Martín Aguirre
Martín Aguirre

El mérito y las alternativas

El mérito ha sido el estandarte en torno al cual se han organizado las sociedades liberales de los últimos siglos.

La Constitución lo dice de manera contundente: “Todas las personas son iguales ante la ley no reconociéndose otra distinción entre ellas sino la de los talentos o las virtudes”. Esto, que parece tan obvio para muchos, no ha sido tan unánime a lo largo de la historia.

De hecho, en los últimos años vuelve a crecer una visión que desmerece el mérito como elemento aspiracional de organización social. Lo hemos sentido de parte de políticos argentinos, que con su habitual exuberancia discursiva y carencia de profundidad, han acusado al mérito de ser una especie de engaño neoliberal que se usaría para mantener a las masas convencidas de que su pauperizado lugar en la sociedad es todo a lo que podían aspirar. Y para darle a los “privilegiados” un confort moral con el que sobrellevar el sentido de culpa por su estatus.

Como siempre, hay en Uruguay gente dispuesta a copiar lo peor de los vecinos, y se han escuchado cosas semejantes de parte de dirigentes sindicales, o de grupos como el PCU o el MPP. Pero en los últimos días surgió un intercambio interesante en las redes sociales (no todo allí son “fake news” descartables), entre algunos economistas. El buen amigo Alejandro Cid de la UM, siempre preocupado por los temas sociales, compartió un estudio de la Universidad de Chicago que concluía que los niños de estratos con ingresos más altos eran más inteligentes, pacientes y prudentes. “Estas disparidades se explican por la poca inversión de padres en sus hijos. Si mejora la crianza, se logra romper inmovilidad social de los más pobres.”

Otro amigo, el economista Sebastián Fleitas argumentaba que “esta evidencia apunta a que la meritocracia solo podría ser justa si logramos asegurar ex-ante la igualdad de oportunidades. Y en la sociedad actual, en Uruguay y el mundo, esto no es verdad, no es lo mismo ser hombre o mujer, tener la piel de un color o de otro”.

Lo que dice Sebastián es muy real, y de hecho tiene un mérito (guiñada): centra el debate en procurar una mayor igualdad de oportunidades, no de resultados finales, que es el concepto inhumano que tanto defendió y defienden los partidarios del socialismo real.

Ahora bien, en Uruguay parece haber unanimidad en que es clave generar la mayor igualdad posible en el punto de partida. El debate, en todo caso, gira en torno a cómo lograrlo.

Pero el desmerecer al mérito como elemento articulador en una sociedad implica peligros serios.

El primer peligro es que si uno, para aspirar a una meritocracia, requiere antes haber alcanzado una absoluta igualdad de oportunidades, no llegará nunca. Porque incluso en el caso de hermanos criados en el mismo hogar, siempre hay diferencias. Por motivos aún insondables, hay un hermano que es bueno para las matemáticas o el fútbol, y otro para la enfermería o el periodismo. ¿Tendrían hoy las mismas oportunidades de progreso material?

Asumiendo que esa igualdad de base también es imposible, ¿cuándo sería el momento en que podríamos apelar a la meritocracia? Si uno mira 200 o 300 años atrás (un segundo en valores históricos), nadie dudaría que vivimos en sociedades mucho más justas e iguales. Es verdad que todavía no es lo mismo ser hombre, mujer, o tener la piel de un color u otro, pero si comparamos con lo que pasaba hace casi nada estamos muchísimo mejor. ¿Y cómo llegamos a esa mejoría si no fue por defender que no debe haber más diferencias que el mérito?

Pero el segundo peligro es el más bravo. Viene de pensar cuál sería la alternativa para organizar la sociedad hasta lograr ese ideal al que se nos pide llegar “ex ante”. La opción que nos ofrecen quienes desconfían de la meritocracia es que sea el Estado el que defina lo que merece cada uno. Con todo respeto, la experiencia no nos genera mucha ilusión. Y no hablamos de los sistema socialistas totales, ni siquiera de los corporativos cuasi fascistas de algún país del entorno.

Alcanza con ver los sueldos en el Estado uruguayo. ¿Es justo que gane mucho más un funcionario base del Palacio Legislativo o de una empresa pública, que un policía o un enfermero? Eso no lo define ni el mercado ni el mérito, sino la capacidad de presión sobre quienes en una burocracia tienen poder de decisión. Claramente, no asegura mejores resultados.

Por último, hay una crítica a la meritocracia que es muy injusta. Porque suele provenir de gente con ideas más socialistas, a quienes cuando se le pide que definan quién logró imponer eso con éxito, suelen argumentar con tono poético que el socialismo es como el horizonte: una línea que se aleja a medida que uno se acerca. Lo mismo podría decirse de la meritocracia, con la diferencia que mientras que, incluso con sus defectos, este paradigma ha logrado avances tremendos en calidad de vida de la gente, las otras opciones ensayadas no solo han dado peores resultados. Han sido trágicas.

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