Martín Aguirre
Martín Aguirre

Imperialismo o muerte

En América Latina siempre hubo una visión antiimperialista respecto de EE.UU.

Esta visión tiene justificaciones varias, desde episodios históricos amargos, hasta algo de resentimiento por el hecho de que esta mitad sur nunca logró el nivel de desarrollo del norte, pese a haber “arrancado” el mismo 12 de octubre.

Ese resentimiento de base fue usado desaforadamente por las fuerzas marxistas en los 50, 60 y 70 que, como después se supo bien claro, operaron en conjunción con la vieja URSS. Pero desde Martí, hasta Herrera, el sentir de una unidad latinoamericana como contrapeso de la potencia del norte, siempre tuvo arraigo. Lo que ha pasado en Venezuela debe ser el peor golpe que ha recibido esta visión en muchas décadas.

Veamos las cosas de la manera más fría posible. Venezuela desde hace ya varios años, dejó de ser una democracia. Incluso usando el dudoso parámetro definido por el presidente Vázquez alguna vez, de que sea un país con tres poderes funcionando de manera más o menos independiente y genuina.

El Poder Judicial fue el primero que sucumbió ante la avanzada del “socialismo siglo XXI”, que lo convirtió en apéndice del poder político. La pantomima de juicio a Leopoldo López, y la posterior denuncia de uno de sus fiscales (que debió exiliarse por ello) fue tal vez la prueba más clara. Luego cayó el Poder Legislativo, cuando al haber perdido las elecciones para integrarlo, Maduro decidió inventar una Asamblea Constituyente títere, que absorbiera sus funciones.

Aquí mismo, todos los países de la región con vocación democrática en serio, debieron haber trazado una raya. No lo hicieron.

Como si la cuestión institucional no fuera suficiente (y en esta región eso se ha descripto con demasiada habitualidad como una frivolidad burguesa) hubo otro elemento que debió haber abierto los ojos de la clase política regional, y es la crisis humanitaria.

No vamos a entrar en detalles de esto, basta ver las cifras solo comparables con las de Siria o Irak. O salir a la calle y hablar con cualquier venezolano de los que se han tenido que venir a vivir a nuestros países, para tener claro que lo que pasa allá es una tragedia inaceptable.

Y sin embargo, ya sea por pudor de no meterse en cosas ajenas, por deudas económicas o morales con el régimen chavista, por taras ideológicas o simple “pusilanismo”, los países de América Latina, las decenas de organismos que hemos inventado, no hicieron nada serio al respecto. Maduro siguió con su show impúdico, hablando con pajaritos, posando en restaurantes para millonarios en Turquía, entregando más y más poder a los militares. Eso mientras los venezolanos, literalmente, se morían de hambre.

Pero Maduro hizo algo todavía más peligroso. Para mantener el poder, le abrió la puerta a las dos grandes rivales de EE.UU., Rusia y China, para las que se convirtió en cabeza de puente regional.

Acá hay que ir a la otra punta de la ecuación. La realidad es que en los últimos 20 años, por más que algunos agiten cucos, Estados Unidos no ha metido su nariz en lo más mínimo en nuestra región. Luego de los atentados del 11 de setiembre, y del fracaso de la cumbre del ALCA, el vecino del norte entendió que acá la cosa más o menos marchaba, que no se lo quería mucho, y que tenía otras prioridades por el mundo. Ahora, esta oportunidad de autonomía nos generaba a los países latinoamericanos también una responsabilidad. Esta era resolver nuestros problemas, y no permitir que nuestra región se usara por otros como plataforma para amenazar a EE.UU. Parece obvio, nada descabellado.

Y ahí fue donde da la impresión que se falló. De nuevo, por los motivos que sean, nuestros países no supieron manejar el caso venezolano para que no se convirtiera en una bomba de tiempo. En una amenaza, ya sea migratoria o por la presencia de potencias lejanas, cosa que desde la Doctrina Monroe, se sabe bien que es la línea de cal para Washington.

Para peor, hoy en la Casa Blanca hay una figura como Trump, que desprecia la diplomacia, que está rodeado por militaristas sin cintura, y que para agravar todo, le vendría bárbaro un golpe de nacionalismo para asentar su poder en la interna. Esto hace que la situación de Venezuela sea un polvorín a punto de estallar.

Por eso el fracaso más grande es para las fuerzas que siempre han bregado por una genuina independencia de esta región. Se fracasó en una oportunidad histórica de mostrar “mayoría de edad”, y de que los problemas de la región, los resolvían los latinoamericanos. Pero mucho peor, se les falló a los venezolanos, una gran mayoría de los cuales ahora mira a EE.UU. como la única solución a su drama cotidiano. Literalmente se los puso en la disyuntiva del título: ya sea bajo las ruedas de una tanqueta, o por hambre o falta de medicinas, para ellos hoy de una forma u otra es imperialismo o muerte.

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