Martín Aguirre
Martín Aguirre

Una locura colectiva

Tal vez no sea el mejor momento. En medio del furor mundialista, y con la emoción a flor de piel tras el partido de Uruguay, no parece recomendable plantearse análisis sociales muy profundos, ni el ambiente está como para espasmos de autocrítica serena. Pero el fenómeno colectivo desatado por la expulsión de Luis Suárez del Mundial de fútbol, merece un comentario con algo lo más parecido posible a una cabeza fría.

Tal vez no sea el mejor momento. En medio del furor mundialista, y con la emoción a flor de piel tras el partido de Uruguay, no parece recomendable plantearse análisis sociales muy profundos, ni el ambiente está como para espasmos de autocrítica serena. Pero el fenómeno colectivo desatado por la expulsión de Luis Suárez del Mundial de fútbol, merece un comentario con algo lo más parecido posible a una cabeza fría.

Muy pocas veces en las casi cuatro décadas de observación personal de quien esto escribe, se había dado un estallido social de estas características. Tal vez a la salida de la dictadura, de cuyo inicio se cumplieron esta semana 41 años (algo de lo que algunos apenas se acordaron mientras cambiaba de un canal deportivo a otro). Un estallido que mezcló dosis de orgullo nacional herido, patriotismo exacerbado, un poco de paranoia conspirativa, y ese fanatismo irracional que solo el fútbol es capaz de generar en el uruguayo. Por suerte.

"Yo pensaba que Uruguay era un país tranquilo, pero esto...". Así comenzaba el diálogo con un periodista español destacado desde hace unos meses en el país. Al mismo se le hacía imposible entender el grado de indignación popular por el caso Suárez, y osaba preguntar "¿pero... de veras creen que no hizo nada malo?". Una mirada por la cobertura de los medios internacionales permitía ver replicada la misma pregunta. ¿"A ningún uruguayo se le ocurre pensar que Suárez con su actitud perjudicó la chance de sus compañeros y de su país en la Copa?", decía un comentarista de un diario inglés. Una incomprensión que tal vez permite explicar, por ejemplo, el comentario del usualmente centrado analista Andrés Oppenheimer, al preguntarse si la decisión de un diario uruguayo de entregar un póster de Luis Suárez sería "apología del delito".

Es que si para un uruguayo a veces es difícil entender la relación pasional de este país con el fútbol, para muchos extranjeros resulta imposible. ¿Cómo explicar que cientos de personas, entre ellos el Presidente de la República, desafiaran el frío invernal para esperar al jugador en el aeropuerto? ¿Que los periodistas uruguayos terminaran aplaudiendo una conferencia de prensa sin preguntas del técnico Tabárez? ¿Que todo un país se haya movilizado por esto como si estuviera al borde de una guerra?

El primer intento de explicación viene por el lado del rol que el fútbol ha jugado en la creación imaginaria de la identidad nacional. Un rol que en otras sociedades lo ha jugado la religión, la historia bélica, incluso la raza. Acá todos los mitos que monopolizan las charlas de los abuelos con sus nietos pasan siempre por la pelota. Y no cualquier mito. Si se analiza con cuidado, se observa que la mayoría de los protagonistas de estos hechos heroicos no son los grandes virtuosos, sino los sufridos, los que jugaban más con el corazón que con el cerebro. Por algo para todo uruguayo es más ídolo Paolo Montero que Francescoli, Obdulio que Schiaffino.

Pero esto sigue siendo insuficiente. Por lo que se puede ensayar una segunda explicación, el sentimiento de autodefensa de un país chico ante entidades superiores y poderosas. Algo que lleva a una unión nacional sin fisuras cuando un integrante del colectivo se ve agredido por estos intereses. También se puede señalar que esta selección en particular, con sus éxitos resonantes tras décadas de frustraciones, ha generado una empatía con el "nuevo uruguayo", que siente que cualquier cosa que toque a la misma, es un agravio por elevación a todo el país. Lo cual se potencia cuando aparece una sanción tan humillante como la que forzó a Suárez a abandonar el Mundial, y a sus compañeros casi como si fuera un terrorista.

De todas formas, la explicación sigue sonando a poco. ¿Habría generado este nivel de locura si la sanción hubiera golpeado a otro jugador que no fuera Suárez? La respuesta es un casi seguro no. Y es llamativo, porque más allá de ser hoy el jugador uruguayo más cotizado, no parece Suárez una figura con un carisma tan sobrenatural, con un discurso muy especial, ni con unas actitudes fuera de la cancha muy distintas a las que puede mostrar la gran mayoría de los jugadores de fútbol de este país. Entonces ¿qué es lo que logra mostrar Suárez en su juego que lleva a que todo un país se sienta identificado con él? ¿Cuál es la cualidad del jugador que comulga de tal forma con el uruguayo? Difícil de decir. Pero lo seguro es que buena parte de los dirigentes políticos de Uruguay darían mucho por una pizca de la fórmula que Suárez parece haber encontrado.

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