la primer crítica que enfrenta este concepto es que está lleno de gente que se esfuerza, pero que no logra prosperar. Se trata de una crítica injusta, ya que como toda creación humana, está llena de defectos e imperfecciones. Pero una forma interesante de analizarlo es en base a proporciones. Pacíficamente podríamos decir que el país que implementa una meritocracia más pura sería EE.UU.. Y cualquiera que conozca el país o haya vivido allí podrá dar fe de que alguien que se esfuerza o tiene un talento descollante tiene casi asegurado, si no millones, al menos una vida confortable.

En el otro extremo podríamos mencionar a Cuba. Sí, qué aburrido, Cuba, pero ta. Cualquiera que haya hablado con alguien que vivió allí podrá dar fe que trabajar más horas, o esforzarse por ser el mejor en la propia disciplina, muy raramente pagará desde el punto de vista económico o social.

Lo curioso es que quienes critican las imperfecciones del sistema capitalista, suelen omitir las del socialismo. Por ejemplo, en Cuba, un deportista laureado, o un jerarca del régimen, no viven la misma vida que un cubano de a pie. Nadie discutirá que en proporción se ajusta bastante más al ideal de justicia ante el esfuerzo lo que pasa en EE.UU. que lo que pasa en Cuba.

Y el que no lo crea, puede preguntarle a los oftalmólogos cubanos que se quedaron en Uruguay. Tal vez tenga que ver con aquello de que “nadie se levanta a las 5 de la mañana para ordeñar una vaca del estado”. Pero son más exitosas en lo material, y generan convivencia más saludable las sociedades que apuntan a la excelencia como clave para el éxito.

Hay otro tema de fondo que vuelve esta discusión un tanto absurda. Y es que organizar una sociedad con el mérito o el individuo como eje, no significa que se desprecie la solidaridad o que se prohíba la colaboración. Ocurre que estas dos cosas tan positivas, serán resorte de los propios individuos de organizarlas, en vez de ser “impuestas” por un burócrata. De hecho, estos países son aquellos donde prospera el voluntariado, por ejemplo. A la inversa no se da lo mismo, porque cuando la sociedad se organiza desde el grupo, el individuo siempre termina aplastado.

Por último, hay un elemento que los enemigos del mérito no suelen mencionar. ¿Cual sería la alternativa? Porque si la distribución de riqueza y honores no se hace en función del esfuerzo y la excelencia, se tiene que hacer por algún otro criterio. ¿Cual sería? Todo otro esquema implica que alguien debe definir quién es el merecedor de esas ventajas, y quién no. Lo que se ve en los países que desprecian el mérito, quien define ganadores y perdedores es una burocracia estatal, cuya fórmula para el progreso tiene que ver con el trabajo político, con el compromiso y hasta el fanatismo ideológico. Divino Alberto Fernández, pero ¿alguien puede creer en serio que el problema que tiene a Argentina en la miseria es el individualismo y la apuesta al mérito? O será que la plata que de allí se escapa, lo hace porque se le saca al que se esfuerza una cantidad desproporcionada que termina destinada a la corrupción y a un asistencialismo que nunca es suficiente.

Si dejamos de lado visiones idealistas y utópicas, ¿qué sociedades han logrado mayores niveles de prosperidad, de calidad de vida para todos sus ciudadanos? O, dicho de otra manera, si a usted le tocara venir al mundo en un hogar con mínimos niveles de riqueza, ¿en qué país preferiría nacer?

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