Martín Aguirre
Martín Aguirre

Intendente y candidato

"Ya es claro que soy precandidato”. Con esta frase, el intendente de Montevideo, Daniel Martínez, confirmó lo que ya sabía todo el Uruguay, que buscará ser el reemplazo de Tabaré Vázquez en la presidencia de la República. La definición seguramente lleva paz al espíritu de muchos frentistas que creen que Martínez es la mejor carta para mantenerse en el poder. Ahora, no deja de resultar un golpe deprimente para el millón largo de montevideanos.

El asunto es así. Hace unos tres años Daniel Martínez logró el objetivo que la interna de su partido le había prohibido cinco antes y se convirtió en intendente. Lo hizo tras derrotar en su partido nada menos que a la actual vicepresidenta Topolansky y a todo el hasta ese momento invencible aparato del MPP. Su victoria llevó ilusión no solo a los frentistas.

Esto más que nada porque tras las gestiones previas de Ehrlich, Olivera, (y se podría sumar a esta lista de fracasos a la segunda gestión de Arana), la capital era tierra arrasada. La basura era una problema insoluble, igual que el tránsito, el transporte, las finanzas, las relaciones con Adeom, el estado de las calles, los asentamientos. La opinión generalizada de los montevideanos era que la cosa no daba para más.

Y por eso, la llegada de Martínez ilusionaba. Más allá de perfiles ideológicos, parecía una figura profesional, pragmática, con ideas frescas, suficientemente apartado de la cocina política mezquina que suele dominar su partido. Esa que, justamente, no le permitió llegar a la comuna 5 años antes. Desde este espacio, se abrió por entonces una carta de crédito al nuevo intendente como alguien que podía dar vuelta la pisada en esta ciudad en decadencia.

Nadie puede enojarse si hoy, tras pasar raya, el balance es poco edificante.

Como positivo, Martínez puede anotarse el haber saneado en cierta forma las arruinadas finanzas municipales, donde la gestión de Juan Volker ha sido sólida y generalmente reconocida. Aunque también colaboró en esto el frenesí de multas a precios exorbitantes que cobró la IMM gracias a las cámaras automáticas. Y ahora al aumento de las zonas de estacionamiento tarifado.

Pero por mucho que uno se esfuerza, no se puede ver algo más para resaltar en estos años de gestión. Tal vez algún tibio intento en el sistema de transporte público, pero que no ha cambiado seriamente la cosa.

Por otro lado la basura sigue siendo el mismo drama. El tema del tránsito más bien que se ha agravado, la relación con el sindicato sigue en la misma, los espacios públicos no muestran ningún cambio importante... Hasta el zoológico sigue cerrado, como nos hizo acordar esta semana la difusión del parte médico de la hipopótama Clorinda, que se encuentra con internación domiciliaria en Villa Dolores, aquejada por varios problemas achacables a su anciana edad.

En fin, tres años de gestión que, más allá de un tono más fresco y menos dogmático, no tiene mucho que exhibir.

La gran pregunta es: ¿podemos esperar grandes cambios ahora que Martínez va a buscar la Presidencia? La respuesta clara es no.

Si el intendente no logró torcer el brazo a Adeom en estos tres años, no va a pelearse ahora con el sector a la izquierda de su partido. Si no logró pegar un giro en el transporte, menos lo va a hacer ahora cuando eso seguramente implicaría un choque con el empresario que es un operador central en el Frente. Ni hablar de temas más ásperos como los asentamientos, obras como el dique Mauá, etc., etc.

Por el contrario, lo esperable es una dualidad nefasta entre gestiones sospechosas de usar recursos públicos para “visibilizar” al candidato, como esta de que TV Ciudad compre derechos del fútbol, o la catarata de festivales musicales. Y el frenético intento de mejorar algunas calles y plazas, que algún maledicente podría señalar que está destinado a habilitar el clásico corte de cinta, con foto sonriente de candidato.

Por todo esto lo mejor sería que Martínez renunciara lo antes posible. Lo que no pudo hacer en estos tres años, no lo va a hacer ahora mientras tiene la cabeza en otra cosa. Y, tal vez, alguien transitorio no tenga los compromisos o temores que lo frenen de hacer los sacudones profundos que requiere la capital.

Se podrá decir que hay otros intendentes en situación similar, como Antía en Maldonado. Con todo respeto, Maldonado no es lo mismo que Montevideo, ni a la hora de gestionar ni en cuanto a los problemas. Se podrá decir que la culpa es de la oposición que no logra armar una oferta que seduzca a los montevideanos. Y se tendrá toda la razón.

Pero saliendo de las especulaciones políticas, ya hace demasiado tiempo que Montevideo es un premio consuelo en la interna de un partido político. La ciudad y el departamento necesitan un cambio de fondo. Por lo visto, habrá que seguir esperando.

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