Martín Aguirre
Martín Aguirre

El Jesús en la boca

Semana intensa en la “Tacita del Plata”. Fueron muchos los temas dignos de comentario, desde la guerra del INAU contra una novela turca, pasando por el interminable lío del fútbol, o la inmolación en directo del ministro Astori, quien en el informativo central de Canal 4 dijo convencido que no había motivo para investigar la regasificadora, y que no entendía cómo alguien podía estar enojado con el Gobierno por motivos económicos.

Semana intensa en la “Tacita del Plata”. Fueron muchos los temas dignos de comentario, desde la guerra del INAU contra una novela turca, pasando por el interminable lío del fútbol, o la inmolación en directo del ministro Astori, quien en el informativo central de Canal 4 dijo convencido que no había motivo para investigar la regasificadora, y que no entendía cómo alguien podía estar enojado con el Gobierno por motivos económicos.

Astori parece padecer lo que a esta altura podría definirse como el “síndrome Máximo Goñi”, en honor al relator que no entendía por qué había gente capaz de estar molesta con Tenfield. Si Astori no logra aceptar que haya gente enojada porque tras 10 años de esplendidez recaudadora, al primer frenazo el Gobierno sube los impuestos, el tema es grave. Y cuando se concrete el fierrazo impositivo en enero, ni le cuento.

Pero hablando de inmolaciones, el otro jerarca que camina por un pretil peligroso es el intendente capitalino Daniel Martínez quien en una descarnada entrevista con El Espectador, tiró fierrazos a diestra y siniestra. Entre otras perlitas sostuvo que por la falta de camiones de basura “de acá a fin de año vamos a andar con el Jesús en la boca”, afirmó que el boleto aquí es más barato que en las principales capitales europeas, que “es de Neanderthal andar en vehículo propio en el Centro”, y que “no hay ciudad que pueda bancar la cantidad de vehículos” que circulan acá.

Para rematar, se refirió al fenómeno de Uber, criticando que sus choferes “están violando reglas”, por lo cual “hemos sacado unas cuantas chapas y metido unas cuantas multas”, y que “a veces a los uruguayos nos falta tener un poco la camiseta uruguaya”, ya que desde que la empresa llegó a nuestro país la gente la “defiende” y “ataca a los taxis en general”.

Dejando de lado el tema de la basura, para lo cual tras un año y medio de gestión parece poco entendible que siga dando excusas, no se puede negar que hay aspectos en los que Martínez tiene algo de razón. Pero a poco que se escarba en el asunto, la queja del intendente se parece más a un desahogo que a una explicación aceptable.

Empecemos por el tránsito. Sí, en las principales ciudades europeas (no tanto en las estadounidenses) la gente no va en su auto al centro. Pero la contrapartida básica para que esto funcione es que haya un transporte público de calidad. ¿Ha visto Martínez como van los ómnibus entre las 16 y las 18? A menos que usted tenga vocación de sardina, si dispone de un coche, parece obvio que lo prefiera. Además, con el costo de la nafta y del estacionamiento en la capital, si la gente (que no es boba, aunque muchos lo crean), decide usar el auto, es porque la alternativa debe ser terrible.

Sobre el tránsito, la verdad es que no parece que Montevideo tenga un problema de exceso de autos, sino que el drama es que en las horas pico, las principales calles del centro están tapadas por proveedores, coches en doble fila, y balizas vitalicias. Sin embargo, en esas horas jamás se puede ver a un inspector ordenando, multando, o imponiendo criterio. Tal vez porque los inspectores están demasiado ocupados intentando cazar a los choferes de Uber.

Entramos así en el asunto más álgido. Parece poco sutil de parte de alguien inteligente como el intendente, subestimar a sus conciudadanos al punto de creer que el apoyo popular a esta empresa tenga que ver con falta de patriotismo. Más bien habría que analizar el motivo por el cual un pueblo tan progresista y solidario como el montevideano, capaz de votar por tres períodos al Frente Amplio pese a todo lo que está a la vista, se vuelca a favor de una corporación extranjera.

De nuevo, la gente no es tan boba como algunos gustan creer, y si eso ocurre debe ser por algo. ¿Qué tan terrible ha sido el servicio de taxi regular en estos años para generar esta reacción? ¿Qué tan grande ha sido la soberbia y la prepotencia de quienes lo han manejado?

Parecen preguntas evidentes. Y con un agregado: no se trata solo de una responsabilidad que quepa a los taxistas, patrones o choferes. El taxi es un servicio que ha pagado un canon municipal altísimo, y por ello la IMM ha sido cómplice todos estos años de su mal servicio y de su pésimo tratamiento a la población. Cuando se dice ahora de que se ha lanzado un reglamento para mejorar la higiene y la seguridad en los taxis, ¿no es eso reconocer que hasta ahora esas características brillaban por su ausencia? ¿Quién tiene la culpa?

El intendente Martínez es un profesional inteligente y capaz, que seguramente está canalizando frustración por una gestión que no está logrando encauzar como a él le gustaría. Pero antes de enojarse con la gente, mucha de la cual lo ha votado, debería hacer un ejercicio de introspección y asumir la responsabilidad que le cabe a su partido en el tema. Porque el “síndrome Goñi” puede ser aceptable en las reglas del fútbol local, pero en la política habría que ser más autocrítico.

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