Martín Aguirre
Martín Aguirre

Impuestos mundiales

Esta columna va a ser un acto de audacia. Derecho Financiero no fue uno de los fuertes de este autor en facultad. Pero todo lo que está pasando con el rediseño de los impuestos a nivel global tiene el potencial de cambiar de manera radical la forma en que los países generan sus ingresos.

Se trata de un tema demasiado importante como para que quede solo en manos de economistas, contadores o periodistas especializados.

El acuerdo por ahora alcanza solo a empresas multinacionales. Y lo que se habría pactado es que esas empresas deban pagar un mínimo del 15% en forma global, y se las obligará a tributar en el país donde obtienen sus ganancias, y no donde tengan su sede. El problema que esto busca solucionar tiene dos patas. La primera, la competencia entre países que bajan sus impuestos para atraer a multinacionales. Por ejemplo, está el caso de Irlanda, cuyas regulaciones permiten a gigantes como Apple o Amazon esquivar impuestos millonarios en el resto de Europa y Estados Unidos.

La segunda es que el crecimiento de empresas como Google o Facebook, cuyo negocio es global, les da una ventaja enorme a la hora de negociar con los países. Y logran así acuerdos tributarios benéficos, poniendo su sede en los países que les ofrecen mejores condiciones. Estas corporaciones, además, cada día se expanden a nuevos rubros, a costo de empresas pequeñas y medianas que son las principales contribuyentes de los países. Con lo cual la tendencia es que a los gobiernos cada día se les hace más difícil cobrar impuestos con los que satisfacer la insaciable demanda de nuevos servicios públicos, instigada en muchos casos por políticos demagogos que estiran y estiran la paleta de “derechos” financiables por el Estado.

Solo esta semana hemos visto al presidente de España ofrecer 400 euros a cada joven que cumpla 18 años (justo cuando vota) para libros e ir al teatro. Y en Argentina se quiere que el Estado pague los viajes de egresados...

Ahora bien, ¿cómo nos “pega” esto a nosotros? Y, no demasiado bien. Uruguay tiene una industria financiera importante, que siempre ha generado riqueza para el país ofreciendo como diferencial seriedad, discreción, y tasas razonables. Sobre todo comparados con los vecinos. Con este nuevo esquema, esto achica las ventajas que podemos ofrecer para atraer capitales, empresas y puestos de trabajo.

Pero más allá de Uruguay, esto es complicado para todos los países del “tercer mundo”. Porque la tajada del león de esos 125 mil millones de dólares de nuevos recursos tributarios que supuestamente se lograrían, quedará claramente en los países ricos. Que, además, seguramente sean quienes los recauden y luego distribuyan.

Viendo cómo se refriegan las manos los Pedro Sánchez y Macrons del mundo, no parece que estén pensando en redistribuciones muy generosas. Y para los optimistas, alcanza ver lo que pasó hace poco con el tema de las vacunas contra el Covid, que cuando la cosa “apretó”, la Unión Europea llegó a prohibir exportar vacunas al resto del mundo, con tal de vacunarse primero ellos.

En cierta medida, y a otra escala, esto parece tener semejanzas con la famosa patente única que se implementó en el gobierno de Mujica en Uruguay. El contribuyente marchó, las intendencias siguieron gastando igual, o más, y calles y rutas no mejoraron nada.

Pero esto, más allá de lo económico, tiene un costado político.

Es que para una cantidad de gente con formación marxista o socialista, los impuestos no son una herramienta para financiar lo público. Son un arma de justicia social. Por lo cual todo lo que implique un mayor pago, lo ven como maravilloso, sin ponerse a analizar mucho las consecuencias.

Este discurso es fogoneado por los países “ricos”, para que el resto sintamos que hay una cuestión moral a la hora de plantear reparos a estos proyectos. Eso sí, ya después vendrán esas hermosas ayudas al desarrollo con las que lavan su conciencia, y con las que enseñarán a los bolivianos a plantar papas orgánicas, y a los uruguayos a controlar los pecaminosos gases de nuestras vacas.

A esta altura es delirante pensar que los países del “tercer mundo” vayan a hacer un frente común para negociar mejor estas cosas. Con lo cual el panorama de Uruguay es delicado. No se puede oponer solo, no puede quedar rezagado y con mala fama, pero tampoco puede ser tan ingenuo de ser el mejor de la clase, cuando todo esto tiene pinta de que nos jugará en contra. Al menos debería lograr un consenso político interno, cosa que parece difícil viendo cómo gente formada como Mario Bergara salió raudo a intentar ganar 4 votos acusando al gobierno de no haber agachado la cabeza con suficiente rapidez.

Pasando raya, hay quienes dicen que esto abrirá una nueva era de cooperación y justicia global. Otros, menos ingenuos, recuerdan aquel dicho campero: “Reunión de zorros, matanza de gallinas”.

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