Martín Aguirre
Martín Aguirre

Malabaristas somos todos

Tarifas, laicidad, dólar, nepotismo.

Todos temas que estuvieron sobre la mesa esta primera semana de gobierno “multicolor”. Pero la sensación de que vivimos en la Austria de los años 30, con las hordas nazis represivas tomando el país que han buscado imponer ciertas figuras políticas y mediáticas, nos obligan a enfocarnos en esta urgencia social impostergable.

“Arma larga policial contra malabaristas”, era la tapa de La Diaria de ayer. Celsa Puente, ex jerarca de la Educación, lo decía con todas las letras: “Ser Joven y pobre no es un delito. Ser artista callejero tampoco lo es. ¿Esta es la seguridad de la que hablaron?”. “Pelotitas de colores versus un rifle”, decía el ocurrente comunicador Diego González. Y otro colega suyo del canal estatal, Gonzalo Delgado ironizaba “Ahora sí, me siento muuucho más seguro”.

Estos comentarios tenían como centro un operativo policial en una plaza de San José, en el cual un grupo de oficiales detuvieron a un malabarista argentino, que portaba dos machetes y que protagonizaba una riña. Según se informó, un policía empuñaba un arma larga cargada con munición no letal durante el operativo.

El hecho en sí es una anécdota. El trasfondo es que el nuevo ministro del Interior, Jorge Larrañaga, dio orden a los jefes de Policía de todo el país que salgan a “marcar la cancha” con operativos masivos que buscan “retomar” el control de los espacios públicos, y dar la ineludible sensación de cambio de actitud de la autoridad pública. De que “se terminó el recreo”. Al ser consultado por esto, Larrañaga dijo “estamos haciendo lo que no se hizo en 15 años”.

El tema del espacio público, y su transformación en un ambiente hostil, degradado, sobre todo para los más débiles, ha sido planteado en este espacio en varias notas. Y cualquiera que haya vivido en este país los últimos años tiene historias personales que contar al respecto. Aunque quienes trabajamos en el Centro de la capital y la caminamos de noche por estas calles perfumadas con el olor del orín, la pasta base, el paraguayo reseco, y musicalizadas con el constante mangazo y gritos de pelea, tenemos algunos privilegios

No deja de sonar bastante falluto el escuchar a gente de 30 años y buen pasar, que cualquier ejercicio de autoridad pública es un abuso fascista. Para alguien así, el hecho de que un señor le pida plata con tono frenético, mientras lanza machetes por el aire podrá parecerle una simpática exhibición de arte alternativo. Pero no debería sorprender que a una señora de 65 que cruza esa esquina 5 veces al día, llegue un momento que todo eso le paspe las posaderas. ¿No tiene derecho a circular sin sentir este acoso? ¿Está tan mal el país en lo económico y social que debemos resignarnos a convivir con esta institucionalización de la mendicidad abusiva?

Lo que los indignados representantes de la sensibilidad progresista no parecen querer asumir son dos cosas. Primero que el rol de la Policía, de que en un estado de derecho haya una institución encargada de imponer una autoridad legítima por la fuerza, es para dar garantías a los más débiles. Los poderosos siempre se las pueden arreglar solos. Lo segundo, que si algo motivó a mucha gente a dejar de votar al Frente Amplio fue esa sensación de que la convivencia social se había vuelto un relajo. Alcanza con mirar cualquier encuesta.

O, alcanza con hablar con algún nativo de San José. Porque, aunque parezca mentira, la gente que vive fuera de Palermo, Malvín o Parque Rodó, también se puede expresar en un castellano aceptable. La sensación de alivio que transmite la gente de allí ante el cambio de actitud policial, y las historias acerca de lo insalubre que se había vuelto la convivencia con estas formas de “intervención” callejera, es implacable.

Lo interesante de este fenómeno de histeria colectiva que están mostrando algunos dirigentes y militantes del Frente Amplio en esta primera semana de nuevo gobierno es que coloca a esa coalición ante una disyuntiva muy peligrosa. Por un lado, este furor, esta canalización del dolor hacia una indignación impostada, impide un análisis meditado de las razones de la derrota electoral. Por otro, hace acordar a esos equipos chicos que llegaban al estadio a jugar con Peñarol o Nacional y salían a atacarlos como locos en los primeros 5 minutos de partido. La mayoría de las veces, el impulso era insostenible y se comían 3 goles en el segundo tiempo.

Por último, no parece reconocer que la mayoría de la gente votó un cambio, principalmente en materia de ejercicio de la autoridad pública. Indignarse, tirar piedras, vestirse de paladín moral, cuando tu partido gobernó 15 años y fue incapaz de dar soluciones acordes a este tema, solo va a profundizar el divorcio con un sector creciente de la sociedad. Que está podrida de que cuatro barbudos cómodos, y alguna señora con la mirada enturbiada por el “muro de yerba”, les den lecciones de moral, cuando han perdido el derecho básico de caminar por la calle en paz.

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