Martín Aguirre
Martín Aguirre

Por arriba del hombro

El funeral de Hugo Chávez ha sido, sin duda, la experiencia profesional más impactante vivida por quien esto escribe. Difícil decir si la impresión provino de las (literalmente) millones de personas movilizadas, del ambiente de caos en las calles, de la exuberancia emocional en la gente, o de la abrumadora desmesura de Caracas.

La evidente conclusión que dejó esa corta visita a Venezuela fue que el "chavismo" era un fenómeno casi hegemónico, y que las inminentes elecciones iban a ser "un paseo" para el delfín oficial del extinto comandante, Nicolás Maduro.

La realidad mostró que los comicios fueron de los más parejos de la historia de ese país, con el actual mandatario imponiéndose por un escuálido margen de menos del 1%. Al consultar con un colega afincado hace años en Venezuela, sobre la razón de semejante sorpresa, la respuesta fue obvia; "Maduro no es Chávez".

Esto viene a cuento debido a la nueva crisis política que atraviesa ese país caribeño, con violencia

El funeral de Hugo Chávez ha sido, sin duda, la experiencia profesional más impactante vivida por quien esto escribe. Difícil decir si la impresión provino de las (literalmente) millones de personas movilizadas, del ambiente de caos en las calles, de la exuberancia emocional en la gente, o de la abrumadora desmesura de Caracas.

La evidente conclusión que dejó esa corta visita a Venezuela fue que el "chavismo" era un fenómeno casi hegemónico, y que las inminentes elecciones iban a ser "un paseo" para el delfín oficial del extinto comandante, Nicolás Maduro.

La realidad mostró que los comicios fueron de los más parejos de la historia de ese país, con el actual mandatario imponiéndose por un escuálido margen de menos del 1%. Al consultar con un colega afincado hace años en Venezuela, sobre la razón de semejante sorpresa, la respuesta fue obvia; "Maduro no es Chávez".

Esto viene a cuento debido a la nueva crisis política que atraviesa ese país caribeño, con violencia en las calles, represión policial y manifestantes radicalizados. Pero sobre todo, ante la ligereza y previsibilidad con que desde aquí parece tomarse partido, más que analizar, los hechos que golpean a un país que tiene tanto en común, pero que es tan distinto a Uruguay.

Por ejemplo desde la oposición, donde se ha tomado esto como la crisis final del proceso chavista, y se denuncian abusos generalizados en base a imágenes de TV y comentarios en redes sociales. Incluso el diputado Borsari ha promovido que el Parlasur emita una condena al régimen por violar los derechos humanos.

Del otro extremo, la Mesa Política del Frente Amplio, el Pit-Cnt, y hasta la FEUU, han emitido declaraciones de apoyo irrestricto al gobierno venezolano. Llamativo ha sido lo de la FEUU, ya que los grandes protagonistas de las protestas reprimidas han sido estudiantes, pese a lo cual sus colegas uruguayos dicen "rechazar estas acciones antidemocráticas impulsadas por la burguesía, así como la injerencia de EE.UU.". Hace unos días el periodista Leonardo Haberkorn recordaba en su blog un editorial del diario El Popular, que en ocasión de la salvaje represión de la "Primavera de Praga" en 1968 escribía que "otra vez más los comunistas uruguayos, enfrentando la grita de los agentes del imperialismo, al apoyar la acción de los países del Pacto de Varsovia, somos fieles a los principios, sin ceder al chantaje de la gran burguesía internacional". Cualquier coincidencia...

Más allá de estas consideraciones, lo que resalta de las reacciones uruguayas ante la crisis venezolana es una cierta soberbia, un mirar por arriba del hombro, como si ese tipo de clima político polarizado, dividido en mitades irreconciliables, con un apasionamiento que no deja lugar para los tibios, fuera algo propio de esa idiosincracia caribeña, que lo mismo se trasluce en un discurso político que en un guión de telenovela. La senadora Topolansky mostró como nadie esta forma de ver las cosas, al decir que "los del Caribe son en blanco y negro, no lo podemos medir con nuestra cabeza, tenemos una forma distinta de hacer política, ellos son más coloridos, más fuertes, tenemos que respetar la cultura de todos los pueblos". ¿Realmente es así? ¿Estamos vacunados contra ese tipo política fratricida? Una mirada desapasionada al clima preelectoral en Uruguay no permite ser tan optimista.

Para empezar, vivimos en un país que según las encuestas está desde hace ya años partido en dos mitades, una que apoya el proceso llevado adelante por el Frente Amplio, y otra que con matices, desea cambiarlo. Ni los evidentes logros en varios campos logrados en estos períodos frentistas ablanda a sus detractores, ni los igual de evidentes escándalos y desmanejos recientes en el seno del gobierno parecen minar ni un punto su apoyo electoral. Por otro lado, la actitud de varios de los principales dirigentes del oficialismo y la oposición, no es particularmente elevada o conciliadora. Aunque pocos han llegado a los extremos del senador Rafael Michelini, quien hace unos días definió el debate político nacional de esta forma: "Ellos y Nosotros", fue y es el conflicto de siempre; antes entre conservadores y batllistas, hoy entre blancos colorados y frenteamplistas.

En una carta abierta a los venezolanos, el cantante Ruben Blades decía que "es la intransigencia lo que define a los grupos en pugna. Es por esa razón que los argumentos de ambos bandos suenan demagógicos a los oídos independientes. Solo pintan el odio y la expectativa personalista de quien esgrime el argumento, impidiendo un diálogo inteligente". Válido para Venezuela. ¿Tan lejos de Uruguay?

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